A vueltas con Yomango (II)

Yomango nos enseñó que un único gesto puede cuestionar el conjunto de lo existente y transformarlo por completo. De hecho, Yomango era eso, un gesto individual y colectivo que alteraba el conjunto de representaciones sobre las que se sostenía todo el sentido del consumo, y ponía patas arriba la lógica inscrita en un centro comercial. ¿Te has fijado de que cuantas más representaciones de la felicidad tenemos, menos felices somos? Eso es así porque esas representaciones están divorciadas del gesto que traería consigo la felicidad. En Yomango pensábamos que el único modo de hacer habitable el entramado de deseos y expectativas que aparecía representado en la publicidad era, precisamente, proponiendo una idea alternativa de felicidad a partir de una serie de gestos muy concretos.

De ahí nuestro interés en el arte, porque el arte tiene la capacidad gestual de establecer relaciones impredecibles con la realidad y, por lo tanto, de redefinirla. Nuestras performances en centros comerciales, los diseños de moda de la marca, sus catálogos, todo eso desempeñaba el papel de traductor de los significados simbólicos que operaban en el consumo. Eran puentes que mediaban entre la historia particular de cada individuo y las grandes historias que conforman la sociedad de consumo. Si te fijas, todas las representaciones publicitarias en su conjunto niegan la espontaneidad de las personas, su creatividad, su capacidad por transformar aquello que les rodea. Nuestras intervenciones artísticas, por el contrario, trataban de recuperar la potencia de actuación sobre el mundo; nuestra capacidad para modificarlo. Eran, por así decirlo, un intento por inaugurar una relación distinta con el espacio y con el tiempo de consumo –ambos desplegados ya entonces por casi todo el espacio y el tiempo de nuestras vidas–. Yomango desarrolló un arte de intervención que fue capaz de atravesar en numerosas ocasiones el afilado umbral que conduce al disfrute. Ese era, precisamente, el plano de relación con la existencia al que nos invitaba a entrar Yomango.

Cuando iniciamos esta andadura partimos de la conclusión de que el impulso comercial al que estaban siendo empujadas nuestras vidas, las situaba bajo el signo de una pasión muy triste. Toda la felicidad representada diariamente en la publicidad escondía tras de sí un océano de tristeza e insatisfacción. Nuestra respuesta ante esta situación fue la de lanzarnos a explorar los confines del disfrute. Si Yomango fue una práctica subversiva es porque separamos el disfrute del valor de cambio apropiándonos del lenguaje publicitario. Tomamos sus mensajes, por ejemplo aquel de VISA que decía «¿Lo quieres? Lo tienes», y los hicimos nuestros aplicándolos literalmente. Esta literalidad se tornaba cómica porque lograba sacar a la luz todo el dolor y toda la verdad escondidos tras la sociedad de consumo. No tardamos en comprender que para entablar una relación subversiva con el consumo y sus representaciones bastaba con combinar de un modo distinto los elementos que ya se encontraban presentes en su imaginario. Estas recomposiciones de las verdades dolorosas escondidas tras los objetos de consumo y sus anuncios publicitarios producían situaciones que traían consigo un gran disfrute, tanto individual como colectivo. Ninguna de aquellas situaciones producidas por Yomango hubieran podido darse bajo los parámetros del consumo. No por nada uno de los eslóganes más empleados por la marca era aquél que decía: «Yomango, porque la felicidad no se puede comprar»

Desde entonces hasta hoy, la estructura del consumo no ha hecho más que sofisticarse, situándose cada vez más en el terreno de la cibernética. Allí, los signos visuales y los lingüísticos coinciden plenamente y son puestos en circulación para su consumo permanente, en cualquier lugar y a cualquier hora. También el cuerpo del que mira estos signos –es decir, nuestro cuerpo– ha ido convirtiéndose poco a poco en un componente más de la maquinaria económica. Ahora, lo social y lo libidinal se funden hasta convertirse en una misma cosa. Los captores cibernéticos han extendido una red sobre nosotros con la intención de orientar nuestros deseos mediante cálculos. Si antes los cálculos eran asuntos que concernían exclusivamente a Estados y a empresas, hoy han penetrado tan íntimamente en nuestras vidas que se han convertido en nuestros propios asuntos. Todo lo que hacemos en la actualidad ha sido calculado previamente, así es como son dirigidas nuestras conductas, y así también es como se fabrica nuestro futuro. Un futuro que por mucha sonrisa que muestre en sus representaciones publicitarias, cada vez pinta más triste.

¿Qué sería una práctica Yomango en un panorama así? ¿Qué práctica artística puede abrazar la capacidad suficiente como para arrancar nuestras existencias del cálculo consumista y devolvernos la felicidad que nos brinda el compartir?

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*Como siempre, vuestras ideas serán más que bienvenidas. Un abrazo.

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