A vueltas con Yomango (III)

El hecho de que el sentido de toda actividad humana se mida bajo la estricta ley del dinero limita radicalmente nuestras capacidades. Todo aquello que podríamos hacer y que no hacemos simplemente porque no aporta ningún beneficio económico, representa una gran pérdida para nuestras vidas. Yomango trataba de subsanar esta pérdida.

No como fórmula infalible, por supuesto, ni tampoco de manera permanente. Yomango nunca tuvo pretensiones maximalistas, nunca nos planteamos acabar con el consumo, ni con el capitalismo, ni nada por el estilo. Éramos de la opinión de que todas las propuestas que aparecen con tales propósitos están abocadas a la frustración. Si diriges tu mirada a un horizonte tan ambicioso y general, lo más probable es que pierdas la capacidad para percibir todo aquello que sucede a tu alrededor. Lo que nosotras tratábamos de hacer era entablar relaciones distintas con la vida en situaciones concretas. Pensábamos que cuanto más capaces fuésemos de crear este tipo de situaciones, más tiempo de nuestra existencia pasaríamos viviendo la vida que deseábamos vivir.

Por eso nos interesó mucho la pregunta por la autonomía. ¿De cuánta autonomía disponíamos para salirnos del tiempo y del espacio global del consumo? Con la intención de responder a esta pregunta nos propusimos tantear las posibilidades que teníamos de ejercer algún tipo de intervención sobre un imaginario que, cada vez con más fuerza, nos arrastraba hacia una existencia muy limitada, la del consumidor.

Todo imaginario es un océano en el cual nuestra mente se orienta gracias a selectores de tipo simbólico. En este entramado cognitivo el arte opera como un potente factor de definición. Las actuaciones y los diseños de Yomango perseguían dar con formas simbólicas que fuesen capaces de orientarnos en un sentido emancipatorio, y no hacia el consumo. No se trataba tanto de abrir un mundo utópico en el que refugiarnos, sino de sumergirnos en un universo imaginario –hecho de nuestros propios deseos y sueños–, que cuestionase la realidad del consumo desde dentro. Un imaginario que resquebrajase las representaciones que nos empujaban a consumir.

Recuerdo que una noche, después de una presentación de Yomango en Tokio, un señor mayor que había estado muy atento durante toda la charla se acercó hasta mí y dándome un fuerte apretón de manos me dijo: «Sois como El Quijote». Yo, bastante sorprendido, le pregunté que por qué, y él, con un tono de voz que dejaba entrever su emoción, me contestó: «veis abominables gigantes allí donde otros ven tan sólo bienes de consumo». Y acto seguido, sin dejar de apretar mi mano, añadió: «hay que estar tan loco como el Quijote para pretender acabar con ellos». Sus palabras me dieron mucho que pensar.

Yomango actuaba como un factor de redefinición tanto del campo imaginario como del real. Acertaba a inaugurar un campo imaginario colectivo capaz de establecer relaciones impredecibles con la realidad. En las acciones llevadas a cabo en los centros comerciales, los marcos de referencia asignados al mundo del consumo saltaban por los aires, y los significados simbólicos adquirían nuevos significados. Visto así, aquél tokiota de apariencia tan frágil no andaba tan desencaminado, el juego aleatorio e imprevisible de asociaciones y disociaciones que realizaba Yomango en cada una de sus acciones no era tan distinto del que se traía entre manos el Caballero de la Triste Figura.

Apropiarnos del imaginario del consumo y desviarlo hasta modificar la realidad a la que estaba asociado, nos hizo comprender que cualquier lugar puede llegar a ser el nodo de una nueva red de relaciones inesperadas con la realidad. Estos nodos nacen siempre de experiencias que son capaces de desmantelar el poder que determina lo que debe ocurrir en ese lugar. Son siempre experiencias colectivas que suelen comenzar su andadura pronunciando un nombre. Estoy convencido de que si se llama a la vida con las palabras exactas ella acude. Nosotras la llamamos Yomango y acudió. Y esto que nos sucedió a nosotras, bajo la forma de una marca en el lugar del consumo, puede llegar a sucederle a cualquiera en cualquier lugar, siempre que el poder de una presencia sea tan fuerte como para negarse a ser intercambiada por nada (salvo por ella misma). A este acto de presencia en el imaginario del consumo es a lo que nosotras llamábamos entonces magia Yomango. Una magia cotidiana que irrumpía a diario en tu centro comercial más cercano.

¿Qué otros trucos de magia, qué otros nombres, se os ocurren para invocar hoy a una presencia así?

Espero vuestras ideas.
Un fuerte abrazo.

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