[A]liar-se

Fue un placer conversar ayer con Tere Badia y Montserrat Moliner en las jornadas [A]liar-se. Nos preguntamos, entre otras cosas, acerca de los criterios de apreciación estética, las reglas con las que evaluamos hoy las producciones culturales. Si el arte es, tal y como dicen, «espejo de lo social», ¿qué es lo que vemos hoy en el arte? Y lo que vemos, dijimos, es que la ausencia de normas se ha hecho norma y que las intensidades subjetivas han cobrado tanta fuerza que nada parece ya poder enfrentarlas.

En este caos de absoluta diversidad parece existir, sin embargo, un principio regulador: el mercado. Verdadero mecanismo de validación contemporáneo. El mercado organiza y reglamenta el conjunto de las artes y esta recomposición trae consigo la competencia de todos con todos. Los artistas están hoy forzados a exponerse para ser vistos, ser vistos para ser reconocidos y ser reconocidos para poder venderse. La autopromoción, la seducción del cliente y la venta de uno mismo se convierten en gestos indiscernibles, y la conquista del público se impone como ley determinante en cualquier producción cultural.

¿Qué hacer ante este panorama tan desolador? Tratando de dar respuesta a esta pregunta fue cuando la conversación se puso más interesante. Tere habló de la igualdad, de las capacidades intrínsecas de cualquiera de nosotros y del potencial que ofrece compartirlas con los demás. Yo hablé de la fuerza de los fragmentos. No se trata tanto de habitar las ruinas, dije, sino de conseguir que estar en el mundo sea hacer mundo. Para ello es necesario que empecemos a dejar de creer en los marcos generales de sentido (por ejemplo, en el marco de sentido que encumbra el beneficio económico a rango de valedor exclusivo de las artes), y empecemos a ver las maneras particulares de cada artista, de cada pequeño grupo, como incipientes formas humanas de hacer comunidad. Acercar las experiencias artísticas entre sí, apostar por estar junto al otro ahora que todo parece separarnos, mirarnos los unos a los otros no tanto para competir sino para decirnos lo que le dice Frodo a Sam al final de El señor de los Anillos: «Estoy contento de estar aquí contigo, al final de todas las cosas»

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