La belleza contra el Banco Europeo

La belleza contra el Banco EuropeoLa belleza es difícil. El otro día acudí a un evento sobre fotografía contemporánea, uno de esos en los que dos o tres de artistas y críticos muestran imágenes y hablan sobre un mismo tema, la belleza en este caso. No exagero si digo que la artista que encabezaba el cartel, pronunció la palabra «beautiful» más de 200 veces a lo largo de su presentación. Según ella, todo lo que aparecía retratado en sus fotografías era beautiful. Las flores, beautiful; las chicas, beautiful; una rodilla, beautiful a más no poder, y un codo también; y las manos y los pies, todo beautiful beautiful. Salí de allí algo desconcertando, pensé en aquello que dijo Platón hace más de dos mil años: «La belleza es difícil», sin duda lo es y, por lo que parece, lo va a seguir siendo por muchos años más. Una vez en casa, me preparé algo de cena y encendí la tele para ver el Telediario. En una rueda de prensa Mario Draghi presentaba las nuevas políticas monetarias del Banco Europeo cuando, de repente, una chica joven salta sobre su mesa y al grito de «¡Fin de la dictadura del Banco Europeo!» le vacía una bolsa entera de confeti por la cabeza. «¡Vaya, esto sí que es Beautiful!», pensé. Belleza de la buena, y voy a intentar explicar por qué.

Para empezar, esta acción es bella es en el sentido en que los viejos formalistas rusos asociaban la belleza con eso que ellos llamaban el extrañamiento. Para estos tipos, la cotidianidad era aquello que nos hacía perder la frescura en nuestra percepción de la vida, así que el arte debía, pues, ingeniárselas para interrumpirla como fuese. Se trataba de una cuestión de todo o nada: o se hacía extraño todo lo que hasta ese momento nos parecía normal, o aquello no era bello. Había que provocar una mirada nueva, una nueva perspectiva que incrementase la dificultad del mundo, así como la percepción que tenemos de él. Y eso sólo podía hacerlo el arte (y la literatura). Bien, pues que venga ahora Vladimir Propp o cualquiera de sus colegas y me diga que no es eso, precisamente, lo que consigue esta chica con respecto a algo tan cotidiano y automático como el Banco Europeo y sus infames políticas monetarias.

Lo de esta Radical Butterfly —como ella misma se autodenomina en su cuenta de Twitter—, es bello también en otro sentido. Un sentido parecido a ése al que se refería Artaud cuando decía aquello de que «la realidad es una convención que se puede alterar». Su intervención tan teatral, tan circense, es una clara muestra de que cada individuo es —o puede llegar a ser— un potente actor social. Y que para ello tan sólo basta con realizar un gesto parecido al suyo, un gesto capaz de romper la programación de lo habitual. Su salto de pájaro, el confeti sobre el cogote de Draghi, la camiseta con el lema End ECB dick-tatorship (Fin de la polla-dictadura del Banco Europeo’), todo eso nos recuerda que cualquiera está capacitado para enunciar propuestas sobre su propia condición y sobre los caminos alternativos que podemos llegar a tomar. Todo un clásico de las vanguardias artísticas del siglo pasado.

Y, hablando de clásicos de la historia del arte, no podemos olvidar lo que esta intervención tiene de desvelamiento de las apariencias. Y es que por mucho que el mundo haya cambiado desde los tiempos de DADA hasta nuestros días, una cosa sigue siendo del todo cierta: el orden de una sociedad nunca está asegurado del todo. Por eso, la actividad de todo artista —de todo buen artista— ha consistido y consistirá siempre en acrecentar el desorden; es decir, acrecentar aquello que demuestra que toda sociedad se encuentra en permanente transformación. Precisamente eso es lo que hace esta chica cuando aparece allí donde nadie se lo espera y desmonta de golpe la unidad ofrecida por Draghi, dejando entrever que se trata, tan sólo, de una imagen. Una imagen creada por aquellos que promulgan el «así son las cosas y así lo serán siempre». Su confetti-attack nos habla de una producción del mundo regida mucho más por el desacuerdo que por el falso consenso escenificado a diario por los dirigentes de las entidades financieras y los políticos que los respaldan. Nuestra heroína sabe bien que aceptar la desavenencia significa aceptar que todo puede ser de otro modo, por eso se ríe.

El valor y la importancia social que hoy le otorgamos al arte proviene en gran medida del Renacimiento. Fue entonces cuando comenzamos a entender la belleza como un medio de afirmación social, algo que sirve para señalar el rango y el prestigio de los poderosos, y también para señalar lo contrario: a los perdedores. A partir de ese momento, cosas como la elegancia, el gusto o la gracia formal pasaron a ser auténticas estrategias políticas. Así nació la teatralización del poder tal y como la conocemos en nuestros días, tal y como la representan a diario Draghi y compañía. Sus trajes, el lenguaje que emplean al hablar, los espacios donde se mueven, sus coches, todo eso compone un mundo de apariencias que, con ayuda de los medios de comunicación, persigue apoderarse de nuestras emociones, llegar a lo más profundo de nuestro ser e influir en todas y cada una de nuestras acciones. Esto se aplica para que, por ejemplo, aceptemos sin rechistar una nueva vuelta de tuerca neoliberal: más flexibilización laboral, más desregularización, más despidos, más competencia descarnada, mientras permanecemos en estado de shock por la crisis. De alguna manera, la acción de Butterfly rompe este hechizo y hace que caigan las apariencias. Y lo hace empleando el mismo truco que emplea el neoliberalismo: apoderarse de la emoción para influir en las acciones del que mira. De este modo nos demuestra que todo puede ser distinto, que no tenemos por qué seguir ahogándonos en los ojos del poder, que el poder también puede ahogarse en los nuestros. Y eso es muy bello.

Cuando salta sobre la mesa de Draghi y le tira el confeti, cuando esos tipos viejos con cara de pocos amigos la sacan de allí en volandas mientras ella se ríe a carcajadas, y cuando todo eso lo vemos miles de personas de todo el mundo a la vez, lo que sucede es que nuestra mariposa particular crea lo que a mí me gusta llamar un cuerpo literario común. Algo así como la confección de unos patrones, unas imágenes y unos ideales colectivos con los que poder actuar de forma creativa ante las desavenencias de nuestro entorno. Así es como se pone de manifiesto la función social y política de la belleza y su empeño por abrir un espacio de libertad en el constreñido mundo de las apariencias. La acción de esta chica compone sin duda una de esas imágenes con las que una sociedad aprende a reconocerse a sí misma, una configuración de la realidad capaz de renovar nuestras vidas y el destino de nuestra comunidad.

Por último, pero no por ello menos importante, esta acción es bella también porque consigue enamorarnos. Leyendo los comentarios expresados por cientos de personas, queda claro que esta intervención ha logrado abrir algo así como un plano emocional compartido, un lugar mental donde muchos y muchas parecen vislumbrar el modo en que la esclavitud del Banco Europeo podría verse sustituida por esas razones del corazón que la razón neoliberal ignora. Me gusta esta chica, me gusta su aspecto de pájaro haciéndose un sitio en el mundo, me gusta su camiseta y sus pantalones caídos, y esos zapatos tan puntiagudos que parece que vayan a sacar chispas en cualquier momento. Pero me gusta, sobre todo, lo que ha hecho, porque representa perfectamente lo que yo creo que es un artista: alguien que más que dedicarse a contar las bajas de una batalla se dedica a tonificar a los heridos. Beautiful.

*****

Fotografía: Reuters
Gráfica: Comando Suricato

1 comment on this postSubmit yours
  1. La Revolución será sin confeti no será.
    Vamos, que no será.
    ¡Viva el Arte!

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