Creación colectiva y transformación social (Facultad de Bellas Artes, UPV)

1El evento llevaba por título Go Go Power Rangers y sus organizadores, el joven colectivo de Bilbao DooRoom, dijeron que la elección de tan extraño nombre se debía a que, según ellos, los Power Rangers son el grupo que más y mejor nos enseña el difícil arte de trabajar en equipo. Y es que las jornadas iban de eso, de creación colectiva y transformación social.

Primero le tocó el turno a la Fundación Rodriguez, que se curraron una presentación escénica de lo más emocionante. “La fundación Rodriguez no existe”, repetían una y otra vez enfundados en sus cabezudos de yeso, “La Fundación Rodriguez hace tiempo que la palmó”. Sin embargo, ahí estaban más vivos que nunca, mostrándonos su colección de fechorías perpetradas en el coto privado de la política cultural; fechorías furtivas. Cuando terminaron, nos pusimos todos unas bolsas de papel en la cabeza y salimos a manifestarnos por el campus de la Universidad como locos. Saltamos, gritamos a todo pulmón, parecíamos los personajes de una novela de Chuck Palahniuk, dábamos miedo, risa y asco a un mismo tiempo. La pancarta que encabezaba nuestra protesta estaba en blanco, vacía, sin contenido alguno. Era una pancarta en la que cabía cualquier cosa. Coreamos eslóganes absurdos (“¡Venimos de aquí, vamos allí!”), tomamos unas fotos muy raras, nos echamos unas risas.

De vuelta en la facultad de Bellas Artes, más presentaciones: Basurama, Todo por la Praxis, Enmedio. Tres excusas para abrir un debate sobre arte y educación. ¿Cómo se aprende hoy el arte?; ¿Cómo se enseña?; ¿Qué nos enseña?; ¿Es arte lo que se aprende en las facultades de arte? La conversación dio como resultado la formación de un grupo de personas muy consistente: alumnos, profes y algún que otro artista cansado de trabajar solo. Gente diversa que, a partir de ese momento y durante los siguientes tres días, ya no nos separaríamos ni para ir a mear.

Lo primero que hicimos juntos fue evaluar nuestras capacidades –muchas y muy diversas–, con ellas organizamos el taller, un espacio colectivo donde aprender cooperando. Nuestra primera puesta en común la dedicamos en exclusiva al Plan Bolonia. Un plan tan sencillo que pretende únicamente administrar la escuela como una empresa. Eso es todo. De ahí que cada vez más estudiantes se sientan clientes, consumidores de la información necesaria para obtener el papel que certifica su dinero invertido; la acreditación requerida para competir en el mercado laboral. El objetivo político de este plan tampoco es muy complejo: convertir la escuela en una máquina eficaz al servicio de la competitividad económica. Y hay que reconocer que lo está logrando en un tiempo récord. Un chico sentado a mi lado lo explicó de maravilla: “¿Recordáis cómo empezaba Fama, la serie de televisión de los 80? Buscáis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar… Pues bien, cambiad fama por trabajo y entenderéis lo que nos pasa”. No había duda: el taller debía tratar de crear algo que interfiriera esta frecuencia tan dañina.

Para ello, era necesario estudiar con detenimiento lo que empezamos a llamar dispositivo Facultad de Bellas Artes. ¿Qué sucede realmente en este lugar?, ¿qué nos hace actuar del modo en que lo hacemos? Responder a estas preguntas pasaba obligatoriamente por analizar todas y cada una de las características de este dispositivo, no únicamente las referentes al espacio. De hecho, fue analizando el factor tiempo cuando nos percatamos de algo muy importante: ya nadie tiene tiempo para nada. ¿Por qué?, ¿por qué andamos todos tan ocupados en la gestión de nuestras propias tareas?, ¿por qué ya no tenemos tiempo para el encuentro con los demás? Vimos que este hecho era el que peor pasada nos estaba jugando a todos. Interioriorizar así el aprendizaje, desde la más absoluta individualidad, nos aparta del aprendizaje mismo, de la educación, de la creación. Y es que, hay una gran diferencia entre el saber –que exige siempre un tiempo compartido–, y el adquirir información. Tan sólo acumular información no nos ayuda a comprender el mundo mejor. Todo lo contrario. Cuanta más información recibimos así, bajo este modelo de aprendizaje, más intrincado nos parece el mundo y nuestra vida en él. Pensar, crear, no se puede hacer solo, se necesitan compañeros, amigos. Aprender requiere del encuentro. Justo lo que un dispositivo como la universidad evita a toda costa. ¿Cómo abrir, pues, un hueco en este tiempo continuo que no permite el encuentro?, ¿cómo recuperar el tiempo y espacio necesarios para aprender y crear? Estas preguntas resumían muy bien las preocupaciones y anhelos expresados en el taller. Así que salimos en busca de respuestas.

Todo por la Praxis y Basurama aportaron aquí mucha experiencia y sabiduría. Ambos mostraron su colección de arquitecturas colectivas hechas por y para la cooperación entre iguales. Elementos urbanos capaces de dar cobijo y proteger a una comunidad. Enmedio, por nuestra parte, aportamos aquello que conocemos mejor: nuestra larga experiencia viviendo y trabajando en colectivo, y todo lo que ella nos enseña a diario. Mostramos algunos ejemplos, situaciones en las que hemos sabido aplicar la fuerza colectiva para intervenir en condiciones adversas. Hicieron falta tan sólo un par de dinámicas de grupo y unos cuantos dibujos improvisados para dar con una buena idea: un artefacto móvil capaz de ocupar tanto el espacio físico de la facultad como el espacio virtual de las ondas de radio. Enseguida supimos que habíamos dado con algo interesante, nuestras caras dibujaron esa sonrisa que asoma cuando la verdad de alguien es la misma que la tuya. Será genial, un aparato mitad radio, mitad máquina de intervención espacial, capaz de ofrecer experiencias comunes a los habitantes de la Facultad. Un verdadero compositor de comunidad móvil.

La semilla está plantada. Ahora tan solo queda regarla y permanecer juntos. Sin separarnos. Uno de los retos más difíciles a los que nos enfrentamos hoy.

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