Desactivismo

«Realízate», he aquí el mandato que administra nuestra vida, el precepto que nos empuja a autoexplotarnos sin cesar, como esos supermercados abiertos las veinticuatro horas del día los siete días de la semana. Esta operación constante de producción sin fin inscribe nuestra vida en una duración aparentemente eterna, sin interrupciones, y regida por un único principio: el principio del funcionamiento continuo. Vivimos sometidos al estatuto del hacer y no nos permitimos detenernos. Cada día organizamos nuestra agenda en función del máximo rendimiento y de la máxima eficiencia posibles y, después, caemos rendidos. Pero aún así no nos detenemos, seguimos adelante. «No puedo seguir adelante; seguiré adelante», decía Beckett. Ya no sabemos estar sin hacer nada, tenemos que movernos sí o sí. Moverse es lo que goza de prestigio, y su contrario, la inacción, es sinónimo de perdedores. Nada queda ya, ni un sólo intervalo de nuestra existencia que no esté ocupado por el hacer y convertido en tiempo de trabajo, tiempo de consumo, tiempo de marketing. La máquina que nos mueve por dentro y nosotros somos los dos una misma cosa inseparable. Nos hemos asociado el uno al otro con el único propósito de seguir obnubilados por la acción, y la empresa no va bien. Ha llegado el momento de separarnos, pero ¿cómo?¿Cómo interrumpir este engranaje biomecánico?, cómo independizarnos de la máquina de la cual dependemos sin caer fundidos?

La cosa no pinta fácil. El activismo aquí no sirve de nada, bastante activo está ya el Hommo faber que nos domina como para activarlo aún más. Lo que hay que hacer, en todo caso, es desactivarlo, dar con la manera de transformar su actividad en algo así como una pasividad activa. Una manera de no hacer nada que aplaque los dispositivos que intensifican nuestra actividad. Pasividad activa sería aquella que lograse descargar las baterías de los relojes smart que llevamos enroscados en la muñeca como esposas; aquella capaz de desinstalar las app’s que, de manera sigilosa y constante, escudriñan nuestro dinamismo interno tratando de convertir nuestra experiencia subjetiva en algo tangible y mesurable, algo digno de intercambiarse en el mercado global. En vez de seguir cargándonos de energía tensa y competitiva, lo que tenemos que hacer es desactivarnos hasta convertirnos en un conductor, un cable de cobre por el que pase de largo toda la energía psíquica que nos obliga a autoexplotarnos. Y entonces relajarnos. Relajarnos como se relaja un músculo tras soportar un enorme peso. Relajarnos de las tensiones que provoca el multitasking. Relajarnos hasta inaugurar una nueva existencia impredecible y completamente irreductible a las reglas del hacer. Dejar de estar obnubilados por la acción y relajarnos hasta atravesar el umbral que conduce al disfrute.

A esta relajación yo la llamo desactivismo (nombre que ha llegado hasta mí antes incluso de que sepa qué hacer con él). Desactivismo es la intuición de un tiempo que aguarda escondido en algún lugar dentro de nosotros y que es distinto al tiempo de la producción. Desactivismo es la fuga interior que desbarata la ilusión del hacer continuo que inflama nuestro cerebro, es lo que arranca nuestra identidad del funcionamiento ininterrumpido de los mercados y de las redes de información, lo que aplaca el sórdido decreto que nos obliga a la absoluta disponibilidad y a la insatisfacción permanente. Desactivismo es el dique de contención que detiene el río sin historia que congela nuestros movimientos en una repetición sin fin. Es lo que rompe la sincronía que mantenemos con un tiempo que ha dejado de ser humano. Desactivismo es deshacernos de las instancias que ordenan y estimulan toda nuestra actividad. No es subversión ni batalla frontal; tampoco es revolución. Desactivismo es más bien la liberación de la tensión que llevamos dentro y que nos conduce a un sufrimiento continuo. Es la capacidad pasiva que nos trae de vuelta las texturas rítmicas y periódicas de la vida. Desactivismo es la fuerza estática que nos sitúa de nuevo en el mundo.

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