La puntualidad del desastre

Subían por las dunas con paso lento y después se deslizaban cuesta abajo a toda velocidad. Y así una y otra vez. Cuando tomé esta fotografía estaba convencido de que eran insectos que, por algún motivo incomprensible, obedecían los designios de una orden ancestral. Me sequé el sudor de la cara con la manga de mi camisa y me acerqué hasta ellos para descubrir que aquellas pequeñas sombras negras eran, en realidad, surfistas de la arena. Chicos y chicas jóvenes deslizando sus tablas por la superficie de aquellas dunas como si fueran olas en mitad de un océano palpitante. Vociferaban cosas en inglés y reían, actuaban como si no estuviesen en el mismo desierto que estaba yo.

Un chico alto y rubio que llevaba el pelo recogido con una diadema negra se acercó hasta mí y me preguntó si podía tomarle una fotografía con su móvil. «Claro que sí, ningún problema», y a cambio le pedí que me dejase probar su tabla, quería saber qué se siente al deslizarse por un paisaje en descomposición. El surfista me pasó la tabla como debían pasarse la pipa de tabaco y salvia los indígenas de esta misma tierra hace quinientos años. La tomé entre mis manos, la dejé con cuidado sobre la arena caliente y me senté encima. Antes de lanzarme cuesta abajo me quedé un rato observando el vuelo concéntrico de un águila a lo lejos, aquello me hizo sentir como un rey destronado contemplando sus dominios ya perdidos.

Cuando por fin me lancé, un cálido viento golpeó mi cara con fuerza. Esto es lo que debe sentir el águila allá arriba –pensé–, y después ya no pensé más. Mi mente permaneció ocupada escuchando el ruido constante de la tabla serpenteando por la cresta de la duna, parecía el de una cuchilla recorriendo a contrapelo la barba recia de un rostro curtido por el sol. Ni un solo pensamiento logró infiltrarse en mi interior, ni una sola idea. Nada. De algún modo, la fuerza que me arrastraba por la pendiente hizo que me olvidara del colapso que amenaza a este mundo. Fue como si el desastre natural en el que nos encontramos se hubiese esfumado por completo, y la dura advertencia que trae consigo también. Todo aquello duró unos veinte segundos en total, y después el desierto regresó como espejo fidedigno del porvenir. En cuanto la tabla se detuvo, el sol retomó su amenaza contra mi piel y yo dejé de ser un refugiado en esta sórdida catástrofe. Retorné la tabla a su dueño y emprendí mi camino de regreso al pueblo. Con el primer paso volvieron a mi cabeza los cálculos, las oscuras predicciones brevemente abolidas por el descenso. De poco sirve intentar retrasar la cita –pensé–, el desastre acude siempre con la máxima puntualidad.

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