El cenotafio catalán

102167042-458585168.530x29811 de septiembre otra vez. Pasáis en procesión por debajo de mi ventana. Se os ve contentos, ilusionados, con el rostro pintado de rojo y amarillo y en la mano una bandera estelada que ondeáis con fuerza y entusiasmo. Sois creyentes. Los que postuláis el nuevo Estado catalán, sois todos unos creyentes. Creéis en la soberanía nacional y vuestro credo es monoteísta;  ¿o acaso conocéis a algún nacionalista que crea en otra soberanía que no sea la suya? Dirán que sí, que por supuesto que respetan la soberanía de los otros países, pero eso lo dicen por quedar bien. En realidad, todos sabemos que para que una nueva nación nazca la soberanía de alguna otra debe sucumbir (normalmente aquella que le queda más cerca). Para inaugurar un nuevo Estado es requisito indispensable que el viejo al que antes pertenecía deje de ser supremo, absoluto e indivisible, es decir, que deje de ser soberano. Si fuese yo nacionalista, este asunto, germen de tantas guerras, me traería de cabeza, pero como no lo soy, me preocupo de otras cosas. De vuestra fe, por ejemplo.

Y es que vuestra fe es tan ciega que no os permite ver que la soberanía de los Estados nación hace tiempo que entró en crisis. Mucho tiempo. Y que su declive es irremediable. La razón neoliberal colocó unos cartuchos de dinamita en sus cimientos y la hizo saltar por los aires. Vosotros no escuchasteis la detonación porque las campanas de vuestra iglesia repicaban demasiado fuerte. La soberanía y el Estado sobrevivieron al atentado neoliberal, pero por separado. Desde entonces, Soberanía y Estado andan cada uno por su lado. El Estado sigue siendo un importante actor político, aunque ya no soberano; y la soberanía vive ahora instalada  en el interior de las grandes empresas e instituciones de gobernanza global como el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio. Y desde allí nos indica qué comer, dónde trabajar, cómo vivir.

Esta separación de la potestad soberana de los Estados nación provocada por la globalización neoliberal trajo consigo también un profundo desgaste en el imaginario de la identidad nacional. Y eso os asusta mucho. Es normal; al fin y al cabo eran ellas —las identidades nacionales contenidas en un perímetro custodiado por rígidas fronteras— las que prometían protección a sus súbditos. Se entiende, pues, vuestra ansiedad y desespero por reavivar las dimensiones teológicas de la soberanía nacional. Pensáis que delimitando bien vuestro territorio y dotándoos de una fuerte identidad nacional, alcanzaréis eso que Heidegger llamó «una imagen tranquilizadora del mundo». Os sucede lo mismo que a mí con los extraterrestres: I want to believe. Pero la fe no mueve montañas y, por mucho que recéis, mucho me temo que la época dorada del Estado nación no ha de volver jamás. ¡Y menos mal!, porque todo eso de los Estados, las fronteras y la seguridad nacional fue siempre una patraña.

Como dice Benedict Anderson, las naciones son y han sido siempre comunidades imaginadas. Relatos inventados por la oligarquía de turno con la intención de hacer suyo un territorio y todo lo que hay en él, las personas incluidas, por supuesto. A lo largo de la historia, las naciones se han imaginado de dos modos distintos: el primero, como territorio, perfilando sus límites y estableciendo unas fronteras fijas que, en realidad, nunca lo eran tanto: hoy se instalaban aquí, pero en cuanto alguien podía ocupar un trozo de tierra vecina, cambiaban de ubicación. En segundo lugar, las naciones se han imaginado siempre como comunidad —los españoles o los catalanes, por ejemplo—, sin tener nunca en cuenta las desigualdades o la explotación que pueda darse entre ellos. En sus himnos o en cualquiera otra de sus manifestaciones simbólicas, la nación aparece siempre representada bajo una fraternidad y un compañerismo eternos. Esta representación aparentemente tan benévola es, precisamente, la que ha provocado que tantos millones de personas maten o estén dispuestas a morir en nombre de su nación. Por eso, cuando os escucho reivindicar un Estado como emblema y garantía de esta comunidad imaginada, se me ponen los pelos de punta, y eso que los tengo bien rizados.

Imagino lo que estáis pensando alguno de vosotros: os preguntáis cómo es posible que los Estados nación hayan dejado de ser soberanos y, a la vez, se muestren cada día más fortificados, más diferenciados, más separados los unos de los otros por medio de muros, checkpoints y vallas electrificadas. Bien, esto es así porque, aunque la globalización neoliberal se haya constituido como único dios verdadero ante el cual todos los Estados se arrodillan, el mundo continúa parcelado en naciones. Todavía no se ha instaurado un orden mundial alternativo, y esta discordancia alimenta multitud de tensiones. La globalización neoliberal es efectivamente soberana, pero esto no quiere decir que los conflictos entre las naciones se hayan erradicado, ni mucho menos; de hecho, cada día se intensifican más y más. El orden económico global ha insertado a las naciones en una espiral de desorden generalizado donde apertura y cercamiento, territorialización y desterritorialización, movilidad de capitales y movilidad de los individuos, se tornan conflictos de primer orden imposibles de resolver por los Estados. En este sentido, muros como el que separa a Israel de Palestina o vallas electrificadas como las que separan a los Estados Unidos de México, a España de Marruecos o a Hungría de cualquier refugiado sirio que intente acceder a su territorio, no son más que materializaciones de esta discordancia entre poder estatal y orden económico mundial.

¿Por qué tanta insistencia, pues, en crear un nuevo Estado? ¿Qué hay de bueno en inaugurar un nuevo Estado dentro de este orden caótico del sálvese quien pueda? Supongo que la respuesta a estos interrogantes varía dependiendo de quién se la haga. Si se la hace un burgués de Convergència o a un paleto trasnochado de ERC, la respuesta la tienen muy clara (aunque en público digan otra cosa): administrar la relación de ese nuevo Estado con el neoliberalismo otorga un montón de beneficios tanto a mis empresas como a mí y a mi familia. Beneficios que no tengo por qué repartir con nadie. Su Junts pel Sí es un sí a todo lo que solicite el neoliberalismo, sin importarles un bledo las consecuencias que esto pueda acarrear a la población. Y algo muy parecido responderían los del otro lado (que es el mismo en realidad), los mafiosos del PP, los ladrones del PSOE y los pijos de Ciutadans; lo único que les diferencia a unos de otros es el lugar desde dónde llevar a cabo tan siniestra administración. Por otra parte, si la pregunta se la hiciese uno de los 120 mil votantes de la CUP es muy probable que su respuesta incluyese algún tipo de generalidad dogmática como: «la lucha por la liberación nacional de los Països Catalans traerá consigo la libertad de nuestro pueblo». Me gustaría equivocarme, pero mucho me temo que a lo único que esta «liberación nacional» les va a llevar es a fundirse en un fraternal abrazo con los oligarcas que finalmente gobernarán ese nuevo Estado nación que ellos habrán ayudado a constituir.

La función del Estado no es la de administrar ningún bienestar a la población, independientemente de cuál sea ésta. La función principal  de un Estado hoy en día es la de imponernos la dura ley de la mundialización. En esto no existe el derecho a decidir. Echad un vistazo a Grecia y lo veréis: ¿sirvió de algo que votasen y decidiesen por mayoría que no aceptaban la deuda que les imponía el FMI? No, no sirvió de nada, porque ni Grecia, ni ningún otro Estado es soberano. Soberano es el FMI, que está por encima de toda decisión. El FMI es. Punto. Eso es lo que significa ser soberano y no tanto el derecho a decidir. Se engaña a sí mismo todo aquél que piense que un nuevo Estado nacional va a protegernos de los mercados financieros, de las guerras o de la catástrofe ecológica. Eso el Estado ni quiere, ni puede hacerlo. El marco nacional y los mecanismos estatales resultan totalmente insuficientes contra los efectos desastrosos del capitalismo. Lo único que podemos hacer con el Estado es replegarlo hasta aislarlo en un cerco custodiado por la población civil. Ése es el único sentido que tiene ocupar las instituciones. Y a lo único que nos conduce vuestra «lucha de liberación nacional» es a despertar a otros nacionalismos más fuertes que el vuestro, ansiosos por representar ante todo el mundo la imago de un poder soberano todavía activo. Dejándonos atrapados en el horrible escenario del o con nosotros o contra nosotros. Y allí es imposible vivir.

Nací en Zaragoza hace ahora 41 años, llevo más de 15 viviendo en Barcelona; antes viví en Madrid y en Cuenca y también en Bélgica, en Noruega y en los Estados Unidos. Por motivos laborales, estoy forzado a pasar largas temporadas en diferentes países de Europa: Suecia, Alemania, Austria, Italia, Portugal y, últimamente, también en Hungría. En estos países me han llamado de todo: «ciudadano», «extranjero», «ilegal» e incluso «enemigo», dependiendo de lo que cada uno de sus respectivos Estados quería sacar de mí. Hasta la fecha he tenido suerte y todavía (cruzo los dedos) no me han llamado «refugiado», como a esos cientos de miles de personas que se amontonan estos días en las fronteras de las naciones europeas. Por mucho que lo haya intentado, nunca he logrado ver a ninguna de estas naciones como la gran comunidad fraternal que proclaman sus himnos. Yo, la comunidad la entiendo más bien como entendía Aristóteles la política, como la igualdad que se establece a la hora de tomar parte en algo. Lejos, muy lejos, pues, del monopolio que detentan los gobernantes de cualquier nación. Para mí, más que comunidades, las naciones han sido siempre algo parecido a un mausoleo, una gran tumba suntuosa donde las flores se marchitan con rapidez.

En una esquina del viejo mausoleo donde vivo, unos tipos con mucho poder y muy bien organizados han ideado un plan. Quieren trasladarme, a mí y a mis vecinos, a una tumba nueva, más pequeña y estrecha y decorada con luces de neón, como esas que ves en los centros comerciales o en los clubs de carretera. Además, quieren que la tumba la construyamos nosotros mismos con nuestras propias manos, como los esclavos egipcios construyeron la de Tutankamón. No, no nos dan latigazos, ni nos apuntan con un fusil de repetición; no lo necesitan. Estamos tan enfrascados en su realidad que basta con que lo anuncien por televisión o lo publiquen en alguno de sus periódicos para que nosotros acudamos sonrientes a la cita con la cara pintada, una bandera en la mano y dispuestos a darlo todo. Participar, queremos participar; y también queremos decidir. Decidir lo que ellos digan cuando nos lo digan. Lo llaman auto-gobierno y la verdad es que no podrían haber elegido un nombre mejor. Auto-gobernarnos, eso es lo que hacemos, reproducir el entramado que nos domina hasta que sometimiento y libertad coinciden plenamente. Y nunca a nuestro favor.

Las obras de la tumba comenzaron hace tres años, justo después del 15M, cuando nos amotinamos y ocupamos las principales plazas del mausoleo. Algunos sueñan ya con el día de su inauguración: ¿qué traje me pondré? Otros, sin embargo, ven el gran día como la peor de sus pesadillas. Son los que les gustaba el mausoleo donde (no) vivían, votaron en contra del traslado funerario y perdieron, la democracia es así. Lo único que ahora apacigua su rencor es saber que cada una de las palas de tierra que arrojen sobre sus propias cabezas enterrarán también a los ganadores de la votación. Por último, estamos los apátridas, los que nos sentimos igual de muertos en una tumba que en otra, los que intentamos la fuga el 15 de mayo del 2011. Y también tenemos un plan: en vez de una tumba construiremos un cenotafio. Será divertidísimo. Un día vendrán las autoridades del nuevo Estado, lo abrirán con la intención de mostrarle al mundo entero nuestra obediencia y descubrirán con horror que nuestro cadáver no está ahí. A partir de ese momento, nunca más volverán a tener paz sabiendo que vagamos errantes por el mundo y que podemos darles un susto de muerte en cualquier lugar. Cuando menos se lo esperen.

3 total comments on this postSubmit yours
  1. Mi enhorabuena personal por tu post, realmente añade entendimiento sobre lo que está detPrimal. todo este juego de vinculación con la madre patria y el padre estado.

    Sólo es posible una identificación con un estado cuando está jodida la vinculación Primal.
    Con vinculación Primal me refiero a la necesaria necesidad de seguridad y pertenencia.Este necesidad Primal se desarrolla en la etapa pre y perinatal.
    Los sistemas estado manipulan y rompen el proceso de identidad basado en la vinculacion primal.

    La humanidad se sacrifica a sí mismo una vez rota, el proceso revierte en romper a las nuevas generaciones.
    Una vez rotos vendemos nuestra alma,identidad con el fin de conseguir la seguridad
    Los humanos somos capaces de establecer vinculaciones secundarias con el fin de conseguir la necesaria vinculación Primal.
    Esto es lo q les ocurre a los q son capaces de suprimir su identidad por la identidad de un sistema,llámese estado, patria y religión . Se convierte pues en un fin, q justifica los medios: estado islámico, partido socialdemócrata nazi…

    Después de este análisis y tú post, me encantaria leer de ti los posibles caminos ha caminar.

    Eso de que se hace camino al andar.

    Saludos

  2. Me hacen mucha gracia los que critican el soberanismo catalan, desde su supuesto “no nacionalismo”. Son tan poco nacionalistas que no les importa mantener el statu quo, manteniendo el nacionalismo español, uniformizador, si, si, ese mismo nacionalismo que ha intentado (y conseguido en muchoscasos) borrar la cultura propia de otros lugares. Si, ese mismo nacionalismo español, cobarde, pero que amenaza denuncias, e incluso con la violencia a cataluña . El que equipara a la españa que no deja votar, a la cataluña que quiere votar. Al que equipara al opresor y al oprimido. Y nos acusa de “fe ciega”……Pero no, al parecer tu no eres nacionalista. Aunque te muevas en el nacionalismo “banal” español (https://es.wikipedia.org/wiki/Nacionalismo_banal). Pues a lo mejor yo tampoco. A lo mejor yo soy independentista y soberanista sin necesidad de ser nacionalista. ¿tu eres internacionalista y yo nacionalista? ¿te pones por encima de mi moralmente? a eso jugamos?

    El segundo argumento es igual de incongruente: La soberania no es importante en el mundo actual. Vaya! si es tan poco importante porque no nos lo dan??. La soberania es tan poco importante que sirve para decidir como ha de ser el modelo de educacion en cataluña, el modelo de pequeño comercio, de politica industrial, de hacer o no hacer NUNCA el corredor mediterraneo, de decidir nuestra politica energetica, huyendo de la persecucion a las renovables etc etctec etc etc. Si, si, ya se ve que hoy en dia la soberania no sirve para nada porque la decide no se quien (?). Que vacios suenan estos argumentos, aludiendo a vaguedades, neoliberalismos y oligarquias. O con insultos sin venir a cuento a todos los partidos politicos.

    El nuevo pais lo construiremos entre todos y para todos, y SI, tambien para esos malvados “burgueses” (y aun el autor de este blog acusa a los demas de trasnochados, usando este lenguaje anticuado). El nuevo pais será para los empresarios y para los trabajadores, porque no pueden haber una cosa sin lo otro, y para los jubilados y para los parados, y para los autonomos. Y será liberalista, o no lo será, pero lo decidiremos entre todos. Y no decidiran nuestro gobierno desde fuera, desde otro pais, desde Madrid, con intereses diferentes, incluso contrapuestos a Cataluña.

  3. Muy interesante el artículo aunque en todo caso sobran los comentarios despectivos tipo: “el paleto de ERC”. Y simplificas mucho el mensaje de la CUP, que al fin y al cabo sí son abiertamente anti-neoliberales y hasta anti-europeístas. Y me identifico con la mayoría de tus razonamientos pero tienen un problema de praxis: para desarrollar esa alternativa socioeconómica que muchos queremos no queda más remedio que hacerlo bajo los parámetros de unas fronteras. Llámalo nación, país, comunidad… pero al final el nacionalismo acaba siendo un mal necesario. También soy profundamente anti-nacionalista pero tampoco quiero vivir en una utopía como tú. Que la idea de nación es un cuento chino ya lo sabemos muchos, pero es el mundo en el que vivimos, y para tener la fuerza para construir una sociedad nueva lo tenemos que hacer, de entrada, bajo los parámetros de un estado-nación, no queda otra – la revolución hay que hacerla desde el sistema. Eso o montamos comunas hippies, que tampoco está mal.

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