El ejército del buen funcionamiento

En la consulta del dentista. He venido a taparme el agujero que tengo en la encía. Una muela se puso negra hace un par de años y terminó cayéndose una noche mientras dormía. De repente sentí un peso en la lengua, como cuando alguien te pasa un chicle mientras te besa; me desperté de golpe y salí corriendo hacia el baño. No me dio tiempo ni a encender la luz, cuando escupí la muela en el lavabo sonó como un perdigón. Desde entonces, tengo un hueco oscuro en la encía donde se agazapa mi lengua a todas horas como un oso en una cueva. Y hoy, por fin, ha llegado el momento de sellarlo.

Abre la puerta una mujer de pelo corto y me dice que espere en la sala hasta que me llamen. Lleva puesto un mono negro y granate muy parecido al que lucía Diana en la serie de televisión «V». En la sala de espera huele a detergente, tengo la sensación de estar adentrándome en el tambor de una lavadora. Las paredes son blancas y apenas están decoradas, tan solo un par de fotografías de playas de arena blanca y cielo azul interminable. Un niño de unos diez años y su madre ocupan el sofá del fondo. Los dos son rubios y blancos también («A estos dos ya los han centrifugado», pienso mientras tomo asiento en la única silla –blanca también– que queda libre al lado de la puerta). La madre levanta un segundo los ojos de la revista para saludarme con una ligera inclinación de cabeza. El niño ni tan siquiera se ha enterado de que he entrado en la sala, el juego de guerra de su tablet lo tiene completamente absorto. Será mejor que coja yo también una de esas revistas que hay en la cesta de mimbre debajo de la mesa, cualquier cosa antes de seguir expuesto a la blancura de este lugar.

Las revistas son todas caras, de esas que tienen las páginas satinadas. Me decido por una que lleva por título Salud Total. En la portada aparece una mujer –rubia y blanca también– apoyada en el respaldo de una silla de oficina, con los brazos cogidos por detrás de la cabeza y una sonrisa de satisfacción dibujada en la cara. Es la imagen perfecta de la salud total. Regreso a mi silla y comienzo a pasar las páginas con soltura, como si no fuese yo quien las estuviese hojeando: «Todo sobre los pies y el calzado»; «Dossier completo sobre la celulitis: “Sí, puedes eliminarla”»; «Una extensa entrevista con el doctor Jiménez donde nos descubre los secretos para frenar el colesterol»; y en las páginas centrales un reportaje fotográfico sobre Alex Minsky: «Una verdadera historia de fuerza y superación». Mis dedos se frenan en seco y mis ojos se clavan fijos en la fotografía que ilustra este reportaje. Hay algo en esta imagen que no me permite pasarla por alto.

Alex Minsky es un ex marine de los Estados Unidos que, según cuenta la periodista que firma el reportaje, «ha conseguido reinventarse y ganarle la batalla a las adversidades». Hace unos cuantos años, durante una operación militar en Afganistán, una bomba de fabricación casera hizo volar su coche por los aires con él dentro. Alex quedó en coma varias semanas y, cuando por fin despertó en su casa de California, descubrió que le faltaba una pierna. Las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos se apresuraron a otorgarle el «Corazón Púrpura», la condecoración que conceden a todos aquellos militares heridos o muertos en servicio. Pero no fue suficiente, Alex cayó en una profunda depresión hundiéndose de lleno en el alcohol.

Los disparos secos y rápidos procedentes de la tablet del niño rubio son lo único que se escucha ahora en la sala, la perfecta banda sonora para este apasionante reportaje. Alex permaneció deprimido y emborrachándose a diario durante varios años, hasta que un día algo cambió por completo su forma de ver la vida. Estaba en el gimnasio tratando de mantenerse ocupado un rato para no beber tanto cuando, al parecer, un fotógrafo se le acercó y le dijo que le gustaba mucho su cuerpo. «Así, tal y como está, con las heridas de guerra y la pierna de metal», y le pidió que posara para él. Este fue el comienzo de una nueva e inesperada carrera para Alex. El primer paso en la andadura que le llevó a convertirse en el reconocido modelo de ropa interior que es hoy en día.

Alguien entra en la sala de espera, pero ahora soy yo el que no levanta la mirada del papel. Las fotografías publicitarias de Alex me tienen completamente cautivo. Sus músculos, recortados a cincel sobre su piel y adornados con floridos tatuajes, y su prótesis metálica completando su pierna derecha, traen a mi cabeza el Krieg dem Kriege, el libro clandestino que editó Ernst Friedrich en 1924. Al igual que Alex, Ernst Friedrich fue también un joven soldado que luchó en la guerra (en la Primera Guerra Mundial) y también cayó herido en batalla. Le costó mucho tiempo recuperarse de las heridas sufridas y, cuando al final lo logró y regresó a su pueblo natal en Alemania, Friedrich publicó Krieg dem Kriege («Guerra a la guerra»), un grandioso compendio de atrocidades con más de ciento ochenta imágenes sacadas de los más tétricos archivos médicos y militares. Pueblos arrasados, tropas agonizantes, niños esqueléticos, cientos de muertos pudriéndose amontonados en los campos y las trincheras del frente. Las páginas de Guerra a la guerra componen un auténtico catálogo del horror donde destacan, por encima de todas, las incluidas en la sección «El rostro de la guerra»: veinticuatro primeros planos de soldados con el rostro amputado.

Según cuenta en sus memorias, Ernst Friedrich editó aquél libro con la intención de combatir el positivismo que empujaba a miles de jóvenes a matar y a morir en el frente. Y de algún modo su estrategia funcionó. Antes de 1930, Guerra a la guerra había agotado diez ediciones en Alemania y había sido traducida a varios idiomas. Muy pronto, su ejemplo cundió entre una nueva generación de artistas que, como Otto Dix o George Grosz –combatientes ambos en la Primera Guerra Mundial también–, comenzaron a incluir en sus pinturas soldados horriblemente mutilados, cuerpos rotos por la metralla y muertos pudriéndose en el No Man´s Land, la tierra de nadie inhabitable y terrible que, como dijera el poeta inglés Wilfred Owen, «estaba hinchada como un cuerpo afectado por la enfermedad más repugnante».

Para todos ellos, aquellas horripilantes imágenes funcionaban a modo de tratamiento de shock. Las veían como una piqueta capaz de agujerear tanto la perversa ideología militar como el falso positivismo que la impulsaba hacia delante. Todos aquellos cuerpos mutilados eran, de alguna manera, la verdadera apariencia de la sociedad occidental, la podredumbre escondida bajo los trajes socialmente respetables, el esperpento disfrazado de progreso. George Grosz lo explicaba así en una entrevista: «Ningún humanista sincero puede seguir creyendo en conciencia que la victoria en la guerra significa en modo alguno el triunfo de la humanidad. Toda guerra es siempre una guerra contra lo humano, por eso yo la describo de forma realista, para execrarla».

No sé cuántas veces habrá pronunciado mi nombre la sargenta de «V» antes de que yo me percate, pero cuando por fin subo la cabeza para atenderla ella está con mala cara señalando la puerta y, resoplando, me dice que le siga. Echo un último vistazo a las fotos de Alex antes de cerrar la revista y la dejo de nuevo en la cesta de mimbre. Ya en la sala de operaciones, un tipo de unos cincuenta años con el pelo canoso y unas gafas de pasta grandotas como las de Elvis Costello me está esperando impaciente. Lleva puestos unos guantes de plástico blancos y en la cara una mascarilla de color azul claro le cubre nariz y la boca haciendo que las gafas parezcan incluso más grandes de lo que son. «Siéntate», me dice con voz ronca, y mientras me acomodo en la silla de plástico convenientemente reclinada, Diana ordena sobre un paño de algodón toda una colección completa de ganzúas y agujas, bodegón reluciente del dolor. «Abre la boca todo lo que puedas», dice el doctor con las gafas ya medio empañadas. Yo obedezco sin rechistar y cuando la aguja se abre paso a través de mi encía y la anestesia comienza a colarse lentamente en mi cuerpo, vuelven a mi cabeza las fotografías de Alex Minsky.

Esas fotografías explican mucho de lo que nos sucede hoy. Si las imágenes de Friedrich y las pinturas de Grosz de cuerpos mutilados y jóvenes muertos servían como advertencia ante las maléficas insidias de la guerra, las imágenes de Alex Minsky sirven hoy para todo lo contrario, para ampliar el campo de batalla. Bien mirado, Alex continúa siendo un soldado; un soldado distinto al que era cuando se encontraba de servicio en Afganistán, pero un soldado al fin y al cabo. El modo en que Alex vive ahora no se distingue mucho del modo en que combatía. Su cuerpo mutilado no se presenta ante nuestros ojos como crítica a ninguna guerra; perder una pierna en el frente le hizo trasladarse a otro frente, eso es todo. En California, Alex se alistó de nuevo al batallón de las fuerzas de ocupación hostiles a nuestra existencia, y desde allí continúa combatiendo en la guerra que reduce nuestra vida a simple carne gestionada bajo los parámetros del consumo. Observando sus fotografías queda claro que toda existencia es hoy una especie de trinchera.

La anestesia ha hecho bien su trabajo y ahora apenas siento ya los arañazos que el dentista me propina con la ganzúa más afilada de toda su colección. Sus gafas parecen el espejo de un vestuario después de la ducha. Me pregunto cómo puede orientarse en las profundidades de mi boca con los cristales así de empañados. Mejor será que no lo piense. Cierro los ojos y allí está Alex aguardando como un fantasma dispuesto a ocupar mi cuerpo. Por debajo del ruido de la ganzúa resuenan con firmeza sus palabras: «Solo quiero que la gente me mire y sienta ganas de seguir luchando». A diferencia de lo que sucedió con la publicación de Guerra a la guerra en los años veinte –registros de librerías, condenas judiciales contra su exhibición pública y destrucción de todas las obras–, las campañas publicitarias en las que aparece fotografiado el cuerpo de Alex reciben todas una calurosa acogida. «Un hombre con un gran deseo de superación», es el eslogan de una de ellas. Es como si en los cien años que separan unas fotografías de las otras, nuestros cuerpos hubieran sido movilizados desde dentro hasta hacerlos hablar el lenguaje de las fuerzas de ocupación. El imperativo de la optimización personal, el Just Do it y el tú puedes, todo eso no es otra cosa que el lenguaje del ocupante hecho lengua propia. ¿Sabes cómo llama la revista Men’s Health al cuerpo de Alex? «Your new body», así es como lo llama. Modelo optimizado para un régimen de vida nuevo, en el que ni tan siquiera un acontecimiento tan traumático como la pérdida de una pierna nos permite cuestionar la producción y reproducción del horror.

Las fotografías de Alex Minsky hablan de un mundo en el que las tropas de ocupación se han hecho omnipresentes y las posibilidades de desertar han sido eliminadas por completo. En ese mundo, nuestros cuerpos se han ido perfeccionando hasta integrarse plenamente en el funcionamiento del sistema. No combatir ya no es una opción, lo único que podemos hacer ahora es elegir el campo de batalla donde llevar a cabo nuestra particular guerra cotidiana. «Ya puedes cerrar la boca», me dice el dentista mientras limpia sus gafas con un pañuelo de papel. Yo la cierro haciendo chocar los dientes de arriba con los de abajo varias veces, y el chasquido que producen suena distinto al que hacían antes de la operación. Mi lengua se mueve ahora inquieta buscando sin cesar el hueco que tan bien la amparaba antes, pero no lo encuentra. Diana me introduce un tubo transparente en la boca y succiona con él los restos perdidos de la operación, jirones de una realidad destruida. El aire comprimido es tan fuerte que siento que me va a dejar sin aliento para siempre. «Ya estás listo, has quedado como nuevo», me dice con el tono de voz de un lagarto, y acto seguido me pide permiso para tomar una fotografía de mi boca. «Es para el archivo», me explica, y, antes de darme cuenta, ya tengo la cámara «reflex» apuntándome a la cara: «Sonríe».

Yo obedezco y sonrío, pero no reconozco mi sonrisa. Es como si fuese un extranjero en mi propio cuerpo. De camino a la puerta, los disparos de la tablet del niño retumban en mi pecho como si una bestia herida estuviese agitando sus garras dentro de mí. Cuando salgo a la calle no tengo la impresión de haber estado en el dentista, sino alistándome en el ejército del «buen funcionamiento», el mismo al que se alistó Alex a su regreso de Afganistán. ¿Quedaré a partir de ahora yo también bajo las órdenes tiranas de la iniciativa personal y la autorrealización? Creo que voy a buscar algo que morder, necesito estrenar mi nueva dentadura.

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