El mundo esperando a Natalie

Hojeas un cómic mientras esperas a Natalie en el café Prologue de Lafayette. Sabes que tardará en venir, Natalie siempre tarda en venir. Quedar con ella es como abrir la puerta a un jardín lleno de enredaderas: el camino no es fácil pero al final termina siempre por andarse. Llegará vestida a su manera, con la pamela roja encasquetada en la cabeza y los zapatos plateados en los pies. Tú pedirás lo de siempre, un par de Earl Grey (el tuyo con un poco de leche fría) y en cuanto ella le dé el primer sorbo al suyo sacará su lipstick rojo del bolsillo del abrigo y se retocará los labios usando la cámara del móvil como espejo. Natalie es así, un buen día decidió hacerse artista y se hizo sin más.

Mientras la esperas te fijas en la chica china que está sentada en la mesa de al lado. Lleva puesto un traje que parece recién sacado de la sección de caballerosde alguna boutique del Soho, y unos zapatos de tacón que se abrochan con velcro. El pelo fijado hacia atrás con gomina y la corbata de satén verde extendiéndose por el pecho de su camisa blanca le proporcionan el estilo andrógino exacto que persigue. Con las gafas de sol puestas –gafas de mariposa que recuerdan a las que llevaba Barbara Stanwyck en Perdición– y con la mirada clavada en el fondo infinito de su smartphone, actúa como si no estuviera en la misma cafetería que tú, como si el mundo se hubiera desintegrado y ahora fuese ella la única superviviente denuestra especie. Parece una de esas figuras que adornan el Salón de la Suprema Armonía de Pekín, conversar con ella resulta simplemente inconcebible. Seguro que en su cabeza no hay palabras, sólo símbolos, ideogramas previos a la invención del lenguaje. Levanta la mirada de la pantalla del móvil, lo guarda en el interior de su bolso de plástico negro y abandona el café tal y como había entrado: perdonándole la vida a la vida misma. Sus movimientos alejándose entre el trajín de Chinatown son los de una sombra deslizándose por las paredes frías de una casa en ruinas. La casa es el mundo; las ruinas nosotros. Paredes caídas en los márgenes de la tierra.

Y hablando de márgenes, le das un margen de otros diez minutos más a Natalie y si no viene te vas. Los dos chicos que ocupan ahora la ausencia dejada por la chica holograma son un par de frikis que no paran de hablar de Lobezno. Bueno, en realidad hablan sólo de sus garras que, según comentan, las acaban de sacar al mercado y eso les tiene un poco aturdidos. «Son iguales que las originales», le dice el pelirrojo al otro, un tipo alto y blancucho que escucha con la máxima atención sin sacar la cara del interior de la capucha de su jersey desgastado. Tú sigues hojeando el cómic, pasas las páginas despacio sin prestar mucha atención asus viñetas, y entonces, sin quererlo, te metes con tus pensamientos en la conversación de los dos chicos. «Pues claro que no se distinguen del original, ¡porque no hay original!» –te dices a ti mismo–. «Lobezno y su garra de acero inoxidable existen sólo en nuestra cabeza, y ahí dentro no hay ni originales ni copias». Los chicos interrumpen la conversación porque el de la capucha necesita ir al baño, pero tú continúas hablando por dentro: «Esa garra de metal que venden ahora en las tiendas no es que se parezca a la de verdad, sino que es la de verdad. Con ella sucede lo mismo que con el mundo: en cuanto nos hacemosuna idea de cómo es, se convierte en eso exactamente. Porque el mundo no existe en realidad. Existen imágenes del mundo, noticias del mundo, pero nadie ha visto ni verá el mundo jamás. El mundo es tan sólo un dibujo en nuestra cabeza, como Lobezno, como el cómic que tienes en las manos, la idea de algo que siempre está por llegar». Como el mensaje de voz que te acaba de enviar Natalie: «Estoy llegando, no desaparezcas».

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