El pasadizo

Metro de la ciudad de Nueva York. La mujer sentada enfrente de mí mira con atención la pantalla de su teléfono móvil. Lleva puesto en la cabeza un pañuelo ajustado de color azul y otro más grande y también azulado enroscado al cuello. La pantalla de su móvil refleja en sus pupilas negras un par de cuadrados luminosos, el halo de ceniza que desprenden sus ojos se funde con la piel curtida de su rostro. De su boca sale repetida la misma palabra una y otra vez, como si estuviera intentando llenarla de sentido. Yo trato de descifrar cuál es, pero no lo consigo. Me pregunto cómo vive esta mujer la guerra civil que se declara a su alrededor allá por donde va. Cómo logra sobreponerse a las miradas que la examinan a diario como si fuese un paquete sospechoso. De dónde saca este ser aparentemente tan frágil la fuerza vital necesaria para resistir a la violencia que se cuela por todas partes, incluido este vagón de tren. Violencia endémica e incontrolable que lo carga todo de una atmósfera densa y venenosa hecha de sospecha y pánico.

Su mano derecha, huesuda y morena, agarra el teléfono como debían agarrar las piedras nuestros antepasados salvajes antes de lanzárselas a un ciervo escondido entre la maleza. Piedras fratricidas que, con suerte, les concedían un día más de vida, y después otro y otro, y así hasta hoy. En el interior del teléfono de esta señora se encuentra oculto también aquello que le mantiene con vida, por eso no le quita el ojo de encima, porque sabe que si yerra el disparo morirá de hambre. Hay un pasadizo secreto que conecta el mundo primitivo de nuestros antepasados con nuestro actual mundo tecnológico, un pasadizo que ha comenzado a abrir sus puertas ante nuestros ojos. La oscuridad que se vislumbra en su interior es la de nuestro propio instinto, cuyo poder no me atrevo a pensar. Llegamos a Union. La mujer abandona su asiento y se abre paso entre un grupo de hombres blancos y fuertes que no dejan de cuchichear cosas al oído. Ya en el anden la mujer desaparece dejando tras de sí una especie de vacío sin forma, un silencio pesado que resulta del todo impenetrable. Segundos después, una mano inhumana pone de nuevo el tren en marcha, y yo continuo mi viaje con el miedo de no poder volver a salir de aquí nunca más.

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