El último viaje de Hoffman

Acuarela Libros acaba de publicar el libro de Abbie Hoffman Yippie! Una pasda de Revolución. Los cuarenta y cinco años de distancia con la escritura del libro exigían algo más que la simple publicación del material. Este epílogo es parte de ese algo más. Una conversación divertida entre la experiencia yippie y las luchas de nuestro presente. Así es como los leo yo, esto es lo que me dan que pensar. A ver si te gusta.

El último viaje de Hoffman

Junio 2001. Llevaría durmiendo unas tres horas cuando me despertó una llamada telefónica.

–¡Tío, despierta, esto es buenísimo! Me acabo de enterar de que el edificio de la Bolsa de Barcelona está considerado un edificio de interés turístico.
–Guay. Me parece perfecto. Te llamo luego, ¿vale?
–Espera, no cuelgues. «Interés turístico», ¿lo pillas?

Me faltaban unas cuantas horas de sueño y un par de cafés para pillar algo.

–Por cierto, ¿qué hora es?
–Son las seis. Escucha: si es un edificio de interés turístico, se pueden solicitar visitas guiadas.

Me desperté de golpe.

–¡Joder! Haber empezado por ahí.

El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial tenían previsto reunirse en nuestra ciudad a final de mes. Nosotros sabíamos muy bien lo que esa gente estaba haciendo en los países del tercer mundo: primero los engatusaban con «ayudas» financieras y, en cuanto picaban y se endeudaban, hacían con ellos lo que les daba la gana: vendían su suelo, privatizaban sus recursos naturales, los usaban como mano de obra barata. Teníamos la impresión de que si esos tipos lograban reunirse en Barcelona, los siguientes en caer seríamos nosotros. Así que nos propusimos evitarlo a toda costa, aunque no supiéramos bien cómo hacerlo. Los días pasaban, la fecha del encuentro se aproximaba cada vez más y por muchas vueltas que le dábamos no se nos ocurría nada. Anunciar una visita multitudinaria a la Bolsa de Valores quizá no era tan mala idea, después de todo.

A eso de las doce convocamos una reunión urgente de Las Agencias (así nos llamábamos entonces) y, tras deliberar un rato, salimos hacia la Bolsa. Recuerdo que de camino nos detuvimos en un supermercado y pillamos unas cuantas bolsas de la compra. No sé muy bien por qué lo hicimos, supongo que nos hizo gracia la coincidencia gráfica de los dos términos: bolsa-Bolsa. La cosa es que fue un acierto. Nada más llegar a la puerta nos las enfundamos en la cabeza y nos hicimos unas fotos bien divertidas. Tendrías que haber visto las caras de la gente al ver a un grupo de turistas con bolsas en la cabeza a punto de asfixiarse frente a la puerta de la Bolsa. Alucinaban.

No habían transcurrido ni veinte minutos cuando llegó la policía. Todos logramos escapar salvo un chico que se quedó rezagado y lo trincaron. La maldita bolsa no le dejó ver que se acercaba la policía; cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde. Intentamos informarnos de quién era, pero fue imposible. Nadie conocía su nombre, nadie lo había visto antes. Acababa de unirse al grupo ese mismo día y nunca más volvimos a saber nada de él.

Esa misma tarde, revelamos las fotografías y las enviamos a la prensa junto con una nota que decía:

«Próximamente:
Multitudinaria visita a la Bolsa de Valores.
No os la perdáis».

Acto seguido fuimos a una cabina y llamamos a las oficinas de la Bolsa. Nos atendió una chica muy amable. Aquella fue una de las conversaciones más divertidas que he tenido en mi vida.

–Hola. Llamo para solicitar una visita guiada.
–Muy bien, señor. Dígame, ¿vendrá usted solo o acompañado?
–Acompañado. Somos un grupo.
–Un grupo, de acuerdo. ¿Cuántas personas son?
–Pues… unas diez mil.

En cuanto colgó el teléfono la recepcionista hizo exactamente lo que queríamos que hiciese: llamar a la policía. Esta también reaccionó según lo previsto: en menos de dos horas el edifico de la Bolsa de Barcelona se convirtió en una fortaleza. Para colmo, la prensa publicó nuestras fotografías al día siguiente y en cuanto las vio el director de la policía decidió incrementar el número de agentes que debían de darnos la bienvenida. El fuego ya estaba encendido, ahora tan sólo teníamos que avivarlo. Dos días después, enviamos a la prensa la segunda tanda de fotografías, ¡y también las publicaron! A partir de ese momento, el tiempo empezó a correr de nuestra parte. El hecho de que la policía custodiase el edificio de la Bolsa no suponía ningún problema para nosotros, a estas alturas del relato supongo que te habrás dado cuenta de que nuestro plan jamás incluyó la visita a ningún lugar. Nuestro lema siempre fue: «Cuanto menos hagas y menos riesgos corras, mejor», y esta vez nos habíamos propuesto cumplirlo a rajatabla. Los únicos afectados por la presencia policial eran los inversores que acudían allí a diario. Acostumbrados como estaban a entrar y salir de allí como Pedro por su casa, les costaba acostumbrarse a este estricto control de seguridad. Poco a poco, entrar en el edificio se fue convirtiendo para ellos en un auténtico suplicio, hasta que un buen día no aguantaron más y decidieron dejar de acudir a la Bolsa en señal de protesta.

Lo creas o no, el edificio de la Bolsa de Valores de Barcelona estuvo cerrado durante dos días a causa de una simple llamada telefónica y unas cuantas fotografías absurdas. Puedes imaginarte el revuelo que este hecho ocasionó: «¿Qué está pasando ahí dentro?», «¿Por qué la policía protege a los inversores?», «¿Quiénes son esos tipos que vienen a reunirse aquí y de qué demonios van a hablar?» Si el FMI y el Banco Mundial pretendían pasar desapercibidos, mucho me temo que su plan había fracasado. A los pocos días, durante una rueda de prensa, anunciaron que la reunión quedaba cancelada.

Nuestra primera acción no podría haber salido mejor: objetivo cumplido sin apenas correr ningún riesgo; ¿acaso se podía pedir más? Te aseguro que por un tiempo nos sentimos los tipos más listos del mundo. Hasta que nos enteramos de que un tal Abbie Hoffman había hecho lo mismo treinta años antes que nosotros.

Lo mencionó de pasada un periodista en su artículo: «Tal y como hiciera Abbie Hoffman en los años sesenta…» ¿Abbie Hoffman? ¿Ése quién es? Corrimos a buscar su nombre en Google. Salvando las distancias (lo suyo fue en la Bolsa de Nueva York y en vez de bolsas en la cabeza, Hoffman y sus amigos quemaron billetes de dólar), el periodista tenía razón. Su acción y la nuestra eran casi iguales. Las dos habían creado un relato mediático capaz de alterar el curso de los acontecimientos. Tanto la suya como la nuestra partían de una misma premisa: colar una historia en la prensa puede ser un acto revolucionario porque los medios de comunicación no sólo transmiten las noticias, también las crean.

Curioso. Nos olvidamos de Hoffman y seguimos a lo nuestro.

Pasó más de un año hasta que realizamos nuestra segunda acción. El éxito de la primera nos había empujado a intentar lo mismo en diferentes ciudades del mundo. Conseguimos algunos logros, el FMI y el Banco Mundial tenían cada vez más dificultades para reunirse. Las movilizaciones sociales contra la globalización capitalista no dejaban de crecer, y lo mismo sucedía con la violencia policial. Hasta que un mal día pasó lo que muchos sabíamos que iba a pasar: Carlo Giuliani, un joven de 23 años, perdía la vida por un disparo de bala de la policía durante una reunión del G8 en Génova. Después de aquello, decidimos cambiar de estrategia. Ya sabes: «Cuantos menos riesgos corras, mejor».

Nada más regresar a casa, nos pusimos a pensar en un nuevo modelo de intervención. Queríamos seguir haciendo lo mismo, combatir el poder de las empresas multinacionales, pero esta vez lo queríamos hacer desde la vida cotidiana, sin depender de grandes eventos ni manifestaciones multitudinarias. Estábamos convencidos de que debía de existir algo que la gente hiciese a diario y que, de alguna manera, significase una amenaza para la globalización capitalista, por pequeña que fuese. Buscamos por todas partes hasta que un día dimos en el clavo: Mangar. Ese hábito arraigado en miles de personas estaba provocando a las empresas multinacionales pérdidas millonarias. Era una especie de guerra de guerrillas librada a diario en los centros comerciales de todo el mundo. De repente, lo vimos claro: la revolución no estaba por llegar; la revolución estaba sucediendo ya. Aquí y ahora. El problema es que no se veía. Por eso creamos la marca Yomango, para hacer visible la revolución.

Yomango no se diferenciaba en nada de cualquier otra marca: el departamento de diseño se encargaba de producir los anuncios y catálogos de temporada; el de moda y complementos ofrecía ingeniosos recursos para disfrutar al completo de su estilo de vida, un estilo 100% gratuito y preparado para ser adquirido en masa. El departamento de mangueting se encargaba de organizar las acciones en las grandes superficies comerciales. Estos flashmobs multitudinarios funcionaban a modo de anuncio para la marca. El primero de ellos se llevó a cabo en plena temporada de rebajas en una sucursal de Bershka.

El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) nos había invitado a participar en una de sus exposiciones anuales y nosotros aceptamos con mucho gusto. Era la ocasión idónea para presentar nuestra marca en sociedad. Junio de 2002: la calle bullía repleta de gente cuando Yomango ejecutó su particular juego de magia. Según relataron los medios de comunicación, un vestido azul de la talla 34 con cinturón retro y una mariposa impresa en el pecho desapareció ante los ojos de todo el mundo transformándose en una ola de luz y de color; una auténtica obra de arte que acabó expuesta en el museo. Dicen que la fuerza de esta intervención fue tal que hizo temblar hasta el mismo despacho del alcalde, quien tuvo que personase en el centro de arte para explicarle al director que «el arte sirve para maquillar los problemas, no para crearlos». El vestido resistió tres días allí expuesto y después desapareció para siempre. Hay quien dice haberlo visto una semana más tarde colgando en una percha de otro centro comercial junto con una nota anónima anunciando nuevas acciones; otros, sin embargo, aseguran haberlo visto expuesto en diferentes museos de todo el mundo. La verdad es que a día de hoy, el caso continúa sin estar resuelto.

Tras la presentación de la marca en sociedad, todos los periódicos se hicieron eco de la noticia: «Grupo antisistema reivindica el robo como un nuevo estilo de arte», «Mangar en las multinacionales, la última moda». A partir de ese momento, la marca Yomango se expandió como la pólvora. De la noche a la mañana aparecieron franquicias por todas partes. En menos de un año, el departamento de mangueting coordinaba actividades de la marca en más de diez países distintos: México, Italia, Alemania, Argentina, Chile… Sin apenas darnos cuenta, Yomango pasó de ser un modo creativo de acción directa contra las empresas multinacionales, a convertirse ella misma en una multinacional más. La única marca multinacional fuera del mercado. En un tiempo récord nuestra marca se había convertido en todo un símbolo de la resistencia contra la globalización, y lo había hecho simplemente mangando el lenguaje y la apariencia de las empresas multinacionales –bueno, el lenguaje, la apariencia y alguna otra cosa más–. Ni en nuestros mejores sueños podría haber salido todo así de bien, el orgullo nos salía por las orejas. Y, entonces, llegó a nuestras manos una copia de Steal this book.

Hoffman otra vez. Esta guía repleta de trucos para vivir –y sobrevivir– sin dinero (Free), ofrecía el mismo estilo de vida que Yomango. En sus páginas podían leerse cosas así: «La revolución no es aquello que dicen las organizaciones de izquierda tradicionales. La revolución es lo que uno hace desde la mañana hasta la noche, es un estilo de vida». Lo mismo que decíamos nosotros, y no era lo único que compartíamos. Para Hoffman, la política tampoco pasaba por la conciencia. Como nosotros, él también creía que lo irracional, las emociones, jugaban un papel tanto o más importante. Hacer la revolución, decía, debía ser divertido, al menos más divertido que no hacerla; lo tenías que desear, si no lo deseabas no valía la pena ni intentarlo. Hoffman proponía «Steal this Book», nosotros «Yomango en tu centro comercial más cercano». Misma actitud, casi las mismas palabras. La única diferencia entre Hoffman y nosotros eran los 30 años que nos llevaba de ventaja.

Pasamos página y seguimos con lo nuestro. Aunque esta vez nos costó algo más olvidarnos de él.

Desde entonces hasta hoy han pasado más de 10 años, y en todo este tiempo no hemos dejado de hacer acciones. Las hemos hecho de todo tipo. En 2006, por ejemplo, cuando la situación de la vivienda en España se tornó insostenible y comenzaron los desahucios, organizamos el récord mundial de gente gritando a la vez: «No voy a tener casa en la puta vida». Nadie antes lo había intentado, así que lo batimos con facilidad.

Poco después, cuando llegó la crisis y los medios de comunicación empezaron a meternos miedo en el cuerpo («Apretaos el cinturón», «Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades», etc.), nos dio por ir a bailar a una oficina de empleo. Allí nos presentamos una mañana y ¡no veas cómo la liamos con nuestro sound system! Cuando llegamos, todo eran caras largas y, en menos de cinco minutos de baile y cachondeo, no quedó nadie que no estuviese sonriendo.

También dejamos impotente al Papa. Aquello estuvo muy bien. Dejar impotente a un Papa es mucho más fácil de lo que te imaginas, sólo tienes que avisar a la prensa, reunir a un grupo de gente alrededor de un tótem (el nuestro fue la torre Agbar de Barcelona, el edificio con más forma de polla del mundo), y concentrarte hasta producir una descarga eléctrica con la mente. Aquel fue el primer ataque psíquico que realizábamos en nuestra vida y aún así salió de maravilla, no hubo ni un noticiero que no hablase del tema al día siguiente. Además, el efecto de un ataque psíquico es extensible. Lo descubrimos un tiempo después, cuando empezó a propagarse sin control por el resto del clero. Miembro a miembro.

Me imagino que después de leer este libro, ninguna de nuestras acciones te sorprenden lo más mínimo. Deben parecerte todas copias baratas de las de Hoffman, plagios y poco más. Y te entiendo. Nadie puede negar que una multitud de gente concentrándose para hacer levitar el Pentágono es prácticamente lo mismo que dejar a al Papa impotente con la mente; ni que recorrer las calles de un barrio al grito de «The War is Over» para forzar a la prensa a pronunciarse sobre la guerra de Vietnam, es muy parecido a gritar «No voy a tener casa en la puta vida» para traer el problema de la vivienda a las portadas de los periódicos. Y es que, visto así, nuestro trabajo encaja a la perfección en la Guerrilla Theater de Hoffman: en nuestras acciones no hay escenario, o mejor dicho, la calle se convierte en el escenario; los actores son todos aquellos que pasan por allí en ese momento; cada actuación parte de la idea de que si realizas la acción adecuada en el momento adecuado puedes llegar a cambiar la Historia en un sólo día. En una hora. En un segundo. El Teatro Guerrilla de Hoffman era teatro de la vida, y lo nuestro es actuar directamente sobre lo real. Si Abbie trataba de arrancarle a los jóvenes de Amerika el miedo heredado de sus padres, nosotros tratamos de arrancarlo de todas partes, porque el miedo no ha hecho más que extenderse en estos últimos 30 años. El parecido entre el trabajo de Hoffman y el nuestro es tan grande que no deja espacio a la duda: aquí alguien está copiando el trabajo del otro.

Si nos atenemos a la fecha de publicación de la primera edición de Yippie! Una pasada de revolución en EE.UU. el veredicto está claro: nosotros copiamos a Hoffman. Pero te aseguro que no es así. Y no digo esto porque quiera defender una supuesta originalidad de nuestra obra, para nosotros eso nunca ha tenido demasiada importancia; es más, somos de la opinión de que si algo funciona es mejor repetirlo; lo digo, simplemente, porque cuando hicimos todas esas acciones ninguno de nosotros había oído hablar jamás de Hoffman ni de los Yippies. La verdad es que no hubiese estado mal que alguien hubiera traducido este libro antes y haber podido disponer de este arsenal de ideas para nuestras acciones. Pero no fue así. Y eso es lo extraño del caso.

¿Cómo es posible que algo tan antiguo y tan lejano se pareciese tanto a nuestro trabajo? Al principio traté de hallar una respuesta lógica: «Ante los mismos problemas aparecen siempre las mismas soluciones». Pero no me convencía. Era como si, de alguna manera, intuyese que había algo más. Algo que tenía que ver con la propia historia de Hoffman. Desde que la leí por primera vez, tuve la impresión de que algunas cosas no cuadraban. Por ejemplo, su suicidio y esa nota tan rara que dejó de despedida:

Es demasiado tarde. Se han hecho demasiado poderosos.

De Abbie uno se esperaría algo muy distinto, algo como: «Ciao, me voy a encadenar a las puertas del cielo», o «Me muero porque me da la gana, for the hell of it»; cualquier cosa menos esa frase tan seria y aburrida. Estaba convencido de que se trataba de una más de sus bromas, una de esas mentiras que colaba en los medios de comunicación con la intención de confundir al personal. Pero por mucho que buscaba, no daba con nada que probase mis sospechas. Hasta que el otro día, hojeando este mismo libro que ahora tienes entre tus manos, descubrí algo increíble.

Por favor, cierra el libro un momento y échale un vistazo a la portada. Fíjate en el cinturón que lleva puesto Abbie Hoffman. Míralo bien.

Ahora mira esta fotografía:

Es el mismo cinturón. La fotografía de Hoffman la tomó Richard Avedon en 1967, la otra es de 2001. Al principio, no me lo podía creer. Pensé que se trataba de un error de imprenta o algo por el estilo, pero en seguida me di cuenta de que no. El cinturón aparece en todas y cada una de las copias que hay en internet. Tampoco las explicaciones de mis amigos parecían resolver nada. Eso de que alguien lo había conservado desde los años sesenta hasta que se desprende de él justamente en la misma tienda donde se presentó Yomango, era un argumento de lo más inverosimil. Me resistí durante bastante tiempo, pero, poco a poco, no me quedó otro remedio que aceptar la única idea respuesta posible: Abbie Hoffman no se suicidó; Abbie Hoffman vive y está viajando en el tiempo.

No me preguntes cómo lo hace, eso todavía no lo he averiguado. Intuyo que el LSD tiene algo que ver, pero no lo sé. El caso es que lo hace, de eso estoy seguro. Y me he propuesto demostrarlo. Verás. El otro día, justo cuando este libro entraba en imprenta, y aprovechando que el Gobierno había decido regalarle a Bankia 23.000 millones de dinero público, mis amigos y yo decidimos llevar a cabo una nueva acción. Para esta ocasión invitamos a un montón de gente y nos fuimos todos hasta la sucursal de Bankia más cercana. Allí esperamos agazapados hasta que un cliente entró y canceló su cuenta y, justo entonces, aparecimos por sorpresa y lo celebramos por todo lo alto: música a todo volumen, copas de cava, confetti… Al final, el ex-cliente terminó saliendo en volandas por la puerta. No se lo podía creer. Mira el vídeo que hicimos, está en internet, no te costará encontrarlo: ¡en  menos de 24 horas tuvo casi medio millón de visitas! Se titula «Cierra Bankia» y precisamente eso es lo que hizo mucha gente después de verlo: cerrar sus cuentas en Bankia; algunos con fiesta incluida.

Esta acción la hemos hecho por dos motivos. El primero, para denunciar el robo de Bankia. El segundo, para demostrar que lo que digo sobre Hoffman es verdad. Como habrás podido comprobar, en ninguna de las páginas de este libro aparece esta acción mencionada. Nada, ni una palabra. Pues bien, si en próximas ediciones lees que un día cualquiera de 1967 Hoffman y los suyos se fueron a bailar a un banco, entonces no habrá lugar a dudas: Hoffman viaja en el tiempo, así es como ha estado llevándose nuestras ideas al pasado.

Por cierto, cuando mires el vídeo fíjate con atención en el minuto 1:02. Verás que aparece un tipo moreno con el pelo rizado y unas gafas de sol. Ese es el tío que detuvieron en la acción de la Bolsa hace más de diez años. Nadie lo había vuelto a ver desde aquel día.

Post scriptum

Abbie, estés donde estés, escucha con atención: Si quieres que admitamos que tú lo hiciste todo antes que nadie, lo hacemos y punto. Pero por favor, déjate ya de juegos. Basta de viajes en el tiempo, de falsas notas de suicidio y de apariciones y desapariciones. Hazte presente de una vez por todas, te necesitamos más que nunca. ¿O es que acaso no ves cómo está la situación? Las máquinas de destrucción de vida y acumulación de beneficios se han puesto a hacer horas extras. Las tenemos que desenchufar cuanto antes. No, no sabemos cómo. No seguimos ningún programa, ni tenemos ideado ningún plan. Tan solo tenemos fantasías que, como tú bien sabes, son la única verdad.

All power to the people.

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En los siguientes enlaces encontrarás más información acerca de las acciones comentadas aquí:
http://leodecerca.net/
http://enmedio.info
http://yomango.net/

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