Formas y expresiones del anonimato conectado
Leónidas Martín Saura
Vivimos un tiempo en el que no es posible poner puertas al campo de la comunicación horizontal interactiva. El genio de la información ha salido de la botella del control de los medios y la red se ha convertido en una forma común que tiende a definir nuestra manera de entender el mundo y de actuar en él. En esa red que hoy es el mundo, se abren ante nuestros ojos multitud de modos de producción y de relación colectivos, todos ellos socialmente conectados, en los que parece ser que cada uno de nosotros entra en colaboración con otros muchos, innumerables. Y, sin embargo, nunca antes nos hemos sentido tan solos, tan alejados los unos de los otros, tan distantes de un proyecto común.
Antes de morir, Walter Benjamin llegó a predecir el «deslizamiento de las prácticas artísticas hacia el horizonte de las industrias de masas»; esto provocaría, como veríamos más adelante, un desplazamiento de la experiencia artística desde su vieja significación simbólica hacia una nueva e inevitable significación política causada, precisamente, por los medios de distribución técnica.
Hoy, es más que evidente que ésa es la coyuntura de época en la que nos encontramos; la aparición de nuevos dispositivos de mediación y distribución técnica (blogs, streaming, podcast, vodcast, etc) no hace más que constatar esta afirmación. Los nuevos modos de producir la imagen (y la palabra): colectivamente, de forma participativa e interactiva, alteran fundamentalmente ya no sólo las condiciones de realización, sino también las de recepción. Se trata de un cambio importantísimo que está modificando todo nuestro sistema de relaciones con respecto a la imagen y al texto, toda nuestra manera de entender la representación y su función antropológica; tanto es así que podríamos asegurar sin hipérboles que toda nuestra relación efectiva con los sistemas de signos está siendo alterada y, con ello, el sentido mismo de la cultura concebida como herramienta de conocimiento, de interpretación y de mediación con la vida. Este nuevo contexto viene definido, en parte, por un desplazamiento de la experiencia de lo artístico desde una epistemología del sujeto individuo hacia otra que, sin perder su individualidad, lo convierte, paradójicamente, en sujeto creativo, multitudinario, colectivo.
Podemos apreciar que esta conectividad y la reproducibilidad técnica, ahora ya extendida e infinita, destruyen el carácter privado del objeto artístico, y hacen del arte, quizá por primera vez en la historia, una relación social; en este sentido, la creación artística, hoy más que nunca, se convierte en un agente primordial para la producción de la vida social. Las prácticas culturales adquieren, pues, una nueva responsabilidad de enorme alcance político basada en su capacidad para lograr establecer imaginarios posibles y procesos de construcción de la subjetividad, de producción de sujeto, de estilos de vida, de comunidad. Es como si las prácticas artísticas tuviesen un enorme poder de organización social, como si dependiésemos de su eficacia para generar procesos de identificación, de inscripción en contextos de comunidad. En ellas parece recaer la función de articular eso que podríamos denominar la inscripción social de los sujetos. Las redes enlazan entre sí, conectan el talento, lo potencian, y ello hace -al menos eso parece- que tengamos la oportunidad de ser más autónomos. Elegimos cómo relacionarnos y con quién; elegimos nuestro núcleo más íntimo, formamos comunidades afines. Y, sin embargo, somos incapaces de crear un común que me haga desprenderme de mi mismo y pasar a ser parte de un nosotros.
El Poder, por su parte, también se extiende por multitud de redes, y en ellas opera de manera aparentemente contradictoria: por un lado incentiva la creatividad que se extrae de la conexión social (hoy por hoy convertida en una necesidad primordial a la hora de ampliar sectores de mercado); por otro lado, desarrolla todo tipo de estrategias con la intención de cercenar esa misma cultura que viene movilizada por el deseo de libertad (free culture, copyleft, tecnología peer to peer, etc).
Uno de los retos a los que se enfrentan las prácticas culturales en esta fase del capitalismo (en la cual se ha mimetizado con la vida), es precisamente el de encontrar su función específica dentro de este doble movimiento que, por un lado, empuja claramente a la cultura, en cualquiera de sus expresiones, hacia la economía (tanto que pasa a ser uno de los motores más activos y potentes de este nuevo capitalismo); y que, por otro, la convierte en un modo colectivo de intervenir en este mundo, una posibilidad de dotar a nuestra individualidad, a nuestro anonimato, de un sentido colectivo.
Si la cultura estaba antes definida por las tradiciones, hoy primordialmente responde a la configuración de un área de libertad autodefinida por aquellos mismos individuos que la producen y que protege a cada colectivo y personas que la comparten. La cultura es cada vez más la expresión de individuos anónimos conectados en red y formando sociedades de tamaños heterogéneos unidas por afinidades, intereses, conflictos, malestares o luchas comunes. La cultura comienza hoy a ser verdaderamente colectiva y cooperativa, basada en el intercambio y la puesta en común, necesitando de los saberes y las capacidades de todos para seguir reproduciéndose. Nunca antes a lo largo de la historia se había construido la representación del mundo desde un plano tan común, tan colectivo y social, pues nunca antes la tecnología nos había permitido realizar todo aquello que las vanguardias artísticas (y todo el arte del siglo XX) sólo habían acertado a expresar; y, sin embargo, nunca antes nos habíamos sentido tan incapaces de apropiarnos y ser dueños de nuestras propias vidas.
Toda esa producción masiva de imágenes que, de forma cooperativa, no dejan de generarse en este flujo constante de comunicación que define actualmente nuestra experiencia social, muestra, sin lugar a dudas que, efectivamente, ya no hay un «afuera», que las estéticas, la creatividad, lo que denominamos “prácticas artísticas”, están totalmente integradas en esta producción multitudinaria de imágenes e ideas que hoy es el capitalismo y nuestra vida. Entonces, las preguntas que nos apremia contestar son, quizá, ¿qué podemos hacer ahora que la distancia entre arte y vida en general se ha reducido a cero (tal y como soñaba la tradición artística) y sin embargo ningún proceso realmente liberador de nuestra propia vida se ha desprendido de ello?; ¿qué hacer hoy que tenemos a nuestro alcance un mar de posibilidades para interactuar con los demás y sin embargo nos sentimos totalmente incapaces de formar un común?, ¿qué hacer cuando el ser anónimo es nuestra condición y la obviedad del capitalismo hecho vida, nuestro mundo?
De momento, aun sin tener una respuesta clara a estas preguntas, sí que disponemos de algunos ejemplos de un nosotros que, de manera fugaz, sin estabilidad alguna y procedente siempre de un malestar vivido de forma personal, nunca colectiva, ha sabido abrirse paso a través de nuestro mundo-red hasta dar con una expresividad capaz de sorprendernos, alterando el que parece ser destino unívoco de nuestras vidas.
En esta conferencia analizaremos alguno de estos ejemplos recientes en los que la potencia de la interconexión entre iguales anónimos se ha desplegado. Conoceremos cuáles son las formas que adopta el anonimato cuando se conecta en red y el papel privilegiado que en este sentido juegan las prácticas artísticas.




georgealvolante
04/04/2008
como bien dices, vivimos en un mundo capitalista que potencia lo individual y además, las prácticas artísticas están cargadas de individualidad, así que parece un poco difícil encontrar un colectivo comun…pero no lo veo imposible así que si quires podemos buscarlo juntos.
ya me pasarás las fechas del encuentro en el CCCB que me gustaria venir