¿Frío? Yo te diré lo que es el frío

Iba ayer escuchando el She’s a Mistery to Me de Roy Orbison por la calle Strandgatan cuando, de repente, siento que los auriculares comienzan a desprenderse lentamente de mis orejas hasta quedarse suspendidos en el aire frente a mis ojos. Aluciné. Parecían las antenas de una hormiga gigantesca inspeccionándome con detenimiento antes de devorarme. 

Por supuesto, yo no tenía ni idea de que en condiciones de frío extremas (como los –21ºc que hacía entonces) el cobre escondido en el interior de los cables se estira y endurece como un alambre, así que todo aquello lo viví como lo hubiera vivido el protagonista de una novela de ciencia ficción escandinava de esas que tanto se llevan ahora. Las antenas me miraban fijamente a los ojos mientras seguían retransmitiendo a Orbison y su «Burn and burn eternally», aunque en una frecuencia tan baja y lejana ya que apenas era posible percibirla con claridad. El río Umeålven se extendía al fondo completamente congelado y de entre los oscuros abedules de su orilla se colaba una ráfaga de viento frío que zarandeaba a las antenas de un lado a otro sin que por ello flaqueasen en su rigidez ni lo más mínimo. Me sobrecogí de temor al pensar en mi pequeñez ante la extrañeza de todo aquello. Por un momento, llegué incluso a plantearme la idea de llamar a Iker Jimenez para compartir con él la experiencia tan extraña que estaba viviendo, pero el frío lo impidió. Apenas unos segundos después del alzamiento paranormal de los auriculares, los menos 21 grados fundieron también la batería de litio de mi teléfono dejando a Roy Orbison mudo –además de ciego–, y a mí completamente incomunicado.

Cuando llegué a la universidad y relaté lo que acababa de sucederme, nadie pareció sorprenderse. La única persona que hizo un comentario al respecto fue una chica muy alta y rubia que, mientras sacaba el ordenador de la bolsa y sin ni tan siquiera mirarme, dijo: «Eso es normal. Lo peor es cuando el cable se queda pegado a tu cara con tanta fuerza que para poder arrancártelo tienes que meterte en algún sitio con calefacción». Lo dijo sin ninguna intención, por supuesto, pero sus palabras fueron todo un correctivo para mi imaginación; una llamada al orden que me obligó, muy a mi pesar, a vivir todo aquello como si fuera normal. Al escucharlas, la hormiga gigante escondió las antenas y salió por patas en busca del rincón más oscuro de la casa para esconderse bien. El pragmatismo del norte es, sin duda, mucho más frío que su clima; y el efecto de realismo que produce más aniquilador aún. Comencé la clase justo cuando se apagaba la última claridad de la tarde invernal.

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