Gira por Japón (III)

10346511_854832171198688_6209846150698185688_nLos dos últimos días los he pasado en Fukuoka, la capital de la región de Kyushu, donde se dice que nació la civilización japonesa. Durante mi charla en el Tetra Art Space hablé, entre otras cosas, de los atentados de Atocha del 2004, de cómo la irrupción de aquél acontecimiento mediado por la muerte, el dolor y el intento del gobierno por utilizarlo políticamente en su beneficio, había despertado una reacción social inesperada. Un nuevo activismo cargado de una expresividad y operatividad desconocida hasta entonces; un activismo basado en la afectación más que en la ideología. Al concluir, los asistentes aprovecharon para hablarme del acontecimiento local que supuso algo parecido: el accidente de Fukushima del 2011. Ambos, los trenes de Madrid y la central nuclear japonesa, sucedieron el mismo día, el 11M.

Durante el debate conocí a un montón de gente estupenda, un grupo variado de artistas y activistas muy interesados en aplicar tácticas creativas en sus campañas contra las centrales nucleares. Llevo en este país más de diez días y cuanto más conozco las luchas surgidas tras el accidente de Fukushima más fascinantes me resultan. Gran parte de mi fascinación reside en el movimiento de “Las madres no queremos centrales nucleares”. Mujeres anónimas que tras las primeras filtraciones radioactivas comienzan a organizarse a través de las redes sociales y forman este colectivo dedicado, principalmente, a movilizar gente hacia zonas alejadas de la radioactividad. Muchos de los logros obtenidos por estas madres, así como su historia, están recogidos en el libro 100 mothers, de la fotógrafa Nonoko Kameyama (http://www.100mothers.jp/)

Por supuesto, estas madres no son las únicas que animan a la gente a abandonar la zona radioactiva. Muchas personas promueven esta idea también y, lo que es más importante, la llevan a cabo. A día de hoy, pueden contarse por millares las personas que han roto con su vida previa al accidente nuclear para iniciar una nueva lejos de las zonas nordestes del país. Esta evacuación voluntaria constituye un interesantísimo movimiento social también. Alguno de sus integrantes los conocí al final de mi charla, coordinan sus actividades desde la plataforma “Vente a Fukuoka”, una red desplegada a lo largo y ancho de toda la región de Kyushu.

El hecho de que tanta gente este emigrando hacia Fukuoka y otras zonas alejadas de la radioactividad y que, además, estén comenzando a plantear proyectos de vivienda y cooperativas de alimentos autosugestionadas, es un asunto que preocupa y mucho al gobierno central y a la alcaldía de Tokio, que no quiere ver menguada un ápice su hegemonía económica. Tanto es así que el ministro de interior japonés anunció el pasado mes la posible reapertura de la central nuclear más próxima a Fukuoka. Como ya sabéis, tras el accidente en la central de Fukushima quedó paralizada toda actividad en las demás centrales. Esta reapertura buscaría, según me cuentan estos activistas, frenar los deseos de migración de mucha gente. “Una guerra civil encubierta”, me dicen. Esto me hace pensar en aquél principio que afirma que tan solo en una casa en llamas es posible ver el problema arquitectónico fundamental. Así sucedería con el problema político, tan sólo una vez que ha llegado al punto extremo de su destino, es cuando permite que pueda verse su proyecto original.

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