Imaginar la deserción

No Mans Land

De alguna manera, la situación en la que hoy nos encontramos se parece mucho a la que precedió a la Primera Guerra Mundial. Fue entonces cuando el capitalismo financiero, incapaz de ampliar sus propios límites, se quedó atrapado en un callejón sin salida del que sólo la guerra pudo sacarlo. La peor de las guerras vividas hasta ese momento. Hoy, el capitalismo se encuentra de nuevo en un callejón oscuro que se va estrechando a cada paso, y todas y cada una de las «resoluciones» que propone para salir (privatizar los servicios públicos, recortar los gastos sociales, intervenir militarmente en los países petrolíferos…) no hacen más que reproducir las condiciones que lo han metido aquí. Ver al capitalismo ofreciéndose a sí mismo como remedio a sus propios males, nos trae a la mente a aquellos autómatas representados en los foto-montajes dadaístas, máquinas sin control dedicadas a la ardua tarea de articular la productividad económica con la represión más terrorífica.

Otra coincidencia con aquel período es que también entonces, justo antes del estallido, se escuchaban por todas partes historias que hablaban de un mundo en el que el mercado internacional había terminado de una vez por todas con cualquier tipo de conflicto social. «Ahora que las actividades económicas se integran cada vez más en un plano internacional, la guerra se torna un sinsentido económico», decían los imperialistas del momento. Historias muy parecidas a las que nos cuentan los neoliberales de hoy. Historias que, por si quedaba alguna duda, los atentados de París —o los de la semana pasada en Beirut— revelan totalmente falsas. No, el cuento del capitalismo financiero no dice la verdad, ni termina nunca bien. La globalización capitalista jamás estabilizará el mundo ni apaciguará conflicto alguno. Todo lo contrario. Su promesa de alcanzar la felicidad a través del consumo infinito se torna, cada vez más, fábrica de muerte; de nuestra propia muerte. Las víctimas de París no son más que un triste ejemplo de ello, gente anónima que encuentra la muerte allí donde se suponían libres y felices: salas de fiesta, estadios de fútbol, centros comerciales… las nuevas trincheras de esta guerra absoluta.

Lo que diferencia radicalmente la Gran Guerra de ésta que ahora libramos es la línea del frente. Antes, la línea del frente era algo concreto que se localizaba con exactitud en un punto determinado del mapa. Hoy, sin embargo, la línea del frente ha dejado de ser una frontera fija. Se trata más bien de una línea discontinua tras la cual quedan excluidas zonas de la vida social cada vez más amplias. Una línea movediza que a su paso hace saltar todo en pedazos: los países, las poblaciones, todo. Así, el número de excluidos no deja de incrementarse en todas partes: desde Siria hasta la banlieue parisina; desde los barrios de maquilas en México hasta la franja de Gaza. Esta nueva cartografía bélica nos deja atrapados en un círculo vicioso: con cada nuevo atentado se intensifican los sistemas de control y el número de excluidos aumenta, alguno de los cuales se convertirá después en el autor del próximo atentado. Ante esta espiral de violencia los Estados responden con más violencia, y siempre en nombre de la seguridad. Bombardeos, estados de emergencia, toques de queda, decisiones que no hacen más que cerrar, aún más, este círculo vicioso.

Así las cosas, gobernar consiste, cada vez más, en llevar a cabo una tarea de mantenimiento. Por un lado, mantener a los excluidos en cuarentena, lejos de las zonas de consumo; por otro, mantener a la población consumiendo sin parar dentro de estas zonas. Los excluidos ven las zonas de consumo como el escenario ideal para sus ataques y las zonas de consumo menguan cada día en proporción al aumento de los excluidos. Podemos afirmar que mantener el ciclo de producción capitalista supone hoy exponer a la muerte a una parte de la población cada vez más amplia. De ahí los muros y el alambre de espino que vemos resurgir por todas partes, arquitecturas represivas que, aunque a primera vista puedan parecer las mismas que decoraban el paisaje de la Gran Guerra, en realidad son muy distintas. Aquéllas eran, ante todo, símbolos de separación entre la vida y la muerte; las de hoy, por el contrario, son símbolos de unión. Los muros de cemento y el alambre de espino contemporáneos son los enlaces físicos entre la desolación de las vidas en Oriente próximo y la existencia miserable de Occidente; entre el bombardeo de un mercado en Bagdad y el desahucio de una familia en Carabanchel; entre el asesinato y la seguridad; entre la exclusión social y el gobierno eficaz. Estos elementos represivos son la prueba explícita de que nos encontramos todos remando en la misma galera, con todas nuestras fuerzas y en la dirección equivocada: la guerra.

Es como si el No Man´s Land de la Primera Guerra Mundial se hubiese extendido ahora a todos los rincones de la vida —desde el más político hasta el más personal— provocando en nosotros una estampida en masa hacia adelante; hacia el fuego. Se engaña todo aquél que piense que esto es una crisis, una situación de emergencia que pronto pasará. No es así. Lo que nos sucede es simplemente la lógica destructiva del capital financiero. La misma lógica que mató a millones de personas a principios del siglo pasado. Y no, no hay plan de salida. El plan es más bien dejarnos aquí, que nos acostumbremos a esta guerra total como llevan acostumbrándose los palestinos, los iraquíes o los sirios desde hace ya mucho tiempo. Que nos acostumbremos al fuego, que nos queme hasta tal punto que nosotros mismos nos convirtamos en fuego. Y, entonces, arder. En una discoteca de París, en una escuela de Beirut, en un hotel de Yakarta, donde sea.

Hoy Francia ha decretado el estado de emergencia. Ningún estado de emergencia decretado por ningún país tiene como objetivo proteger nuestra vida, la de todos aquellos que morimos en cada nuevo atentado, en cada nuevo bombardeo. Sus sistemas de seguridad están diseñados para proteger y mantener el buen funcionamiento de la guerra, para nada más. La salida a esta pesadilla no está en la seguridad. Ni los cazabombarderos ni los cuerpos policiales cada vez más militarizados nos protegerán jamás de nada. Porque tenemos miedo, acatamos su órdenes por absurdas que éstas sean («para seguir siendo libres debemos restringir la libertad»). Y es normal: ¿cómo no asustarnos de un mundo que nos quiere matar por unos motivos que ya no comprendemos? Las ideologías ya no sirven, estamos solos ante el peligro, desamparados, y eso hace que le abramos la puerta a cualquiera que nos prometa algo de protección, desde un fanático religioso cargado de explosivos hasta un Estado asesino traficante de armas. Lo que sea.

Pero la salida no está ahí. La salida está en nosotros. El capitalismo se apodera de los seres humanos siempre desde su interior, y ahora nuestro interior está cargado de miedo. La única salida posible reside en nuestra capacidad por desarrollar una sensibilidad y una percepción distintas a la que nos propone el capitalismo. En nuestra capacidad por imaginar una vida que valga más que el dinero. La deserción a esta guerra está todavía por imaginar y debemos hacerlo cuanto antes. Un joven francés, superviviente de la Primera Guerra Mundial, lo expresó de la siguiente manera: «sin imaginación, morir es cosa de nada». Ha llegado el momento de escapar de la nada.

1 comment on this postSubmit yours
  1. Efectivamente, este artículo describe la experiencia del pez que vive en el agua y no tiene noción de que existe aire arriba de ella. Aquel que no cultiva su pensamiento crítico no logra ver la verdadera agenda del capitalismo.

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