La explotación de la memoria

Vengo de pasar un par de días en Bruselas impartiendo unas clases y visitando a una amiga. Ayer por la mañana desayuné con ella y con su compañero y su hijo en esa casa tan acogedora que tienen en el barrio de Saint Gilles. Por la noche, mi amiga y yo salimos a tomar algo por ahí los dos solos, como en los viejos tiempos, y lo pasamos en grande rememorando aquellos lejanos días en los que nos quisimos de un modo muy distinto a como lo hacemos ahora.

«Nos dejamos por carta, ¿te acuerdas?», me dijo mientras pedíamos un mojito y una cerveza en la barra del bar. Sí, lo recordaba como si fuera ayer mismo. Tardé mucho tiempo en escribir, pero cuando por fin lo hice toda la fuerza de este mundo se concentró en aquellas palabras. Fue un mail escueto, pero con espacio suficiente para contener en su interior todo el tiempo y todas las cosas que vivimos ella y yo juntos. No sé cómo pudo caber tanto en tan poco. A veces sucede que un texto pierde sus límites y se desborda, y aquella pequeña carta que escribí una tarde de verano con el peso de perder lo que más quería se desbordó por completo.

No tuve ni tan siquiera que buscar las palabras, vinieron a mí ellas solas por su cuenta y riesgo. Estaban hechas de la fibra que ambos habíamos tejido juntos, aquellas palabras no eran mías –¿acaso lo son alguna vez?–; eran de los dos. Por eso retumbaron en mi pecho cuando las escribí y por eso también su cuerpo se estremeció al leerlas. «Lloré hasta que las lágrimas no me dejaron ver más», me dijo anoche entre risas mientras nos acomodábamos en un sofá de skay cercano a la barra.

La carta que ella me había enviado antes también a mí me hizo llorar. La leí dos veces, una por la mañana y otra por la noche, y las dos veces sentí lo mismo: capas de piedra desplomándose verticalmente sobre mi cabeza. Recuerdo que entonces me resultó absolutamente imposible responderle; «nunca podré contestar esta carta», pensé. Y así fue, hasta que un día, bastante tiempo después y sin saber todavía por qué motivo, me entraron unas ganas irremediables de hacerlo. Fue en el pasillo de mi casa, lo recuerdo bien, iba camino de la cocina con ganas de comerme una rodaja de sandía bien fría cuando, de repente, me desvié hasta el escritorio, me senté en la silla giratoria, encendí el ordenador y escribí de un tirón la carta que ella tanto tiempo había estado esperando.

Apenas bastaron unos minutos para llenar la pantalla con las palabras justas para comprender lo poco que dura una vida y lo bonito que había sido nuestro encuentro. Cuando terminé de escribirla, me quité las gafas, me asomé por la ventana y yo también lloré como nunca antes lo había hecho. Todavía hoy me parece estar viendo las pesadas nubes que oscurecían el edificio de enfrente. Me quedé observándolas sin moverme hasta que se desvanecieron fundiéndose en el corazón de la noche. Las lágrimas que corrían por mis mejillas eran las aguas oscuras de un pozo muy profundo.

Con el segundo mojito mi amiga me confesó que imprimió aquella carta en papel («quería tocarla con los dedos») y que cuando terminó de leerla cerró los ojos y la estrujó con fuerza contra su pecho. «Lo hice como si eso fuera a devolverme los abrazos que nos dábamos en la cama cada mañana antes de levantarnos», dijo mientras apuraba de un trago su vaso de tubo cubierto de azúcar; y después añadió: «¿Dónde se habrá ido todo eso?».

Yo hice como que no la había oído, me escabullí de la pregunta con una de mis bromas y seguí bebiendo cerveza y riendo, lanzado como una flecha contra los obstáculos de la noche. Pero más tarde, cuando fui al baño a expulsar toda aquella cerveza amarilla, me miré en el espejo y sentí la irreversibilidad de lo vivido como un cuchillo frío en mi espalda. Un filo de metal que quemaba mi piel mientras el asesino, con voz ronca e impasible, me susurraba al oído que todo lo que pasa pasa para siempre, y que no vuelve a pasar jamás.

Me mojé la cara y salí del baño dispuesto a exprimirle todo el jugo a la noche Special New Wave que anunciaba el cartel que nos convenció para entrar en aquel bar. Los Cars, los Jam, XTC, las Go-Go’s, Talking Heads. Bailamos hasta desgastar la pista y después, con unas cuantas copas de más, mi amiga y yo nos pusimos a hacer cálculos. No tardamos ni un minuto en darnos cuenta de que una precisa sincronía había definido todos y cada uno de los acontecimientos que marcaron nuestro amor de entonces.

Los dos habíamos sentido lo mismo en el mismo momento. Las cartas nos habían hecho llorar a la vez y las lágrimas llegaron acompañadas de los mismos recuerdos para los dos, exactamente los mismos, con la misma luz y el mismo ruido. Estábamos borrachos ya cuando llegamos a la conclusión de que fue entonces, durante el tiempo que estuvimos sincronizados, cuando más cerca hemos estado nunca de ser nosotros mismos. «Sólo se puede ser uno mismo con otro», dijo ella con ese tono filosófico que se le pone cuando bebe. Y los dos nos pusimos a reír y brindamos con nuestras copas con gesto atrevido, como si fuésemos tripulantes de una misma nave camino de la guerra y ambos sintiésemos el mismo deseo de vencerla.

Cuando salimos del bar nos chocamos de bruces contra la espesura de la noche. Cogidos del brazo comenzamos a caminar hacia su casa descendiendo con paso movedizo por el más íntimo corazón de la ciudad, como si fuéramos los dos únicos especímenes de un mundo perdido y tuviésemos la misión de protegernos. Cuando pasamos por el Palacio de la Dinastía tuve la impresión de que las agujas del reloj recorrían un espacio completamente muerto. Fue entonces cuando me di cuenta de que habían pasado casi veinticinco años desde que nos enviamos aquellas cartas.

En estos veinticinco años había pasado lo que tenía que pasar. El tiempo continuó su curso natural y nosotros dejamos de estar sincronizados. Ella siguió con su vida y yo con la mía y, tras un tiempo prudencial, comenzamos a llamarnos otra vez. Estuvimos viéndonos con cierta frecuencia durante una buena temporada. Íbamos al cine, dábamos paseos por la playa, entrábamos en un bar y pedíamos un mojito con mucho azúcar para ella y una cerveza bien fría para mí. Algunas veces dormíamos juntos y otras veces no.

Después, a ella le salió un curro en Bruselas y se fue a vivir allí. Pasamos unos cuantos años casi sin vernos, pero nunca perdimos el contacto. Nos llamábamos casi todas las semanas, primero por teléfono y más tarde por Skype, cuando lo inventaron. Una vez me llamó y me dijo que había conocido a un hombre alto, rubio y bueno, y que estaba perdidamente enamorada de él. Al poco tiempo me llamó otra vez y me dijo que se había quedado embarazada, «y lo voy a tener».

Su hijo llegó como la caricia de un viento puro. «Es la suma de todas las cosas agradables que he estado evitando por mucho tiempo», me dijo cuando fui a visitarla al hospital. Aquel niño con ojos de fuego es hoy un adolescente guitarrero con el que comparto varias listas de canciones en Spotify. «La vida se contradice tanto que uno se las arregla como puede», pensé anoche mientras me despedía de mi amiga en el portal de su casa. «Me ha encantado verte, como siempre».

De camino al aeropuerto no me crucé con nadie. Mis pasos resonaban solos en los adoquines y las oscuras sombras de las nubes se reflejaban en los edificios apagados y completamente inmóviles. Antes de entrar en el taxi comenzó a llover otra vez. Eran gotas finas y muy frías, parecían alfileres tratando de agujerear mi chupa de cuero. Ya en el aeropuerto y tras haber pasado el control, anunciaron por megafonía una demora en mi vuelo de unos veinte minutos más o menos. Con la cabeza todavía dándome vueltas me senté a esperar en una de las butacas de plástico de la sala de embarque número 9 y me quedé mirando la oscura pista de aterrizaje por los gigantescos ventanales que rodeaban la terminal. Mi avión, allí parado, parecía un castillo muerto.

Saqué el móvil del bolsillo delantero de mi chupa, lo encendí y me metí en Facebook para matar el tiempo. Lo primero que vi colgando en mi muro fueron las fotografías de Yolocaust. «Otra vez estas malditas fotografías», pensé. Últimamente no paro de verlas por todas partes. Yolocaust es el trabajo artístico de Shapira, un joven artista israelí asentado en Berlín. El título de la obra es un juego de palabras que conjuga Holocausto y YOLO, el acrónimo de You Only Live Once («Sólo se vive una vez»). Es un título ingenioso aunque, visto de lo que va el trabajo, bien podría haberlo titulado Search and Destroy.

Lo que hace Shapira es muy sencillo: recorre perfiles de gente en redes sociales como Facebook, Twitter o Instagram en busca de selfies tomados en el Memorial del Holocausto de Berlín. Selecciona aquellos que, según él, muestran una actitud irrespetuosa con lo que representa aquél monumento y, después, los descarga en su ordenador y los somete a una operación de conversión estilística. Mediante técnicas de edición digital sustituye el monumento que aparece de fondo por una serie de escenas lúgubres de los campos de exterminio nazi: personas desnutridas a punto de fallecer, cadáveres apilados en el suelo como bolsas de basura, ese tipo de imágenes. Afortunadamente, una voz mecánica y omnipresente llamó entonces a embarcar en el avión «de inmediato» y yo dejé de estar expuesto a aquel horror.

Dentro del avión todo estaba en calma. Atravesé las filas una tras otra arrastrando todavía a cada paso el peso de la noche que estaba a punto de terminar. Mi asiento se encontraba al fondo del avión, era el único pasajero de la fila 28. Me senté, me quité mis zapatos creepers y acomodé mi cabeza contra el respaldo mientras me ponía el cinturón. Apoyar mis pies descalzos contra el suelo y sentir los rizos de la alfombra colándose por entre mis dedos me produjo un intenso placer. El avión comenzó a moverse lentamente por la pista y, sin apenas darme cuenta, ya estaba volando. La vida había vuelto al castillo. Conforme ascendía por el aire, Bruselas se hacía cada vez más pequeña hasta convertirse en un fulgor imperceptible sobre la línea del horizonte. «En ese pequeño punto de luz vive mi amiga», pensé justo antes de cerrar los ojos. Los primeros rayos de sol comenzaron a iluminar Europa justo cuando yo caía abatido por un profundo sueño. Necesitaba descansar un poco antes de comenzar mi clase de «Políticas Artísticas» en la Universidad de Barcelona.

Entro en clase a las 10 en punto. Dejo mi maleta apoyada en un rincón junto a la ventana y corro las cortinas para ocultar el sol que se cuela por las rendijas. Es el mismo sol que he visto hace un rato abriéndose paso por entre el oscuro cielo belga. Conecto mi ordenador y proyecto sobre la pantalla del fondo las imágenes de Yolocaust. «¿Qué os parece este trabajo?», pregunto a mis alumnos, y, para mi sorpresa, un buen número de ellos se muestran decididamente entusiastas con la obra. La encuentran un ejemplo de lo más instructivo además de «un modo muy creativo de llamar la atención sobre una de las mayores desgracias humanas». Cuando les pregunto por las consecuencias que estas imágenes han podido acarrearle a las personas que aparecen retratadas en ellas (chicas jóvenes en su mayoría), un chaval larguirucho que acostumbra a llegar tarde responde que eso a él le trae sin cuidado, «se lo tienen merecido», dice con un tono descarado (creo que necesito un ibuprofeno).

Unos cuantos alumnos más se unen ahora a la discusión. A pesar del dolor de cabeza, yo trato de no perderme nada de lo que dicen, hay algo en esta discusión que me fascina. No me cabe duda de que el joven artista israelí tenía buenas intenciones cuando se aventuró a crear esta obra, pero incluso las mejores intenciones del mundo todas juntas no sirven de nada si no vienen acompañadas de buenos actos. Una chica de pelo largo sentada en la primera fila aporta al debate algunos datos muy concretos. Al parecer, varias de las personas que aparecen retratadas en las fotografías de Yolocaust le han suplicado al autor que las elimine de la red. Según nos cuenta, la exposición global de sus caras asociadas con el horror de los campos de concentración ha traído mucho horror también a sus vidas. «Han sido objeto de un verdadero linchamiento tanto en la red como en su vida cotidiana», nos lee la chica con un tono de voz parecido al de un sistema operativo.

Cuando nos adentramos a deliberar sobre las secuelas personales que ha provocado el trabajo de este joven artista, una chica rubia con el pelo corto, saltándose el turno de palabra, suelta un escueto y escalofriante: «Selección natural». Trato de comprender qué quiere decir con esta oscura frase que hasta a un neonazi le hubiera costado esfuerzo soltar. «¿A qué te refieres con eso de selección natural?» –le pregunto–, y ella, con mucha parsimonia y sin alterarse lo más mínimo, me explica que «si eres tan estúpida como para tomarte un selfie bailando o haciendo el duck face en el Memorial del Holocausto, no mereces ningún respeto». Su comentario entra en el debate como una espada afilada en un pastel de boda y la clase queda dividida en dos mitades: los que se muestran totalmente a favor de su opinión y los que no están tan seguros.

No sé si es el dolor de cabeza o qué, pero escuchando los argumentos de mis alumnos comienzo a sentirme como un viejo león atado. Estos chicos y estas chicas tienen la misma edad que tenía yo cuando viví aquél amor juvenil con mi amiga y, sin embargo, qué distintos a nosotros me parecen hoy. No hay en sus palabras ni el más mínimo atisbo de unión (aquella unión que aun en el momento de separarnos nos demostramos mi amiga y yo); es como si en estos veinticinco años, el temor y la angustia se hubiesen expandido hasta ocuparlo todo y un estricto mandato de crispación nos obligase ahora a obedecer sus órdenes en todo momento y en cualquier situación. Entre pinchazo y pinchazo de dolor resuena en mi cabeza la pregunta que me hizo anoche mi amiga, esa que rehusé contestar: «¿Dónde se habrá ido todo eso?»

En clase, una tras otra se suceden las acusaciones a las personas que aparecen retratadas en las fotografías de Yolocaust, cada vez con un tono de voz más alto y peyorativo. Unos les acusan de ignorantes; otros de superficiales y banales. Yo trato de argumentar que eso es algo que, de algún modo, nos sucede hoy a todos. «Con la erosión de las certezas absolutas (religiosas, ideológicas…) –les digo–, nuestra subjetividad ha ido apoderándose poco a poco del sentido de la realidad, hasta llegar a redefinir por completo el modo en el que vemos el mundo y la manera en que nos relacionamos con él». Pero nada, a estas alturas el debate está ya tan caliente que son pocos los que todavía prestan algo de atención a un argumento que no sea el suyo propio.

Aun así, insisto: «Esas singularidades subjetivas que nos parecen tan particulares y originales cuando se trata de las nuestras son, en realidad, muy parecidas a las de los demás, y bastante repetitivas» –digo tratando de reconducir el debate hacia un terreno menos hostil. «Los gestos y posturas que exhiben las personas que aparecen retratadas en Yolocaust son un buen ejemplo de esta repetición y falta de creatividad, es cierto, pero ¿quiénes somos nosotros para reprobar en ellas una actitud que también nosotros mismos mostramos en infinidad de ocasiones?». Con mi pregunta todavía resonando en el aire, la chica de la primera fila nos ofrece algunos datos más. Según cuenta, el artista ha eliminado de su página web las fotografías de aquellas personas que se lo han pedido. Sin embargo, las fotografías continúan circulando a lo largo y ancho de internet, claro. La red es un imperio en el que nunca se pone el sol, y todo lo que cae en ella se hace visible para siempre.

Esto es algo que todo artista contemporáneo debería tener en cuenta, me parece a mí. Sin embargo, a un buen número de mis alumnos no parece preocuparles en absoluto esta dimensión de irreversibilidad en la que se inscriben nuestros actos cuando caen en la red. Ellos están más preocupados por encontrar argumentos con los que justificar el señalamiento público –y global– al que se han visto expuestas las personas que cometieron el gravísimo error de tomarse un selfie en el Monumento del Holocausto. «El Holocausto es una de las peores cosas que han sucedido en la historia» –nos explica un chico rubio que lleva puesta una camiseta de OBEY–. «Si no eres consciente de que estás en el lugar donde se rememora este triste acontecimiento y te comportas de una manera tan inconsciente y frívola, el artista está en todo su derecho de señalarte públicamente», concluye. «Está visto que cuanto más privados estamos del sentido de la trascendencia más soberbia manifestamos en nuestras opiniones» –pienso yo mientras me pongo el jersey y me acomodo en el respaldo de la silla.

La luz del sol se apaga poco a poco por detrás de las cortinas y en el interior del aula el espesor de las sombras se hace cada vez más denso. La fatiga acumulada a lo largo de este larguísimo día comienza a hacer mella en mi cuerpo, me está subiendo un poco de fiebre y siento que mi fuerza se recoge como un peso en mi interior. Mis alumnos hablan ahora del Monumento; se refieren a él como algo excepcional, como si el modelo de mercado y sus criterios operativos aplicados a todo producto cultural hubiesen hecho con él una excepción. Por cómo hablan, este monumento instalado en el centro histórico de Berlín no formaría parte de la hipertrofia cultural que se ha extendido por todo el mundo a lo largo de estos últimos 25 años.

Un chico alto y moreno que tiene abierta en su mesa una inmensa carpeta repleta de dibujos hechos a lápiz, toma la palabra. Por lo que dice, se entiende que a él le gustaría que la fuerza simbólica de un monumento fuese tal que llegase a definir por completo los comportamientos de todo aquel que lo contemplase. «Afortunadamente, todavía no hemos alcanzado el grado de control que anhela este chico», pienso mientras un gélido escalofrío sacude de arriba a abajo mi columna vertebral. Deberíamos celebrar el hecho de que aún podamos mirar las cosas de un modo distinto al que han sido programadas, visto lo visto, no sé yo por cuánto tiempo más seremos capaces de hacerlo.

Antes de que la clase llegue a su fin, hago un último esfuerzo por tratar de explicar que los miles de bloques de hormigón que componen el Monumento del Holocausto se instalaron allí, en las cercanías de la Puerta de Brandeburgo, pensando –también– en sus repercusiones económicas. «Como cualquier otro monumento –les digo– éste es también una atracción turística y como tal actúa activamente en una inflación económica que está basada, principalmente, en la explotación de la memoria, eso que algunos llaman ‘turismo de la memoria’, un auténtico fenómeno de masas contemporáneo».

El chico de la camiseta de OBEY resopla y hace aspavientos en señal de desacuerdo. «Eso es una tontería en comparación al Holocausto», dice con tono despectivo. Yo le contesto que uno de los efectos que provoca este turismo de la memoria es, entre otros muchos, el vaciamiento de sentido respecto de lo vivido, y que quizá por eso las chicas que aparecen retratadas en Yolocaust actuaron allí del modo en que lo hicieron. «Cuanto más se evoca y se pone en escena la memoria histórica, menos influencia tiene ésta en nuestras vidas», digo a modo de conclusión.

Me hubiera gustado terminar la sesión preguntándonos en voz alta si este uso del pasado y de la memoria como argumentos de venta, como instrumentos de marketing, no es más cuestionable que el hecho de que unas cuantas chicas se tomen unos selfies «irrespetuosos» en el monumento. Pero ya no puedo. La fiebre me ha dejado tan tirado que no soy capaz de decir ni una sola palabra más. El final de la clase me alcanza como el estallido de una mina que se pisa sin querer, y yo, roto en mil pedazos, me dispongo a llegar hasta mi casa para tratar de juntarlos otra vez.

De camino, mi cabeza es un avión atravesando un campo de turbulencias. Desde la cabina el capitán, con voz de alarma, repite por megafonía el mismo mensaje una y otra vez: Bruselas desierta, la noche interminable, cuerpos amontonados en un campo de exterminio, cartas de un amor perdido, fiebre. «No necesitamos un arte que nos reprenda» –pienso mientras subo tiritando las escaleras de mi casa–; «lo que necesitamos es un arte que deje en suspenso las leyes del beneficio económico y las de la guerra, auténtico sacramento de nuestra época, y las de la soledad también». Antes de meterme en la cama abro el armario de espejo que hay en el pasillo y saco de una caja las viejas cartas que intercambié con mi amiga (yo también las había imprimido en papel, también quería tocarlas).

No es la primera vez que las leo, en estos 25 años las he leído unas cuantas veces más y siempre que lo he hecho me han dicho cosas distintas. Sin embargo, hoy no me dicen nada. Parece que las cartas están como yo: sin fuerza para decir nada más. Todas aquellas palabras que con tanto cariño tejimos los dos hace ya tanto tiempo, no son ahora más que signos raros impresos en un viejo papel. Jeroglífico vacío tras el cual no se oculta ya ningún enigma. «Necesitamos un arte que nos aparte de esta carrera loca hacia la separación, un arte que nos dé fuerzas para entrelazarnos otra vez» –me digo a mí mismo en voz baja y apago la luz de la mesilla con la intención de acabar de una vez por todas con este día interminable. Creo que por hoy he tenido más que suficiente. Buenas noches.

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