La fama o el reencuentro con un cuerpo desierto

Ayer me encontré por la calle con una vieja amiga. Como ahora es famosa y su cara aparece retratada frecuentemente en las páginas de las revistas de cultura y en los muros de las redes sociales, tuve la impresión de que no hacía tanto tiempo que nos habíamos visto por última vez. Pero sí que lo hacía. No era ella lo que yo había visto recientemente, sino una señal electromágnetica de su espíritu.

Cuando te haces famosa, lo primero que sucede es que el tiempo se acelera y esto te obliga a prescindir muy pronto de todo lo que no eres tú. Yo fui una de las primeras cosas de las que mi amiga prescindió en cuanto comenzó a recibir invitaciones. Quizá por eso, ayer, cuando nos encontramos en la calle, me pareció que se detenía a hablar conmigo como si estuviera dando un paso en falso. Nos miramos un instante a los ojos y, tras un segundo de duda, nos quedamos plantados de pie en la esquina más fría de la calle Aragón sin saber muy bien qué decir.

Lo primero que noté es que la prisa se había apoderado de ella por completo, y le ordenaba avanzar, seguir hacia delante. Su cuerpo, donde tanta alegría había antes, no transmitía ahora más que una sensación desagradable, como la de un equívoco. Comenzamos a hablar sin romper el hielo, me contó cosas de su vida, me dijo que la última conferencia le había salido muy bien y también que estaba a punto de publicar un nuevo libro. Mientras hablaba, sus manos se entrelazaban con sus brazos respetando los límites exactos e inmóviles de su cuerpo.

A veces, entre frase y frase, su rostro dejaba entrever un gesto hermético como si se cerrase sobre un secreto. De todo lo que me dijo –que no fue mucho– lo único que me pareció verdad fue aquello de que todos los días le parecían el mismo repetido. Debe ser horrible habitar un mundo aislado alimentado exclusivamente de ti –pensé, pero no se lo dije. En algunos momentos de nuestra conversación noté algo de estupor en su rostro, una lejana señal que anunciaba el desconcierto, pero enseguida recuperaba el gesto y volvía a ocupar su puesto, el que se supone que debe ocupar ahora, con firmeza.

Me hablaba como quien defiende su vida ante un juez. En sus pupilas no quedaba ni rastro de aquél resplandor de juventud que tanto iluminaba su cara cuando la conocí. Para ella, yo era ahora tan sólo una parte más de una categoría anónima a la que ella ya no pertenecía. Para mí, sus palabras llegaban de un mundo lejano, un mundo de grises leyes donde las verdades profundas están prohibidas y sus habitantes condenados a guardar silencio por siempre jamás.

Así es como pasamos el breve rato que duró nuestro reencuentro, hablando con sombras en la voz y esquivando cualquier atisbo de verdad, mientras todo a mi alrededor iba oprimiéndome el corazón. Lo que tenía delante de mí no era ya mi amiga, era más bien un animal caído en una trampa de la que nadie podíamos ayudarle a escapar. En cierto momento de la conversación me desconecté, mi cabeza se vació de golpe y dejé de escuchar sus palabras y el ruido de los coches circulando a toda prisa por los cuatros carriles de la calle Aragón. Sentí que una boca gigante me succionaba hasta dejarme en los huesos, con el cuerpo desierto, arrebatándome toda la sustancia de mi vida.

Nos despedimos con un abrazo de maniquí y la mañana continuó sin más. A lo largo del día me asaltaron de vez en cuando las calladas confidencias que me había trasmitido su cuerpo, aquella fatalidad inscrita en su interior como un sello de su destino. Por la noche, al llegar a mi casa, me apresuré a buscar una fotografía suya que guardo en mi ordenador. Es una foto que nos tomamos juntos en El Chino antes de que le cambiaran el nombre. No sé bien qué esperaba ver allí, quizá necesitaba probarme a mí mismo que existió un tiempo en que nuestras palabras acertaron a formar sentidos inesperados, que aquel salto de vida que sentí cuando la conocí fue verdad. ¡Qué tontería tratar de ver algo así en una imagen! Lo único que aquella fotografía me reveló fue el fatal divorcio existente entre ella y el conjunto de cosas que constituían su verdadera vida; yo incluido.

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