La magia de las fuerzas informales

La política nos tiene hechizados. Desde que nos fuimos de las plazas y dejamos de gritar aquello de «No nos representan», la política parece haberlo ocupado todo otra vez. Tanto es así que, muchas veces, tenemos la sensación de que no hay nada más allá de ella, de que la política es el principio y el final de todas las cosas. Pero no lo es, ¡por supuesto que hay algo más allá de la política! Algo que está por todas partes aunque seamos incapaces de nombrarlo. No es el Pueblo ni la ciudadanía, no es ni tan siquiera la gente ni la sociedad. Sería lo social si no fuese porque este nombre decimonónico es demasiado racional. Digamos que es como lo social antes de llamarse así, cuando todavía es una fuerza viva sin instituir, un río bravo que corre bajo el suelo de lo social, filtrándose en su superficie cada vez que encuentra una grieta.

Y es que, por más que se empeñen los medios de comunicación en mostrar un mundo cercado por los confines políticos, la verdad es que cada vez es más la actividad social que escapa a sus dominios. Todo el que estuvo en las plazas del 15M y vio la cantidad de actividad social que allí se daba, sabrá perfectamente de lo que hablo. Aquella actividad fue la misma que se da cada vez que alguien enfrenta la lógica normativa de la realidad instituida; la realidad política. De esta actividad se sabe bien poco, las ciencias sociales no la estudian porque no la ven, sus ojos están tan ofuscados con el problema del Poder que no alcanzan a ver ninguna de las dinámicas informales que irrumpen de manera inesperada. Sucedió con el 15M: la mayoría de sociólogos y politólogos no acertaron a ver en él más que política. Supongo que es eso lo que pasa cuando tu mirada se encuentra exclusivamente restringida al ámbito de lo instituido: cualquier otro ámbito deja de existir para ti.

Pero el ámbito informal de la existencia existe; sin nombre y sin apenas apariencia, pero existe. Se encuentra allí donde la vida y sus fenómenos conforman el sustrato mismo de la realidad social, en lo más próximo, en lo concreto y palpable, allí donde se dan los vínculos más consistentes, muy lejos del teatro político. Porque si algo define de verdad a la política es, precisamente, el hecho de no estar nunca del todo aquí, su mirada está siempre puesta en lo lejano, en el futuro, en un ideal. Estas fuerzas informales, por el contrario, nunca se alejan del aquí y ahora, ni se proyectan más allá de ellas mismas. No delegan en nada ni en nadie, saben bien lo que quieren y lo que necesitan, y saben que sólo ellas mismas pueden llegar a dárselo. Por eso, cuando la política las llama a participar, ellas se resisten, se abstienen, guardan silencio o hacen como si no fuera con ellas. Desde la política —tanto desde la vieja como desde la nueva (que son la misma en realidad)—, se tiende a ver esto como un déficit: «la gente es egotista», «la gente es ignorante», «la gente no es lo suficientemente ciudadana», nunca se paran a pensar que, quizá, lo que estas fuerzas estén haciendo sea, verdaderamente, protegerse de aquello que le es ajeno.

Las fuerzas informales de lo social se despliegan siempre fuera de las instituciones. Los órdenes que producen no son nunca órdenes políticos, más bien son órdenes creativos, sensibles, más relacionados con lo imaginario que con reglas y normas ajenas a sus deseos. Son fuerzas cargadas de afectos y pasiones que se ajustan perfectamente al fluir de la vida colectiva, enfrentándose tanto al individualismo competitivo como al colectivismo abstracto propuesto por los Estados-nación. Sus cometidos son simples y apuntan siempre hacia modos de organización distintos a los propuestos por la política; otras formas de vida. Si la política tiende a volver abstracto lo social, a divinizarlo, la tendencia de estas fuerzas cotidianas y heterogéneas es la contraria: realizar ejercicios prácticos y directos sobre su entorno más cercano. Cuando la Nueva política trata de conducir la dinámica de las plazas al interior de la institución (al interior de la tradición moderna de lo político), lo único que alcanza a embutir allí es el nombre, el 15M, nunca sus prácticas. Cuando se nombra al 15M en el interior de alguna institución política, automáticamente se transforma en otra cosa; por ejemplo en ciudadanía, ese gran pilar sobre el que se alza la política cuando describe el mundo.

Pero en las plazas no éramos ciudadanos. De hecho, en las plazas no éramos: estábamos; estábamos juntos, eso es todo, y lo hacíamos de una manera que dista mucho de la imagen pretendida por el poder constituido, esa que nos etiqueta bajo una única norma de comportamiento y un solo sentimiento de pertenencia. El mismo con-vivir de las plazas, su misma concepción práctica de la vida social, acontece a diario en todas partes. Son pequeñas acciones cotidianas que parten de las necesidades más inmediatas de grupos determinados de personas y nunca de una ciudadanía oficial cuyas normas fueron constituidas por políticos que se creyeron con el derecho de decir lo que es y lo que debe ser la vida. Dinámicas afectivas, de solidaridad y de intercambio que se dan al margen de toda regla política y con independencia del proyecto ciudadano. Puede ser que haya existido un tiempo en el que «política» significó algo así como vivir con los demás, no lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que actualmente «política» significa todo lo contrario. Ya no la administración de la convivencia, sino más bien la asignación de un sentido tan limitado de la existencia que pone en peligro la posibilidad misma de existir.

Este sentido único del existir se perpetúa gracias al blindaje que le proporciona un par de palabras mágicas. La primera es «eficacia». La política entiende la eficacia de la misma manera que la entienden los expertos en coaching, como un proceso continuo regulado por una serie de acciones coherentes que, si se llevan a cabo de manera correcta, nos conducen directos a la tierra prometida. La política es incapaz de ver ese otro espacio enorme donde las transformaciones suceden simplemente porque se respeta el tiempo y el espacio social que requieren, sin necesidad de aplicar ningún plan estratégico, simplemente estando ahí, acompañándolas, con-viviendo. La segunda palabra que ayuda en la perpetuación de la política es la de «seguridad». En cuanto mencionas la hipótesis de un mundo posible más allá de la política, no tarda en aparecer alguien argumentando que eso sería el fin de todas la cosas, la guerra de todos contra todos, la barbarie. Dicen eso porque cuesta mucho imaginar un equilibrio en el vasto conjunto de intereses tan diversos y tan contradictorios que es hoy la existencia. Cuando lo intentamos, un mar de duros enfrentamientos y un sinfín de avatares perjudiciales acuden a nuestra cabeza. Sin embargo, ¿no son esos mismos enfrentamientos los que ya están sucediendo bajo el régimen de la política? ¿No es precisamente ahora cuando se están cumpliendo todos esos malos augurios?

Eficacia y seguridad conjuran un hechizo que nos deja atrapados en la política. Las dos juntas dibujan un círculo de tiza a nuestro alrededor que nos impide escapar de la ley de lo instituido. Por eso no concebimos nuestros actos cotidianos como lo que son en realidad: la potencia para una nueva civilización; la semilla capaz de fecundar un mundo más allá de la vieja y podrida política. ¿Te acuerdas cuando en la novela de Mark Twain Un Yanqui en la corte del Rey Arturo, Merlín, harto ya de aguantar las leyes racionales del mundo construido por Hank («El jefe»), lo envía con su varita mágica de vuelta al presente? Algo así deberíamos hacer hoy. Tendríamos que dejar de creer tanto en este mundo apoyado en la razón política y comenzar a creer más en las múltiples prácticas paganas que acontecen a diario en nuestro entorno más cercano. Dejar de creer en la economía política como único dios verdadero y empezar a venerar a los dioses paganos de las cosas cotidianas. Los ingredientes para una pócima que se deshiciese del hechizo político los tenemos aquí, en lo más próximo, al alcance de nuestra mano. Tan sólo hay que juntarlos una y otra vez hasta dar con la mezcla exacta. En cuanto la tengamos, bastará con cortar la rama más sana del árbol de lo social y tallar con ella una varita mágica con la que enviar a la política de vuelta al lugar del que nunca jamás debió salir.

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Publicación original: Revista Ajoblanco
Fotografía Oriana Eliçabe

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