La mirada de los caballos

Barcelona, estación de Sants. Entro en el AVE con dirección a Madrid pocos minutos antes de que comiencen a girar las ruedas, o lo que quiera que sea que mueve a esta gigantesca máquina. El vagón va tan lleno de gente que me cuesta esfuerzo llegar hasta mi asiento, el 3A, uno de esos situados alrededor de la mesa junto a la puerta del fondo.

 Frente a mí va sentada una mujer negra de unos cincuenta años con el pelo corto y canoso. En sus manos sostiene un pequeño libro de pasajes de la Biblia, en la portada aparece Jesucristo de joven retratado a todo color. El tren arranca y, mientras avanza sigiloso y veloz por los túneles, la mujer se coloca sobre la nariz unas gafas de ver de cerca y comienza a leer algunos pasajes del libro con suma atención. Más tarde, cuando el tren abandona por fin los túneles y sale a la superficie, la mujer guarda el libro en su bolso, se quita las gafas, reclina el asiento hacia atrás y cierra los ojos. Así, dormida en esta postura y con el sol iluminando su piel oscura, parece una figura salida de un cuadro de Caravaggio. 

La chica que va sentada a su lado, sin embargo, parece más bien una escultura de Jeff Koons. Lleva también el pelo blanco, pero en su caso es por elección. De sus dedos salen disparadas unas uñas largas y emperifolladas con las que araña sin miramiento la pantalla de su brillante móvil. Todo en esta chica brilla salvo sus ojos, ocultos tras los cristales de unas gafas de sol casi tan grandes como su cara. En el pecho de su grandota sudadera blanca lleva impresa la frase «Antisocial Social Club».

Por megafonía, una voz de mujer joven nos agradece haber elegido RENFE y nos desea un feliz viaje, y con el mismo tono de voz neutro nos informa de la película que veremos a continuación: «Braveheart». Afuera del tren el cielo se altera y comienza a oscurecerse rápidamente. Las sombras de las nubes cubriendo la superficie de los campos parecen el fondo de un mar extraño. 

No pienso ver «Braveheart» otra vez, así que enchufo los cascos en mi móvil y selecciono una lista de Krautrock alemán. «Quizá estos ritmos machacones y repetitivos me ayuden a conciliar el sueño» –pienso mientras cierro los ojos–; pero no, mi cuerpo está demasiado despierto como para dormirse ahora al ritmo de los CAN. Cambio de planes, me voy a la cafetería, mover las piernas un poco y tomarme algo caliente seguro que me sienta bien. 

En el pasillo las personas sentadas en sus asientos haciendo sus cosas parecen la orquesta sinfónica del oscuro baile de nubes que se ha formado afuera. Antes de entrar en la cafetería me quedo un momento observando por la ventanilla a unas pequeñas garzas blancas que revolotean juntas alrededor del tren. Me pido un té negro con mucho limón y, mientras hojeo los titulares de El País, disfruto del calor que desprende el vaso de cartón entre mis manos frías. «Una mujer muere asesinada a manos de su marido» (van cuarenta en lo que llevamos de año). 

En la estación de Lérida sube al tren un hombre alto y delgado de unos setenta años. Su cabello largo y canoso recogido en una coleta parece un manojo de trigo y su piel es del color de un caramelo tostado. Viste ropa de pana negra y en sus huesudas manos sostiene con delicadeza un robusto bastón de madera maciza. En su cara, colmada de surcos, pueden distinguirse los rastros de una antigua etnia bereber. «Seguro que sus antepasados cabalgaron por los mismos montes polvorientos por los que ahora corta el aire este tren de alta velocidad» –pienso mientras observo al hombre alejarse cojeando por el pasillo–. 

Apuro el último trago de mi vaso con la mirada clavada en el paisaje de afuera y trato de imaginarme a aquellos hombres cubiertos hasta los ojos enfrentándose al Cierzo con ímpetu a lomos de sus caballos. Cabalgan sin descanso hacia el sureste, hasta que dan con el Ebro y, una vez allí, se detienen un instante y después cruzan sus bravas aguas con valentía y arrojo. No cruzan el río para llegar a la otra orilla, lo hacen únicamente para seguir cabalgando. La otra orilla no existe en realidad. 

Cuando regreso a mi asiento la chica de la sudadera blanca duerme con las gafas de sol puestas. Su cabeza tambaleándose de un lado a otro del asiento parece ahora una boya reluciente flotando en mitad de una piscina. A su lado, la mujer negra ha vuelto a su libro y se encuentra de lo más concentrada repasando algunos salmos. No levanta la vista de las páginas ni un segundo, las escudriña con minuciosidad y cuando llega al final del libro repite la última frase varias veces, vocalizando con exactitud cada una de las palabras que la forman, y la apunta con cuidado en una libreta desgastada. 

 El tren ralentiza el paso a su entrada en la estación de Zaragoza. La mujer se incorpora y avanza por la fila de asientos con suma delicadeza, midiendo todos y cada uno de sus movimientos para no despertar a la chica que tan plácidamente sigue durmiendo a su lado. Cuando llega por fin al pasillo recoge la maleta del altillo, mete de nuevo la libreta azul en su bolso, se coloca el abrigo sobre los hombros y baja del tren. Mucho me temo que me quedaré sin saber qué decía la frase que tanto le ha gustado.

Yo soy de aquí. Nací y viví en Zaragoza hasta los veinte años. Cuando me fui, hace ya muchos años, esta estación tan grande y fría todavía no existía. Aquí había tan sólo unos campos a los que, algunas veces, venía con los amigos a pasar la tarde. Recuerdo que nos gustaba perseguirnos gritando y después quedarnos tirados en la hierba fresca bebiendo y fumando canutos de espaldas al viento, un viento áspero que arrastraba con él un polvo centelleante. 

Por aquél entonces actuábamos como si el tiempo no existiese, como si eso de envejecer no fuese con nosotros. Nos reíamos y hablábamos de cualquier cosa mientras el sol se apagaba a nuestras espaldas y la hierba verde cambiaba de color hasta ponerse azul, y después negra. Y entonces nos íbamos todos a casa de Pablo y poníamos música, canciones oscuras con guitarras distorsionadas, y jugábamos al ping-pong, y encendíamos otro canuto, un dos papeles con boquilla de cartón, y nos lo pasábamos de mano en mano un montón de veces hasta que nos quedábamos sin risa y un sonido hueco como de órgano de iglesia se abría paso por nuestro pecho arrebatándonos la voz. 

Entonces todavía no lo sabíamos, pero aquellos días eran los últimos que íbamos a pasar juntos. A simple vista no se apreciaban los cambios que estaban a punto de llegar, pero bajo la superficie de la vida, una mano cubierta con un guante de cuero negro había activado ya el reloj de la bomba que estaba a punto de hacernos saltar por los aires.

La voz de chica joven suena de nuevo por megafonía, esta vez nos informa de que estamos aproximándonos a Madrid y aprovecha para agradecernos, una vez más, que hayamos confiado en sus servicios. La irrupción de este mensaje detiene la emisión de «Braveheart» justo cuando Mel Gibson, con la cara pintada de azul, le dice a sus paisanos aquello de que «Todos los hombres mueren, pero no todos han vivido». Alguno de mis amigos de juventud han muerto ya, pero todos ellos lo han hecho después de vivir.

Entramos en los túneles de la estación de Atocha rodeados de una callada tensión eléctrica interrumpida únicamente por el sonido de la lluvia estrellándose contra los cristales. Cuando el tren se detiene al final de la vía, todo se llena de una luz grisácea. La chica de las gafas grandes destaca en este ambiente como los ojos de una lechuza en la noche. Antes de dejar el asiento, saca un pequeño espejo del bolso y se retoca ligeramente los labios con el dedo meñique. Después cubre su melena blanca con la capucha blanca de la sudadera, se pone en pie y se va. 

Yo también me voy. Salgo del tren con una extraña sensación apoderándose de mí, algo así como el reverso de una coincidencia. En la calle llueve demasiado, así que decido hacer tiempo en una cafetería de la estación y esperar a que amaine. Sentado en una banqueta de aluminio, me quedo colgado mirando la televisión de la pared del fondo. Una mujer mayor anuncia un remedio infalible contra la incontinencia urinaria: «Quiero sentirme protegida, esté donde esté». Para una vez que aparece una mujer mayor en un anuncio, lo que relata es que se le escapa el pis. 

El cuerpo femenino es omnipresente en la publicidad hasta que supera la edad de la reproducción; entonces, desaparece por completo y para siempre salvo para recordarnos, de vez en cuando, que su cuerpo ya no es lo que era. «¿Dónde queda todo lo que una mujer mayor sabe?» ––me pregunto mientras le hinco el diente al bocata de tortilla que acabo de pedir–, «¿Dónde va a parar todo lo que le ha enseñado la vida y que tanto podría enseñarnos a nosotros también?».

Tras los anuncios, da comienzo un programa de esos en los que el dolor ajeno es el único argumento de la obra. En esta ocasión, los invitados son un hombre y una mujer de mediana edad que, según cuentan, estuvieron casados más de veinte años y ahora, tras una separación muy complicada, él le acusa a ella de lavarles el cerebro a sus hijos para que no quieran verlo: «¿Me dejas hablar? Estoy hablando yo» –repite él una y otra vez mientras trata de explicar lo que le sucede–. 

Yo me pido un zumo de naranja para tratar de pasar el pan tan seco que me han puesto con la tortilla. La camarera, una chica desgarbada con el pelo descuidadamente recogido en un moño, me lo sirve sin ni tan siquiera mirarme a la cara y regresa a su puesto en una esquina de la barra, donde continúa plegando una montaña interminable de servilletas. El zumo es el peor zumo de naranja que he probado en mi vida. 

Tras muchos gritos e interrupciones por ambas partes, el hombre del programa acusa finalmente a su ex de ser una borracha, y entonces los tres tipos que están sentados a mi lado bebiendo carajillos en la barra se ríen a carcajadas y hacen gestos con los brazos mofándose de ella. El zumo de naranja me cae en el estómago como un meteorito dispuesto a incendiarlo todo.

Un sudor frío empapa mi nuca y el bar donde me encuentro se convierte de pronto en el infierno de El Bosco. Las copas vacías de la estantería reflejan ahora una luz mortecina y gris que las hace temblar, son como esos mendigos que uno encuentra a la salida de un supermercado mostrando obscenamente sus males para dar lástima y conseguir, así, un poco más de alcohol. La piel de la camarera se torna tan blanca como las servilletas que sostiene en sus manos, su rostro es ahora el de alguien a punto de desfallecer, y los tres tipos de la barra se transforman en tres criaturas deformes, como si fuesen el resultado de un tétrico experimento llevado a cabo por un dios loco y enfermo. 

Miro a la estatuilla del cowboy que preside el fondo de la barra y siento que, de un momento a otro, va a desenfundar su arma para meterme una bala entre ceja y ceja. «Tengo que salir de aquí cuanto antes» –me digo a mí mismo mientras mis tripas rugen como un tigre encerrado en una cueva–. Ninguna lluvia, por abundante y fría que sea, puede ser peor que quedarme aquí sentado un segundo más.

En la calle la lluvia sigue cayendo con más fuerza incluso que antes. Por el suelo, pegado a la aceras, corre un río de agua negra mezclada con aceite de coche. Alzo la cabeza un instante y miró hacia lo alto, como si en aquél cielo oscuro hubiese algo que entender. El Paseo del Prado está completamente desierto, parece que las gentes hubieran huido en estampida hasta alcanzar los márgenes del mundo conocido y, una vez allí, se hubieran precipitado al vacío todas a la vez. 

Cruzo la calle corriendo, empujado por una fuerza invisible que me arrastra hacia un espacio desconocido. No sé bien adónde voy, quiero distanciarme del bar de la estación, eso es todo. Mis ropas se empapan por completo antes incluso de llegar a la otra acera, y un charco se hace fuerte en una de mis botas. En mitad del paso de cebra, y con el rostro vuelto a la tempestad, vuelven a mi cabeza los antiguos jinetes bereberes, «No existe la otra orilla» –me digo mientras corro–, «sólo me queda cabalgar». 

Así que me pego a la verja del Retiro y continúo caminando todo lo deprisa que puedo. Mientras ando, observo de reojo el parque más allá de los barrotes, nada reluce en aquella hierba negra. Avanzo y avanzo hasta que mi ropa empapada se hace tan pesada que no me deja caminar más, y a la altura del Museo del Prado me doy por vencido y decido entrar para ponerme a salvo.

En el recibidor el ambiente es cálido y apacible, colmado del sonido de la lluvia de afuera. Deslizándome por el suelo de mármol en dirección al baño, me siento como un pelícano pateando la orilla embarrada de una laguna. Empujo la pesada puerta con el hombro y saltan de mi ropa cientos de gotas gordas que brillan en el aire. Una vez dentro voy directo al secador de manos, me acomodo en cuclillas debajo de él y presiono el botón que lo pone en marcha. 

Mi ropa y mi pelo secándose bajo los chorros de aire caliente desprenden un intenso olor a tierra húmeda. En el espejo de la pared alcanzo a ver reflejados los vapores que se desprenden por encima de mi cabeza, son como los que acompañan a los ogros en los cuentos infantiles. Repito la operación varias veces hasta que toda el agua que traía conmigo se evapora de nuevo al cielo del techo. Cuando salgo del baño me siento como uno de los cuadros que me rodean, cuarteado y restaurado.

Definitivamente, las cosas no están sucediendo hoy como yo las había previsto. El mundo exterior ha impuesto su presencia y lo ha hecho con brutalidad. «La vida es soportable sólo porque desconocemos lo que nos depara», me dijo mi amigo Pablo una vez que nos encontramos en la calle tras muchos años sin vernos. Mejor será que me deje llevar del todo y aproveche para echarle un vistazo a la impresionante pinacoteca que tengo delante de mí. 

No es la primera vez que veo estos cuadros, pero como si lo fuera: siempre son distintos. Es como si durante el tiempo que pasa entre una visita y otra los cuadros continuasen pintándose solos. Como si por las noches, en secreto y sin la ayuda de nadie, siguiesen añadiendo pigmentos sobre la superficie de sus propios lienzos con el propósito de mantenerse en forma y no perder nunca su condición de representantes de la actualidad. 

Los interminables pasillos de este edificio del siglo XVIII componen una telaraña tejida de silencio por la que deambulo guiado tan sólo por el ruido de mis pasos. La luz apagada de afuera, que se cuela por las ranuras y bajo los aleros, lo llena todo de una atmósfera plomiza y gris, hasta que de pronto se ve interrumpida por otra luz mucho más blanca y pura. Es la luz que desprende la camisa blanca del hombre cualquiera que, con los brazos en alto y el gesto firme, se dispone a morir con dignidad en el cuadro de Los fusilamientos de Goya. 

Me quedo parado contemplando esta impresionante pintura y la que está a su lado también, La lucha con los mamelucos. Por un instante siento que todo el difícil trayecto desde mi casa de Barcelona hasta aquí lo he recorrido, única y exclusivamente, para asomarme a la profundidad de estas dos telas.

Aunque Goya las concibió como una única obra, durante muchos años estas dos pinturas fueron expuestas por separado en dos salas distintas. Esta división influyó sin duda en la interpretación que hoy tenemos de esta obra. Por separado, las dos pinturas hablan más o menos de lo mismo, ambas realzan el heroísmo patriótico del pueblo español. Una lo hace enardeciendo la heroica insurrección contra el ejército francés («Ese gran tirano de Europa»), y la otra, la de los fusilamientos del 3 de mayo, lo hace desde el victimismo que todo patriotismo necesita siempre (quizá por eso sea más conocida la segunda). 

Sin embargo, cuando se observan las dos telas juntas, la cosa cambia. Uno descubre entonces que hay en ellas algo más que la simple representación de un patriotismo enardecido. Se trata de algo que, como suele ocurrir, sólo se alcanza a ver cuando prestamos atención a los detalles. Al fin y al cabo puede que el arte no sea más que eso, prestar atención a los detalles. Y los detalles de Goya están siempre cargados de sugerencias que dan mucho que pensar.

Los violentos patriotas que con tanta furia se enfrentan al enemigo por la mañana, aparecen por la noche rendidos y llenos de miedo ante el pelotón de ejecución. Este funesto ciclo pintado por Goya se me antoja muy parecido a la epidemia de violencia y competencia que caracteriza nuestros tiempos.

«Todo el dinamismo representado en el cuadro de los mamelucos, todo ese poderoso flujo que empuja a los cuerpos a luchar en el lienzo de izquierda a derecha, no es en realidad tan distinto de aquel que nos empuja a todos nosotros en la extraña guerra cotidiana que libramos a diario» –pienso recordando el programa de televisión que acabo de ver en el bar del infierno–. «Y la muerte segura a la que todo se ve abocado en el segundo cuadro, tampoco». 

Lo único que parece resistir a este funesto movimiento, lo único que no se mueve al ritmo de esta marcha fatal, son los tres caballos que, detenidos en mitad del horror, nos miran fijamente a los ojos. Los hombres matan y mueren a su alrededor mientras ellos, impasibles, nos miran con atención. Eso es todo lo que hacen, mirarnos; sostener para siempre una mirada mucho más humana que la de cualquiera de los humanos que aparecen retratados a su alrededor. 

Se trata de una mirada tan intensa que, cuando se cruza con la nuestra, pulveriza por completo cualquier atisbo de patriotismo o exaltación de la guerra. Es en esta mirada donde se halla resumido todo el espanto de la guerra, de cualquier guerra.

No sé cuánto tiempo he pasado dentro del museo, pero cuando salgo afuera es ya de noche y ha dejado de llover. El cielo plomizo parece ahora la nuca de una enorme bestia dormida a la que no debo despertar si no quiero ser devorado. Todos los edificios de oficinas de la Castellana, apagados y rígidos, parecen haber sucumbido a la fuerza oscura de este violento animal. «¿Cómo se pintan hoy esos caballos?» –me pregunto mientras desciendo uno a uno los peldaños de la escalera del Prado– 

Cómo hacer hoy un arte que establezca con nosotros una mirada cómplice capaz de fulminar la epidemia de la violencia que vivimos. Un arte que traiga a la vida todo aquello que ha sido abandonado a las potencias de la muerte; un arte consciente del desastre que le rodea, pero que no se pliegue a él.

Con los últimos relámpagos brillando en el cielo se suceden en mi cabeza los recuerdos del día como escenas de una vieja película de guerra. La mujer aferrada a su libro de frases salvadoras, el descendiente de valientes bereberes heredero de los desprecios que recibieron sus antepasados; los borrachos del bar y la camarera agotada de esperar un final que nunca llega.

Soldados todos ellos en la absurda guerra civil que ha sido decretada por todas partes. Combaten sin saber por qué lo hacen; y están hartos de combatir. Quizá sea eso lo que significa aquello de Antisocial Social Club que llevaba escrito en la sudadera la chica del tren. El miedo de estar combatiendo sola en una guerra que no comprendes y de la que no sabes cómo desertar.

Hay que pintar caballos que con su mirada vuelvan a romper el círculo mortífero donde nuestra imaginación ha quedado aprisionada. Caballos que ni enaltezcan la guerra cotidiana por la que damos la vida ni sucumban ante ella. Caballos salvajes y libres que con su mirada nos devuelvan la empatía y la emoción que procura la atención y el cuidado de los demás. 

Más allá de la verja del Retiro, sobre el mismísimo perímetro del mundo, el polvo flota ahora en el vacío y resplandece cual humo de ejércitos lejanos. Una corriente de aire frío se desliza por mi espalda de arriba abajo como una serpiente deslizándose sigilosa por la arena. Es una corriente que no proviene de los pasillos del museo que tengo a mis espaldas, sino de otros siglos. 

De repente, la luz de una estrella tintinea tímidamente a lo lejos con la suavidad de un secreto y, al verla, me quedo parado con la resistencia con que se para alguien ante lo desconocido. Esa estrella es una señal que me busca entre la oscuridad y que me encuentra. Tenemos que representar de nuevo la irreductibilidad del lazo humano, y hacerlo con el cuidado, la vulnerabilidad y la atención que ha requerido siempre dejar escrito lo viviente en el tiempo. Tenemos que pintar otra vez esos caballos.

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