Libertad o la guerra contra nosotros mismos

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¡Libertad, libertad, libertad! Una vez más, como sucede después de cada nuevo atentado, millones de personas inundan las calles de las principales ciudades de Occidente para exigir libertad. “Somos y seremos libres”, dicen; “La libertad vencerá”. Pero libertad es una palabra elástica que se estira en la dirección que a uno más le conviene. ¿O es que a caso no eran libres los tres chicos que asesinaron a esas 16 personas la semana pasada en París? Yo creo que sí lo eran, al menos tan libres como el resto de ciudadanos franceses. Por eso, en vez de seguir repitiendo “libertad, libertad” hasta el hartazgo, quizá estaría mejor que nos detuviésemos un momento a pensar qué significa realmente eso de ser libre.

En el sistema en el que vivimos (neoliberalismo), la libertad se entiende como libertad de elección: Freedom of Choice. Ésa fue la bandera que allá por los años setenta enarbolaron Milton Friedman y el resto de fundadores del pensamiento neoliberal, ése su máximo ideal político. La idea la extrajeron de las cenizas de las dictaduras (fascistas y comunistas), pero también de las demandas expresadas por los movimientos disidentes de aquel entonces. Desde Paris del 68 hasta la contracultura norteamericana, pasando por las protestas estudiantiles de Ciudad de México o los movimientos disidentes en la Europa del Este, todos perseguían lo mismo: una mayor libertad de expresión y elección individuales. Al neoliberalismo le bastó, pues, con ofrecernos la manzana de la libertad para que nosotros la mordiésemos con gusto. El problema es que la manzana estaba envenenada.

Y el veneno hizo su efecto nada más entrar en nuestro organismo. En apenas unas décadas modificó por completo nuestro modo de pensar y, a partir de entonces, comenzamos a vivir y a entender el mundo a su manera. A día de hoy, la libertad individual es uno de los ideales más convincentes y sugestivos que existen; nadie parece ponerla en cuestión, ni en las sociedades occidentales ni en todas aquellas que avanzan siguiendo los pasos de la “modernidad”. A simple vista, esto no tendría por qué representar ningún problema: ¿qué hay de malo en que todos seamos cada vez más libres? La respuesta es sencilla: que es mentira. Esta libertad no nos hace más libres. Esta libertad nos coacciona obligándonos a vivir en un universo de competición generalizada. Ése es su veneno.

Cuando las naciones, las poblaciones y los individuos entran en guerra los unos contra los otros, las desigualdades crecen. En un entorno así, la dimensión colectiva de la experiencia queda simplemente destruida. Y no me refiero sólo a las estructuras tradicionales como, por ejemplo, la familia; me refiero también a las estructuras sociales como las clases. Si tienes la suerte de ser como los chicos que salen en los anuncios (blanco, joven, sano, con un buen sueldo), el consumo te hará libre por un rato. Pero chicos como los de los anuncios hay muy pocos, y cada vez menos. La mayoría somos como los terroristas del otro día o como los trabajadores del Charlie Hebdo que mataron: gente corriente que lucha por sobrevivir en un mundo con cada vez menos oportunidades.

La individualización radical en la que estamos forzados a vivir nos agota. Por eso andamos deprimidos. En una sociedad en la que la sociedad parece no existir y donde cualquier crisis social se percibe como fracaso individual (todo es responsabilidad tuya: que sufras, que seas tan pobre…), lo menos que te puede pasar es que te deprimas. Mucho más si vives en los suburbios de una gran ciudad europea con la identidad rota y bajo una discriminación permanente. Y no hablemos ya de los que viven en un país en situación de pobreza permanente, dependiente de aquellos que los saquean y bajo la amenaza de ser bombardeados cualquier día. En esos casos, más que deprimirte lo que haces es arrimarte a cualquier fanático que te prometa el regreso a una identidad compartida, a un destino junto a los tuyos, por loco que éste sea.

Precisamente eso es lo que hacen redes como Al Qaeda, Estado Islámico o las bandas de narcos que operan en Latinoamérica, por citar algunos tristes ejemplos conocidos por todos. Estas redes vuelven a dotar de sentido común a jóvenes desesperados abiertos a cualquier cosa que les saque del profundo aislamiento en el que se encuentran. Cualquiera que les ofrezca una respuesta colectiva a su sufrimiento individual, por ejemplo, que Occidente es el culpable y no tú, será bienvenido; de este modo es como el hecho de ser musulmán se transforma en vehículo de identidad capaz de otorgar un sentido a tu existencia. Una existencia por la que, a partir de ese momento, estarás dispuesto a hacer lo que sea: matar, morir… lo que sea, porque es lo único que tienes.

Ante esta evidencia, los Estados de Occidente responden siempre de la misma manera: reforzando las medidas de control. Al día siguiente de los atentados de París, sin ir más lejos, Inglaterra anunció que revisará sus protocolos de seguridad para que los servicios de inteligencia puedan rastrear a sus anchas cualquier indicio de terrorismo. También Alemania aprobó un nuevo proyecto de ley que permitirá a las autoridades retirar el documento nacional de identidad a todo aquél que le parezca sospechoso de terrorismo. Por su parte, el presidente de la República francesa, François Hollande, apostó también por un mayor control de las fronteras interiores, mientras que la extrema derecha de Le Pen exigió la suspensión del Tratado de Schengen y la pena de muerte para los terroristas. Sin embargo, mucho me temo que nada de esto sirva para terminar con los asesinatos; más bien al contrario. Lo que estas medidas suelen conseguir es que se extienda la islamofobia, y que crezcan aún más el odio y el rencor que sienten muchos de los marginados geográficos y sociales.

Desde mi punto de vista, la solución no pasa tanto por la represión y el control como por la recomposición del tejido social y la invención de una nueva cultura comunitaria. Por mucho que el sistema económico lo niegue, somos animales comunitarios. Podemos aguantar un tiempo sin respirar hundidos en las aguas turbias del consumo, pero tarde o temprano necesitamos sacar la cabeza para respirar. Si no lo hacemos, morimos; o lo que es peor: nos matamos entre nosotros. Es urgente, pues, dar forma a un nuevo terreno común. Un espacio que incluya la diversidad cultural y donde los intereses de las personas estén por encima del de las empresas, los Estados y los mercados internacionales. Si no lo hacemos, otros lo harán. De hecho, el integrísimo religioso, las redes de narcos, la extrema derecha ya lo están haciendo. Y no precisamente bajo estos mismos valores.

Las consecuencias de dejar esta labor en sus manos las vimos la semana pasada en Paris y mucho me temo que las volveremos a ver muy pronto. Por eso creo que ha llegado el momento de perder el miedo y lanzarnos a redefinir la libertad. Otra vez, sí. Está claro que seguir entendiéndola como la entendemos ahora nos conduce al aislamiento total y eso, a la larga, es un suicidio colectivo. La libertad no es libertad de elección, no puede serlo. La libertad tiene que ver más con la amistad. Uno solo no podrá nunca ser libre, la libertad es ante todo una relación: tú conmigo, yo contigo. Sólo podemos ser libres mutuamente. Entre amigos. Ha llegado el momento de juntarnos y combatir esta guerra absurda que libramos cada día contra nosotros mismos.

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Imagen: Gérard Rancinan

2 total comments on this postSubmit yours
  1. Es verdad, estamos sumergidos en una red de coacción socialmente aceptada a la que llamamos libertad. Las religiones, el consumismo y la avaricia del ser humano se han juntado con la explosión demográfica y el individuo es cada vez menos dueño de su vida. Esclavo de unos o esclavo de otros. Pero, claro,.. todo eso hay que disfrazarlo de “libertad”, cuando no es más que “esclavitud”.

    Y cuantos más humanos nazcan, peores serán las condiciones para cada uno de los humanos que existen. Lo peor que podemos hacer por nosotros es multiplicarnos.

    Muy interesante el artículo.

  2. Muy buena reflexión Leo

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