No eres tú, es tu avatar

I

Believe it or not [lo creas o no] fue el slogan que acompañó a la película Avatar. Su director ya lo advirtió el día del estreno: «va a ser una auténtica revolución; los efectos especiales y la imagen real no se van a poder distinguir». Y de alguna manera, tenía razón.
Si la habéis visto sabréis que el protagonista, Jake Sully, es un ex-marine confinado en una silla de ruedas que, a pesar de su parapléjico cuerpo, todavía se siente un guerrero de corazón. Para permanecer vivo en Pandora, un mundo donde el aire se ha vuelto irrespirable para los humanos, este soldado necesita conectar su conciencia a un avatar Na´vi (así es como se llaman los habitantes de Pandora). Una vez allí, su misión está muy clara: ayudar a una empresa multinacional a extraer un mineral que sólo se encuentra en este planeta y que, según cuentan, resolverá todos los problemas de la crisis energética en la Tierra. Este cometido, por supuesto, acarrea un conflicto, si no, no habría película: arrancar dicho mineral, supone la extinción de Pandora y de todos sus habitantes.
Adoptar un avatar es dejar de ser quien uno es y pasar a ser otra persona, otra cosa. A diferencia del autorretrato, que se limita a interpretar a su creador, un avatar lo altera. De hecho, ésa podría ser una buena definición de avatar: la interpretación de uno mismo alterada.
Correr, volar, enamorarse… Todo lo que Jake no puede hacer en su vida real, enfundado en su avatar lo lleva a cabo sin problemas. No es de extrañar, pues, que rápidamente Pandora se convierta en sinónimo de libertad para él. ¡Qué más da si ese sitio existe o no en realidad! Lo único que a Jake parece importarle es que allí, en ese mundo virtual al que accede mediante una representación alterada de sí mismo, es el único lugar donde se siente vivo de verdad.
A nosotros, los espectadores provistos de nuestras gafas 3D, también nos gusta mucho más Pandora que la Tierra. Esta última es representada como un lugar donde la vida hace tiempo que pasó a convertirse en una mercancía más, y las personas en productos a merced de los intereses del mercado. Nada que ver con el planeta de los Na´vi, donde el trabajo está basado en la cooperación entre iguales y las relaciones se establecen única y exclusivamente mediante lazos de amor. La naturaleza es respetada, la avaricia no existe, ni tampoco la explotación. Los Na´vi se abastecen de aquello que Pandora les ofrece y le están, por ello, eternamente agradecidos, y así se lo demuestran en cada uno de sus actos.
¿Quién no desearía vivir en un mundo así? No es de extrañar que antes de la mitad de la película todos estemos apoyando, desde nuestras butacas, la lucha de los Na´vi. Todos juntos contra del malvado invasor: los habitantes de la tierra, o sea, nosotros.
Como espectador he de decir que esta experiencia me resultó algo extraña. Me parecía como si, de alguna manera, hubiese dejado de pertenecer al género humano. Como si yo ya no fuese parte de nosotros. No se requiere mucha inteligencia para percatarse de que esta distancia sobre lo humano, este sentimiento de no pertenencia, es una ilusión con fecha de caducidad. En cuanto la película llega a su fin, Pandora deja de existir. En el mismo momento en que nos quitamos las gafas 3D y las luces de la sala vuelven a encenderse, el mundo entero, nuestro mundo, cae de nuevo sobre nosotros para recordarnos que él es el único lugar donde vivir. La única realidad existente.
Estoy seguro de que este reencuentro con el mundo, esta especie de vuelta a lo real, puede provocarle frustración y desespero a más de uno. Sobre todo si vive en Gaza.
Apenas llevaba Avatar dos semanas en cartelera cuando un grupo de jóvenes palestinos conmocionaron a medio mundo apareciendo en una colonia de Gaza manifestándose contra la ocupación del ejercito israelí disfrazados de Na´vi, los personajes buenos de la película. Believe or not, allí estaban esos chicos con orejas puntiagudas y pintados de azul, esquivando los gases lacrimógenos y los disparos de fusil propinados por los soldados parapetados al otro lado del muro.
¿Por qué aparecen unos chicos en Gaza vestidos de esa manera? ¿Cómo puede ser que una imagen cinematográfica se replique así, allá donde menos se espera?
Recuerdo que en uno de los blogs donde primero se publicó el vídeo de esta acción, alguien comentó que lo de estos chicos era un ejemplo de que «la imagen por sí sola ya no es suficiente». Este comentario me hizo reflexionar.
En parte tiene razón -pensé-; parece como si necesitásemos cada vez más formar parte de lo visto, incluirnos en el cuadro, ser nosotros los protagonistas de la película. Efectivamente, esos parecían ser los ingredientes de esta intervención: cansancio en la mirada del espectador y deseo de vivir la imagen. Sin embargo, desde mi punto de vista, la cosa no queda ahí. Hay algo más.
A diferencia de Coubert y el resto de pintores realistas del siglo XIX, que pensaban que había que pintar lo que se veía (es decir, fijar la mirada sobre la realidad para intentar acercarla lo más posible), estos aspirantes a Na´vi, parecían estar intentando, más bien, cambiar la realidad fijando su mirada sobre la imagen. Más que convertir las historias reales en temas de ficción, estos chicos buscaban convertir los personajes ficticios en personajes «reales».
Sin embargo, su intento fracasa, como también fracasó el del siglo XIX.
Afortunadamente.

II

Confundir la imagen con su modelo es lo que históricamente ha perseguido la brujería. También nosotros, hombres del siglo XXI, actuamos a veces de la misma manera; por ejemplo, cuando buscamos una repercusión real derribando una estatua o rompiendo una fotografía. En esos momentos, deseamos que la imagen que tenemos en la mente, esa que constituye el mundo de lo imaginario, se haga realidad y cobre vida. Pero la imagen no es vida. La imagen es imagen. Afortunadamente, insisto, ya que los mayores riesgos de manipulación residen, precisamente, allí donde los vínculos entre la imagen y su modelo no son percibidos con claridad. Allí donde ambas figuras se confunden. En nuestros días eso sucede cada vez con más frecuencia. Y me preocupa.
La película Avatar produjo en estos chicos palestinos un efecto catártico -más adelante explicaré esto con detenimiento-. Contemplar en la pantalla cómo el protagonista aprovechaba la oportunidad virtual que se le brindaba para empezar de cero en un mundo nuevo, provocó en estos espectadores, expuestos a diario a unas condiciones de vida tan duras, el deseo irrefrenable de repetir sus pasos como fuera. Por esta razón se disfrazaron de Na´vi, porque buscaban reproducir el efecto emancipador mostrado en la pantalla. Pero, ¿cómo se replica exactamente ese efecto emancipador?
Ni Jake Sully ni nada de lo que aparece en la película son reales. Esto, aunque es obvio, no está de más recordarlo, sobre todo si aspiramos a realizar algún cambio en nuestras vidas. La imagen como tal no produce ningún efecto emancipador, nunca lo ha hecho. Nunca lo hará. Con esto no quiero decir que la imagen no sea capaz de nada. Por supuesto que lo es, y mucho. De hecho, esta intervención en Gaza, sin ir más lejos, es un buen ejemplo de ello.
Después de ver la película, estos chicos deciden presentarse con sus cuerpos envueltos en el imaginario de Avatar, ante los soldados israelíes y antes las cámaras de la prensa internacional, ¿y qué logran con ello? Que una imagen más aparezca ante nuestros ojos incrementando, así, la cadena de significados asociada al film. A partir de ese momento, una nueva interpretación queda adherida a la película para siempre. Algo que en un principio no estaba incluido en el guión original se instala ahora entre las escenas de Avatar. En esta intervención, ese «algo» está muy claro: el conflicto entre Palestina e Israel.
Un efecto así no surge, tal y como afirmaba aquel bloguero, cuando alguien o algo «supera la imagen». Todo lo contrario. Este efecto se logra, precisamente, cuando uno se convierte en una imagen para los demás.
Así, siendo una imagen, es como un nuevo significado logra abrirse paso. De este modo es como estos chicos palestinos pasan a ser para nosotros lo mismo que Avatar fue antes para ellos: una representación de la emancipación. Repito: una representación. No un acto de emancipación. Que quede claro. Para que una representación se transforme en acto, se necesita algo más.
Volvamos ahora a la catarsis. Se denomina catarsis al efecto purificador que se produce por la contemplación de una obra de arte. A mí eso de «purificador» no me dice mucho. Yo prefiero hablar en términos de emancipación, sin embargo, sea como sea, lo que está claro es que, para que cualquiera de ambos se dé, la experiencia debe transitar un recorrido compuesto por las siguientes etapas: en primer lugar, la experiencia necesita hacerse imagen para poder trasmitirse. Sólo de este modo lo vivido pasa a ser visible para los demás. Es entonces, al contemplar la experiencia ajena convertida en imagen cuando, irremediablemente, nos convertimos en espectadores. Esta figura, la del espectador (y no la imagen) es, a mi modo de ver, la única capaz de transformar el mundo.
Siguiendo este recorrido, parece quedar claro que no se trata tanto de corporeizar la imagen, de hacerla carne, cuerpo, sino, precisamente, de todo lo contrario: forzarla a ser lo que es, una imagen. Como hemos visto, confundir la imagen con su modelo es una trampa. Nos hace creer que ella es vida cuando en realidad no es más que un fragmento de vida enmarcado, seleccionado, arrancado a lo real. Por el contrario, mantener la imagen como tal, es lo que abre la posibilidad de modificar la realidad, siempre que el espectador intervenga, claro. Sin él, la imagen poco puede hacer. Jamás una imagen podrá representarlo todo, siempre necesitará de alguien que añada o complemente aquello que le falta, y ese alguien es el espectador. En sus actos es donde reside la posibilidad de que el mundo se transforme (a mejor y a peor). Suya es la capacidad de crear asociaciones imprevisibles, y ahí, en esta capacidad, es donde reside, a mi juicio, la única posibilidad de emancipación.
De alguna manera, estos Na´vi palestinos parecen haberlo entendido; por eso se convierten en ficción, para ocupar nuestras pantallas y despertar en nosotros -ojalá- el deseo de cambiar este mundo. Esos cuerpos mal pintados de azul escapando de los disparos entre el humo y las piedras, parecen estar diciéndonos con su acción que nosotros carecemos de la opción elegida por Jake Sully al final de la película, la de quedarse a vivir en Pandora, ese mundo virtual irrespirable. Y que a lo único que podemos aspirar es a enfrentarnos al mundo usando la imagen como avatar. Que no es poco.


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