Puedo prometer y prometo. Breve historia de las campañas electorales heterodoxas.

La democracia formal no siempre ha sido sinónimo de tostón irrelevante. Para demostrarlo, La revista LaDinamo (LDNM) ha recuperado la historia de varios héroes electorales que presentaron sus candidaturas sin el apoyo de grandes medios de comunicación, sin reuniones previas con la patronal y con menos de un millón de euros en donaciones.

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Autores: Ángel Luis Lara, Isidro López y Karim Sambá
Fuente original: Revista LaDinamo

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Un hippie, un voto
A finales de los años sesenta, la alianza entre política y contracultura dio lugar en EE UU a algunos de los experimentos políticos más peculiares (léase geniales o rocambolescos) jamás vistos. Un fenómeno del que no se libraron las campañas electorales. Uno de los ejemplos más conocidos lo protagonizo el gurú del LSD Timothy Leary. En 1969, Leary decidió disputarle el puesto de gobernador de California a Ronald Reagan. Para la ocasión, Leary contó con la inestimable ayuda de John Lennon que compuso su canción de campaña: “Come Together”. Finalmente, Leary retiraría su candidatura tras ser acusado de posesión de marihuana y Lennon retocaría ligeramente la letra de la canción para incluirla en uno de los discos de los Beatles (Abbey Road). Obviamente, el discurso pasado de rosca de Leary difícilmente podía haberle llevado a gobernar California; no obstante, otros iconos contraculturales de la época llevaron a cabo campañas de gran calado político que hicieron temblar los poderes locales estadounidenses.

Hunter S. Thompson: Poder Gonzo
El padre del periodismo Gonzo –mezcla de observación participante y alucinación contracultural– fue uno de los pioneros de las campañas electorales heterodoxas. En concreto, el autor de Miedo y asco en Las Vegas orquestó la campaña de 1969 del partido del Poder Freak a la alcaldía de la ciudad de Aspen, un pueblo de las Montañas Rocosas convertido gracias a la especulación inmobiliaria en una enorme estación de esquí de lujo, en donde se instalaron también con sus caravanas y tipis hordas de hippies, desplazados por las subidas de los alquileres y el mal rollo generalizado en los barrios bohemios de San Francisco.
Según escribió Thompson en su artículo sobre la campaña (“Poder Freak en las Rocosas”, incluido en su libro A la caza del gran tiburón), el programa electoral del Poder Freak tenía como objetivo “joder a los cerdos y arrastrarlos por el barro” (siendo los cerdos los promotores inmobiliarios y sus cómplices, mayormente cowboys cegados por la pasta fácil y exiliados nazis que se habían refugiado en el negocio del esquí). Salvando unas cuantas propuestas sobre la gratuidad de las drogas y el control público de su calidad, Poder Freak presentó un programa con un contenido (las formas son otro cantar) que no desentonaría en ninguna propuesta ecologista de izquierdas de hoy día. Igualmente, Thompson identificaba en el artículo uno de los talones de Aquiles de este tipo de campañas: las dificultades estructurales para movilizar electoralmente al underground recalcitrante, que van desde el déficit crónico de atención política hasta la creencia en que en las oficinas de registro del censo electoral habita el demonio (“la política es una mierda, tío”). Estos impedimentos se superaron en gran medida mediante una campaña tipi a tipi, tugurio a tugurio, y alguna ayuda adicional el día de las elecciones: grupos de Ángeles del Infierno vigilaron que los melenudos, amenazados por las fuerzas vivas de Aspen, pudieran ejercer su derecho al voto. Finalmente, Poder Freak se quedó a sólo seis votos de hacerse con la alcaldía. Según Thompson, entre las causas de la derrota destacaba tanto la unión oficiosa entre demócratas y republicanos, aterrorizados ante la posibilidad de un triunfo electoral de los piojosos, como el hecho de que unos cuantos hippies fueran incapaces de llegar a la oficina electoral por estar, ay, “demasiado fumados”. Una de las propuestas más pintorescas del Poder Freak era la de convertir a todos los policías de Aspen en barrenderos y encargados de la flota municipal de bicicletas. Pero los ciudadanos de bien de Aspen no tenían de qué preocuparse: el hueco policial sería cubierto por el propio Thompson que, en pleno subidón por el espectacular resultado electoral del Poder Freak, decidió presentar su candidatura a sheriff del distrito en 1970. La posibilidad de que Thompson, gran aficionado a las armas, se convirtiera en el primer sheriff de EE UU apologista de la mescalina no debió gustar mucho a los dos grandes partidos que volvieron a unir sus fueras para impedir que el escritor, que consiguió un 40% de los votos, se hiciera con el puesto.

El doble filo de la guasa
Una de las características de los programas electorales heterodoxos es su habilidad para combinar lo serio con lo delirante en sus propuestas políticas. Esta tendencia ha provocado algunas confusiones: en una reciente entrevista con LDNM el ex cantante de los Dead Kennedys Jello Biafra se quejaba de que su campaña electoral a la alcaldía de San Francisco en 1979 no se hubiera tomado suficientemente en serio: “Fue una gamberrada, pero no una broma. Se trataba de ridiculizar la campaña del alcalde de entonces, otro demócrata de derechas. Algunas partes del programa tenían perfecto sentido; sigo creyendo que a los policías los debería elegir la gente del distrito donde van a trabajar. Así se puede evitar que maten a tantos chavales negros. Legalizar la okupación también es una buena idea. Sin embargo, los medios de comunicación comerciales estadounidenses se fijaron más en otras propuestas, como la que propugnaba una ley que obligara a los hombres de negocios y a los banqueros a vestir trajes de payaso (…). Utilicé el humor como arma y conseguí el voto de protesta: quedé cuarto de entre diez participantes”. Aunque esto podría hacer pensar que las propuestas humorísticas restan atención a las serias y frenan las posibilidades electorales, otros ejemplos de campañas electorales guasonas, como el extraño caso del candidato Coluche, indican lo contrario.

Coluche: la broma pesada
El 30 de octubre de 1980, el conocido humorista francés Coluche declara que, harto de que le censuren en todas las emisoras de radio y televisión de Francia, se va a presentar a las elecciones presidenciales de 1981, en las que se augura una histórica victoria del Partido Socialista Francés (PSF) de François Mitterand. El programa de Coluche se abre con una identificación de su base social y una declaración de intenciones:
“Llamo a los vagos, los sucios, los drogados, los alcohólicos, los maricones, las mujeres, los parásitos, los jóvenes, los viejos, los artistas, las bolleras, los presos, los aprendices, los negros, los peatones, los árabes, los franceses, los melenudos, los locos, los travestis, los ex comunistas, los abstencionistas convencidos, todos los que no cuentan para los políticos, a votarme, a inscribirse en su ayuntamiento y a difundir la noticia. TODOS JUNTOS CON COLUCHE PARA DARLES POR EL CULO. ¡El único candidato que no tiene motivos para mentir!”
También lanza su eslogan de campaña: “Hasta hoy Francia estaba partida en dos. Conmigo estará partida de risa [plie en quatre]”
La campaña de Coluche no parecía más que una pequeña guasa hasta que el 14 de diciembre se hace público un sondeo que le otorga un 16% de la intención de voto. El pánico se desata entre los políticos profesionales y Coluche decide relanzar seriamente su candidatura desde la izquierda independiente. Recibe muchos apoyos de sectores a la izquierda del PSF y de comunistas hartos de Marchais, el apolillado candidato oficial. Se forma un Comité de Intelectuales por Coluche presidido por Felix Guattari y en el que también figuran Pierre Bourdieu y Gilles Deleuze. El semanario político más leído de Francia, Le Nouvel Observateur, dedica su portada a Coluche la misma semana en la que Mitterand anuncia su candidatura.
Pero obtener un 16% de los votos en una elección presidencial francesa no es tan sencillo. Mitterand no está dispuesto a que un bufón arruine su cita con la historia y manda a varios emisarios para convencer a Coluche de que su programa tiene perfecta cabida en el PSF. Por su parte, el entonces presidente, el derechista Giscard d’Estaing temía que Coluche, a diferencia del resto de candidatos, se atreviera a utilizar la campaña electoral para denunciar el asunto de los diamantes, una “pequeña” dádiva que el celebre dictador caníbal africano Bokassa entregó a Giscard cuando éste era ministro de economía.
La verdadera campaña comienza entonces: el Ministro de Interior da orden de espiar a Coluche y airear sus trapos sucios. Paradójicamente, lo que encuentran no hace sino reforzar la posición de Coluche: en 1980 tuvo que pagar una multa por desacato a la autoridad. Más grave fue la muerte de su colaborador René Gorlin (posiblemente relacionada con la candidatura) y las amenazas de muerte que recibió de la extrema derecha. Visto lo visto, en marzo de 1981 Coluche afirma que la campaña está empezando a cargarle y se retira de la carrera presidencial, no sin antes anunciar que “si Giscard sale reelegido me exilio en Bélgica”. Uno de sus más ardientes defensores, Pierre Bourdieu, resume así lo sucedido: “Todo el campo mediático político se movilizó dejando de lado sus diferencias, para condenar la barbarie radical de poner en cuestión un presupuesto fundamental: sólo los políticos pueden hablar de política”.

La irreverente ironía de okupas e insumisos
En ocasiones, el objeto de burla de las campañas alternativas no parece limitarse a los políticos profesionales sino que se extiende a las campañas electorales en sí mismas. Qué decir si no de las campañas protagonizadas por candidatos improbables. Durante los años ochenta, los movimientos sociales más radicales de nuestro país, ligados a la okupación de casas y a la insumisión al servicio militar y a la Prestación Social Sustitutoria, promovieron diferentes candidaturas electorales claramente paródicas. En pleno desencanto generalizado, con una izquierda en el gobierno capaz de los estragos más despampanantes, entre reconversión económica a marchas forzadas y terrorismo de Estado, y con medio planeta agitándose al ritmo neoliberal, estos movimientos se esforzaron por reclutar como candidatos a los mejores exponentes de la caspa y la eficacia gestora, capaces de competir con el tecnócrata más pintado. Angela Chaning, despótica diva de la serie Falcon Crest, fue propuesta para la presidencia del gobierno en unas elecciones generales. Copito de Nieve, el afable gorila-estrella del zoológico de Barcelona, fue promovido como candidato al Ayuntamiento de la Ciudad Condal. Pero la candidatura que gozó de mayor credibilidad por aquel tiempo fue la de Nadie, fruto de las mentes calenturientas de los afiliados al Partido de la Gente del Bar (PGB). Muchos barrios de nuestro país se llenaron de carteles electorales en los que se nos invitaba amablemente a votar a Nadie, asegurándonos que Nadie iba a resolver el problema del paro, Nadie iba a darnos vivienda, Nadie iba a bajar los impuestos o Nadie iba a mejorar la sanidad y la educación.

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