El ruido que anuncia la caída próxima (Carta de amor a Oskar y Maga)

El Oskar, el Maga y yo. El bueno, el feo y el malo. ¡Menudo viaje! Viaje a un pasado remoto, cuando los signos todavía significaban algo, cuando llevar según qué pinta te abría y te cerraba muchas puertas. Acabábamos de despedir los años ochenta y así, de esta facha, recibíamos a los noventa, una década que venía marcada por el arcoíris sintético de los CD, reflexión de una luz que no era nuestra, lo nuestro era el negro. En la tele los tertulianos y en el Congreso los políticos hablaban de nuevas mayorías, de tiempos que marcaban el final de las hostilidades. Esto tampoco era lo nuestro. A nosotros nos dolía el mundo, y no nos gustaba nada la dirección que había tomado.

Teníamos algunos amigos en busca y captura por no ir a la mili (¡Mili kk!), y a otros tantos durmiendo a la sombra en la cárcel de Torrero. En nuestras conversaciones hablábamos de colapso, de catástrofe, de fin de la civilización y de cómo se había ido instituyendo un fraude que nos hacía perder todo lo que de divertido tenía la vida. «Un día de estos» –decíamos–«se vendrá abajo el sueño de los anuncios, y toda la clase media caerá con él. Dejarán de funcionar sus coches, se hundirán sus casas y todos esos muebles pagados a plazos, no quedará nada». Por supuesto, nadie nos prestaba ni las más mínima atención cuando decíamos estas cosas, pero eso a nosotros nos daba igual, nosotros hablábamos entre nosotros. Estábamos muy solos entonces, casi desterrados del mundo.

Como refugio teníamos únicamente la chupa de cuero, las botas de militar, algún que otro bar perdido por ahí y  los centros sociales okupados: la Casa de la Paz en Zaragoza, Minuesa en Madrid, el Casal Popular de Valencia. También teníamos casetes, cientos de casetes, la música era uno de esos signos que todavía significaban algo, puede que el que más. Éramos de Buzzcocks, de Pistols y de Clash, de Dead Kennedys y de Dead Boys. Éramos también de Fugazi, de Bad Brains, de Stiff Little Fingers y de los Damned. Y de los Stooges, por supuesto, y de los Cramps, y de los Ramones de los que más. Punk Rock de los 70, de los 80, After, Hardcore, Trash, sonidos de garage, sonidos de tumba, sonidos de lata. Tumba-tumba, lata-lata.

Éramos oscuros, bastante oscuros, y nos gustaba la noche. Nos sumergíamos en la noche y en su ruido blanco como de electrodoméstico abandonado. Dormíamos poco –es difícil dormir cuando ya has abierto los ojos– y de vez en cuando leíamos. Todavía no sabíamos leer pero leíamos. Sin orden, sin dirección, algo de esto, algo de aquello, un fanzine, un libro de filosofía, algún que otro autor maldito (todavía había autores malditos). No lo sabíamos aún a ciencia cierta pero ya intuíamos que la fortuna de un relato no está tan solo en la habilidad de aquel que lo escribe, sino en la experiencia heredada de quién lo lee.

No éramos contemporáneos de nadie, éramos una generación perdida en los intermedios de la Historia, pero teníamos suficiente astucia como para tomárnoslo a broma. Y nos reíamos a carcajadas. No pensábamos nunca en el mañana, éramos gente sencilla sin ninguna pretensión por dominar el tiempo. Vivíamos y ya. Eso era todo. No teníamos pasta, nos daba igual la pasta, no teníamos propiedades, no queríamos propiedades. Teníamos tiempo y nada más, un tiempo que parecía infinito. Éramos inmunes al sentimiento generalizado de que el tiempo con el que cuentas nunca es suficiente, el nuestro lo era. Y no necesitábamos más. Quizá sea por eso por lo que ninguno de nosotros tres hemos recorrido lo que parece ser el ciclo normal de cambio en la órbita común de las opiniones humanas: pasar de incendiario a bombero conservador. Nada de eso, nosotros seguimos haciendo ruido. El ruido que sale de las profundidades y despierta el sueño imperturbable de la vasta superficie. El ruido que anuncia la caída próxima.

Gracias por la foto, Oskar. Today your Love, Tomorrow the World

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