Sirios buenos, sirios malos, y al revés.

Hace un par de días, mientras Obama visitaba Estocolmo en busca de apoyos para su próxima intervención militar en Siria, una manifestación multitudinaria recorrió las calles de la ciudad mostrando su repulsa a la guerra. Supongo que no sabrás nada al respecto, que no lo habrás visto en los medios de comunicación, yo me enteré porque estaba allí.

Fue una de las manis más diversas y complejas en las que he estado nunca –y eso que he estado en unas cuantas–. Había de todo: la vieja guardia anti-imperialista, sindicatos, miembros del partido Pirata y sus redes de afinidad tan fuertes por estas latitudes, jóvenes estudiantes, inmigrantes llegados de muchos países y sobre todo sirios. De estos últimos había dos bloques, los contrarios a la intervención estaodunidense en su país y los otros, los que la apoyan porque están en contra de su presidente Bachar Asad.

Sí, sé lo que estáis pensando: “¿Cómo es posible que compartiesen manifestación dos bloques tan enfrentados entre sí? Eso mismo pregunté yo, y la respuesta que me dio un policía dialogante fue que “Suecia es un país muy democrático y tolerante al máximo con la libertadad de expresión. Aquí todos pueden expresar sus ideas”. Y acto seguido empezaron las hostias. Los dos bloques comenzaron a zurrarse de lo lindo mientras la policía dialogante (convertida ahora en antidisturbios) trataba de separarlos a golpes. En la trifulca observé que alguno de los manifestantes llevaba chaleco antibala, eso sí que no lo había visto antes.
Finalmente, la policía pudo hacerse con la situación separando a unos de los otros. Los contrarios a la guerra terminaron al frente de la manifestación y los otros al final, y así permanecieron el resto del recorrido, ejerciendo su libertad de expresión bajo un fuerte dispositivo policial.

Por supuesto, el número de sirios contrarios a la intervención de Obama era muy superior al otro, al fin y al cabo se trataba de una manifestación contra la guerra. Los que apoyaban a Obama habían venido a provocar y se mostraban mucho más violentos. Dediqué gran parte de la manifestación a charlar con ambos sectores, quería comprender sus diferencias.
Como os podréis imaginar, mi posición no era neutral, al fin y al cabo yo había ido allí porque estoy en contra de la guerra, sin embargo, más allá de sus diferencias fuertemente marcadas, lo que realmente llamó mi atención fue la similitud en alguna de sus posturas. Por ejemplo, los dos bandos se identificaban con un presidente para mostrar su repulsa al otro, los primeros con Bachar Asad, los otros con Obama. Y lo mismo sucedía con las religiones, como los que apoyaban a Obama eran musulmanes, los otros defendían un cristianismo exacerbado.

Mientras me hablaban (gritaban) no pude evitar pensar en las nefastas consecuencias del pensamiento dualista, ese que diferencia de manera simplona lo bueno de lo malo, lo tuyo de lo mío. Una actitud así, pensé, no conduce más que a identificarnos con falsos motivos, ídolos, banderas, creencias que, de alguna manera, nos desvían de lo real, de aquello que de verdad nos afecta. Y es que como dice Leonard Cohen: “The dealer wants you thinking that it’s either black or white. Thank God it’s not that simple in My Secret Life” (El que reparte las cartas quiere que pienses que es blanco o negro. Gracias a Dios que no es así de sencillo en mi vida secreta)

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