Taller+Performance: A un abrazo de distancia (Berlín)

Nos invitó el departamento de arquitectura, nuevos medios y diseño de la Universität der Künste de Berlin, querían que ayudásemos a sus alumnos a pensar los conflictos sociales que sufren y a diseñar estrategias colectivas capaces de enfrentarlos. Tools for activism llamaron al encuentro y, como era en Alemania y nosotras estamos muy interesadas en influir todo lo que podamos por aquellas tierras, no dudamos ni un segundo en aceptar la invitación.

Llegamos tres días después de los sucesos de Colonia, en pleno shock social por la multitudinaria agresión sexual en la plaza de la catedral durante la celebración de la nochevieja. Al salir del avión, 13 grados bajo cero nos abofetean la cara sin contemplación. La nieve abundante y los charcos de barro forman manchones grises que brillan como los ojos de un lobo en la oscuridad del bosque. Carteles con instrucciones, advertencias de todo tipo, controles de seguridad, más que un aeropuerto este lugar parece una fábrica dedicada a la producción de un raro y siniestro metal. Nos piden el pasaporte otra vez, ¿qué hacéis aquí?, ¿a qué habéis venido? Pasamos. En el pavimento de las calles encharcadas y resbaladizas, se reflejan irregularmente las luces de las vallas publicitarias, fragmentos de un mundo distante. Bienvenidos a Berlín.

De camino a la universidad, la gente por la calle camina deprisa, con rumbo fijo y la cabeza escondida tras una bufanda, un gorro, una capucha. En el metro nadie habla con nadie, nadie mira a nadie, ¿estarán todos manteniendo el brazo de distancia aconsejado por la alcaldesa de Colonia tras los sucesos del otro día? En clase, las cosas no son muy distintas, los casi 30 estudiantes que nos aguardan tampoco parecen muy cercanos. Nada nuevo bajo el sol. Hace ya tiempo que los alumnos de cualquier universidad europea actúan más como clientes que como alumnos. En apenas una década, han pasado a ser auténticos representantes del destino individualizado. Sin tiempo alguno que perder, su interés se limita ahora al plan de futuro que ellos mismos se trazan, un plan que perseguirán cueste lo que cueste, pasando por encima de quien haga falta. Buenos días a todos, estamos muy contentos de estar aquí.

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Comenzamos con un par de dinámicas para romper el hielo; cualquier hielo. Salen bastante bien, mejor de lo que esperábamos. Con la primera averiguamos las capacidades colectivas reunidas en la sala, muchas y muy diversas; con la segunda detectamos alguno de los problemas sociales que más preocupan a los asistentes. Tampoco aquí hay demasiadas sorpresas: el aumento desbocado de los alquileres, los mini-jobs y demás contratos basura, la privatización de los espacios públicos, y el miedo, que enseguida se alza como la preocupación principal de la sala. Miedo a la crisis económica, miedo a la pobreza que sube desde el sur, miedo a la inmigración y a los refugiados, miedo a lo que sucedió el otro día en Colonia, miedo a no poder expresar lo que siento. Miedo. Alemania es un país lleno de frío y de miedo. Sobre lo primero, poco podemos hacer (¡todo el mundo se queja del mal tiempo pero nadie hace nunca nada por cambiarlo!); sobre lo segundo, nos ponemos manos a la obra.

Miedos hay muchos, pero todos tienen algo en común: la irrupción de un elemento desconocido en un mundo reconocible, algo que nos asusta porque creemos que nos puede hacer daño. En el intenso y acalorado debate, una cosa queda clara y es que la política occidental se asienta, cada vez más, en el miedo. De unos años a esta parte, todo parece abocarnos a él: las amenazas económicas, la inseguridad laboral, los atentados. Llevamos el miedo tan integrado que toda la experiencia de lo real está atravesada por él. Tenemos miedo a todo lo que viene a perturbar el orden de la representación de la realidad, una realidad que ya sólo se reduce a nosotros mismos, nuestro yo, esa pequeña y extraña propiedad privada. Todo lo demás se torna amenaza, sobretodo el otro, ese que no soy yo y que, como dijo la alcaldesa de Colonia, debe permanecer siempre a un brazo de distancia de nosotros como mínimo.

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Precisamente comentando este suceso es cuando una de las chicas más jóvenes del grupo dice: «lo de la otra noche en Colonia a mí me produce inseguridad. Mi miedo es inseguridad. Inseguridad ante lo extraño, ante lo que no es como yo. La inseguridad es lo que me hace desconfiar, y cuando desconfío busco protección y seguridad. Como sea». Sus palabras hacen hondas en las aguas cerebrales de todos los que las escuchamos. Esta chica ha descrito de maravilla un sentimiento compartido por todos, señal inequívoca de que hemos dado con algo interesante: el miedo es inseguridad de lo que no soy yo, la inseguridad se hace desconfianza y la desconfianza anhelo de seguridad, cualquier tipo de seguridad, no importa lo coercitiva que esta sea. ¡Lo tenemos!, manos a la obra.

De todos los materiales que probamos, los cartones reflectantes son los que al final más nos convencen. Tras varias pruebas de ensamblajes, logramos dar con un sencillo modo de pliegues para transformarlos en máscaras. No sé si es que andamos todos demasiado influenciados por el reciente estreno de El despertar de la fuerza o qué, el caso es que las máscaras tienen un aire a las de los malos de Star Wars: máscaras-espejos que reflejan la cara de aquél que las mira. Hecho. Primer objetivo alcanzado. El siguiente es diseñar la acción que llevaremos a cabo con ellas. Afuera en la calle la nieve está ahora tan oscura que parece carbón, perfecta alegoría del espíritu social al que queremos plantar cara con nuestras máscaras. A estas alturas del proceso y sin haberlo decidido de manera oficial, ya todos nos referimos a él como “A un abrazo de distancia”, ligero détournementdel susodicho consejo de la alcaldesa.

Taller+Performance: ‘A un abrazo de distancia’ (Berlín)
Taller+Performance: ‘A un abrazo de distancia’ (Berlín)

Escribir el guión nos lleva poco tiempo. No es muy complicado. Primero, nos trasladamos hasta la entrada del recinto donde tiene lugar un acto cultural multitudinario y, una vez allí, instalamos nuestro particular control de seguridad. Se trata de un control muy sencillo, basta con unas cintas adhesivas con las que acotar el espacio, unas tarjetas de identificación falsas y unas cuantas octavillas llenas de instrucciones. El objetivo que perseguimos con esta instalación es doble: por un lado, probar hasta qué punto tenemos interiorizado el miedo, y qué estamos dispuestos a hacer en nombre de la seguridad. Por otro, dividir y clasificar a la gente en dos grupos de personas diferenciados: los sospechosos y los libres de sospecha. Para ello empleamos un par de pegatinas de distinto color. Eso es todo. Estamos listos para rematar la jugada.

Una vez que la gente se encuentra en el interior de la sala, irrumpimos por megafonía con una serie de instrucciones. Mientras tanto, los falsos agentes de seguridad se dedican a separar a las personas señaladas y formar con ellas un par de filas enfrentadas. Es entonces cuando repartimos las máscaras-espejos entre la fila de los sospechosos. Estos se las colocan en la cara, ocultando sus rostros, a la vez que indicamos a los de la otra fila que avancen lentamente hacia los que tienen enfrente. Conforme se acercan, los espejos les devuelven el reflejo de su propia rostro: los otros son ahora ellos mismos, o mejor dicho, su reflejo. Una vez situados uno frente al otro, la voz por megafonía les recuerda la advertencia de la alcaldesa de Colonia ligeramente modificada: “estáis a un abrazo de distancia”, dice. Y entonces se apaga la luz.

La sala permanece a oscuras un tiempo y cuando vuelve la luz observamos que las reacciones de la gente han sido muchas y muy distintas. Los hay que han aprovechado ese tiempo para abrazarse, y también los que han rehuido por completo de cualquier contacto; hay gente con caras de felicidad y gente que se ha emocionado tanto que se ha puesto a llorar. El ambiente de la sala es ahora muy distinto a cuando llegamos. Nosotros también somos distintos. Se acabó eso de profes y alumnos, ahora somos un grupo de gente dotados de una herramienta con la que enfrentar el miedo cada vez que lo sintamos. Donde sea. Juntos.

De camino al aeropuerto, el noticiero local anuncia una concentración de extrema derecha en la plaza de la catedral de Colonia. El lema de su protesta: Rapefugees Out! (¡Fuera refugiados violadores!). Parece que vamos a darle uso a nuestras máscaras. Diseñar dispositivos contra el miedo es una de las tareas activistas más urgentes de nuestros días. Despegamos justo cuando empiezan a caer los primeros copos de una nueva nevada. Blanco sobre negro otra vez. Hasta la vista Alemania. Volveremos a vernos pronto.

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