Leónidas Martín [Invierno 2006]
http://yomango.net
Presentación oficial de la marca en sociedad:
El viernes 5 de julio de 2002, entre las 6 y las 7 de la tarde, un cortejo de más de medio centenar de personas atravesó el centro de Barcelona hasta confluir en el establecimiento de modas Bershka situado en el Portal del Ángel. El local y la calle bullían de gente en pleno período de rebajas. El cortejo procedió a realizar el «PRIMER DESFILE YOMANGO EN BARCELONA». El desfile Yomango ejecutó un juego de magia, según se había anunciado en un comunicado difundido al público y a los medios de comunicación horas antes: transformó UNA COSA en una ola de luz y color; transformó UN OBJETO en una explosión de vida. Extrajo de la tienda, sin pagarlo, un vestido de rebajas tasado en de 9,50 € que, posteriormente, se exhibió como obra de arte en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, dentro del festival In Motion , en el programa del «GREC» 2002.
Hace ahora casi un lustro se presentó en Barcelona una marca poco habitual. Su nombre Yomango y el estilo de vida que ofrece, como su propio nombre indica, es «mangar», es decir, toma el significado que este préstamo procedente de la lengua caló ha popularizado: apropiarse (sin dinero ni tarjetas, sin ni siquiera pasar por caja) de las cosas; pero, en este caso, de las cosas que venden las compañías multinacionales. El nombre, o, mejor, marca Yomango es, en sí misma, una reapropiación, un uso tergiversado de algo ya existente, de otro nombre, de otra marca -Mango-, popularísima firma comercial española de ropa que, tras esta intervención y por la simple composición mediante una sufijación pronominal (=‘yo’), presta al neologismo otra subjetividad, otro aspecto, otra finalidad.
Yomango consigue, así, desviar el objetivo primario de la marca original y hacer de él un intento por constituir una nueva práctica de desobediencia civil basada en un hábito extendido (el hurto), asociada, además, a un estilo de vida originado a partir del mismo contexto en el que actúa cualquier otra marca: diseño y desarrollo estético de un estilo de vida preparado para ser adquirido de forma masiva. A primera vista, esto pudiera parecer confuso y hacernos creer que de lo que se trata es de acumular objetos y seguir así, por otros medios, la lógica impuesta por el capitalismo. Nada más errado. El único interés que Yomango tiene por las cosas, por los productos, es, como declara en su página web, «hacer lograr que algo nuevo suceda entre ellos, forzarlos hasta convertirlos en algo distinto, en algo que ya no tenga que ver con esa producción de vida destinada al consumo, sino con la invención de nuevas posibilidades de vida».
Crear es transformar profundamente lo que se recibe; en ese sentido, Yomango abandona el círculo cerrado de la producción-consumo para adherirse al ámbito de la reapropiación, de la captura, y hacer de este impulso un movimiento, un modo, un arte.
Yomango, como todas las marcas, no inventa nada: Yomango recombina, redefine, cataliza estas prácticas de insurrección cotidiana difusa articulándolas en un modo de vida visible y amenazador al tiempo que inasible. Yomango, a diferencia de otras marcas, no congela la inteligencia ni la creatividad colectiva en tangibilidades que incrementan la riqueza de unos pocos; busca, por el contrario, enriquecer el común mediante la proliferación y la socialización de las prácticas, gramáticas y herramientas que se extraen de su propio proceso abierto, múltiple y masivo de producción. La propuesta de Yomango como estilo de vida asociado a una marca y, por lo tanto, a una subjetividad concreta, no es otra que la de sustraer recursos, deseos, bienes y saberes de la lógica mercantil.
Los espacios públicos son progresivamente reducidos a grandes centros o calles comerciales, asépticos, donde la uniformización de la sociedad mediante cánones marcados por la moda y el consumo hacen que sea mucho más visible nuestra condición de precariedad, de consumidor anhelante. Centros comerciales que concentran en su interior el consumo y espacios de ocio y de cultura; cadenas de librerías, cadenas de cines, de restaurantes. Yomango abre una posibilidad de utilización diferente de estos espacios. Volvemos a leer en su página web: «En el momento que entras en un centro comercial con una intención diferente a la de comprar te conviertes en un actor gozoso que interpreta el personaje de comprador, la visión del espacio cambia totalmente y por tanto su utilización. Esto puede llegar a liberar totalmente el espacio, utilizándolo para lo que quieras, sobre todo si tu actividad se desarrolla en grupo. Liberar los espacios públicos, reclamando su gratuidad, su utilización como espacio público en un sentido real, sentir la libertad de crear nuevos usos, nuevos mundos».
Desde esa primera intervención, Yomango desarrolló un método de trabajo basado en estos pilares: por un lado _y siempre antes de cualquier acción_, Yomango abría un período de experimentación en el que todo el mundo que quería podía, mediante la puesta en común, ir perfilando los contenidos y las formas que adoptaría finalmente la acción. A estos períodos se les conoció con el nombre de «talleres Yomango», y de ellos se extraía, mediante la cooperación de los asistentes, todas las ideas, saberes y prácticas que posteriormente se irían transformando en moda, diseño o herramientas Yomango. Muchos de esos talleres eran, en la práctica, cenas donde los comensales, además de desarrollar toda la infraestructura común alrededor de esta marca (desde el concepto hasta la imagen a ella asociada), compartían también los bienes, ahora ya cocinados y condimentados, que habían sido, como Yomango dice en sus textos, «liberados» de las multinacionales mediante prácticas y trucos extraídos de la marca Yomango. De esos espacios de intercambio (intercambio de todo tipo: desde el afectivo hasta el material o el cognitivo) se extrajeron también todas las colaboraciones musicales producidas a lo largo de estos años y que acompañaron tanto a sus acciones como a sus producciones audiovisuales.
Como aduce en una entrevista realizada para la redacción de este artículo, alguien que participó activamente en este proyecto desde su presentación en sociedad: «En esos talleres, la gente se juntaba y compartía sus saberes y conocimientos así como sus experiencias y prácticas. En este sentido Yomango establecía un método de producción muy similar al perseguido por el último capitalismo informacional, inmaterial y cultural que desarrolla, con sus propias contradicciones, procesos de apropiación de lo común también colectivos y cooperativos». (Serviría para ilustrar esta respuesta el último slogan que la multinacional de comunicación Nokia está empleando en todo el mundo: connecting people).
A partir de aquella primera presentación de la marca en sociedad, las acciones Yomango se expandieron gracias a una labor de difusión y trabajo en red (networking) basada en la proliferación de talleres realizados tanto en instituciones artísticas como en espacios pertenecientes a organizaciones sociales en muchas ciudades del mundo. También contribuyó a su divulgación la página web, edificada sobre una estructura de publicación abierta, capaz de ofrecer un espacio de intercambio de información y experiencias a todas aquellas personas seducidas por la marca Yomango o que se sentían afines a ella de alguna manera. Diferentes comunidades Yomango comenzaron a surgir en diversas partes del mundo: Argentina, Chile, Alemania, Italia, y también en otras ciudades españolas como Madrid o Bilbao.
Aunque el imaginario de la marca Yomango ofrecía un modo de vida aplicable a la vida cotidiana, al día a día, las acciones puntuales masivas en diferentes empresas multinacionales actuaban como anuncios para la marca; eran momentos de visibilidad equivalentes a las resplandecientes vallas publicitarias colocadas en el corazón de la metrópoli. De la documentación de estas acciones se extraían vídeos de diseño que ayudaban a conformar -siempre desde un modelo de producción cooperativo e interactivo- la imagen de la marca, diversificándose según las temporadas y las diferentes intenciones de cada momento, lugar y comunidad Yomango. Yomango ha funcionado, en este sentido, como un logo, como una imagen de marca que salta a la vista del consumidor a través de eventos, dispositivos y canales comunicativos muy diversos: desde los medios alternativos a la prensa oficial; desde los supermercados a los encuentros activistas; desde los flyers y catálogos artísticos a Internet. «El paradójico logo Yomango salía a tu encuentro para transformarte en desconsumidor o prosumidor (como dice la gente del trueque allá en Argentina: productor + consumidor) que se identifica no con objetos, con cosas, sino con esa forma de vida, que es el estilo Yomango, basado en la libre circulación no sólo de saberes, de información y de cultura, sino también de bienes y deseos», constata un miembro activo en una de las redes argentinas de la marca Yomango.
De lo expuesto hasta el momento se deduce que el arte desarrollado en prácticas como las que Yomango pone en marcha, consiste principalmente en desarrollar la capacidad transformadora de los actos cotidianos y multitudinarios; despertar una práctica consciente o una -por decirlo con De Certau- «manera de hacer» que se convierte, en manos del usuario, en herramienta política reveladora de una capacidad plenamente activa cuando ha de conformar el imaginario -tanto simbólico, como conceptual- de una subjetividad compartida, de una afinidad, de un estilo de vida, en definitiva.
En este sentido, Yomango funciona como un modelo de práctica cultural que contiene en sí misma la capacidad productora de las sociedades conectadas. Visto así, las prácticas que desarrolla Yomango habrían dado ya el salto hacia la creación de una representación en red autoproducida por los agentes directamente relacionados y, en consecuencia, plenamente involucrados en ella. Sobre Las Agencias planeaba una conceptualización de las prácticas abiertas entendida desde la colaboración de un agente social con otro; por ejemplo, el arte, o el diseño, con los movimientos sociales, y ello pese a que ya se basaba en experiencias impulsadas por la importancia que prestaba a los procesos abiertos y buscaba, en ese sentido, una estructura donde los procesos se formasen a partir de la aportación y la mezcla de diferentes saberes, prácticas y conocimientos. Yomango, sin embargo, supera la relación de colaboración para pasar al plano de la cooperación, en el que ya no hay un intercambio de saberes definidos por las partes que lo acuerdan, sino un flujo constante de comunicación que combina y recombina, una y otra vez, todas las aportaciones que recibe. Yomango es el reflejo de una producción estética surgida a partir de la cooperación entre nodos definidos por una subjetividad concreta; en este caso, la desobediencia contra las empresas multinacionales mediante la anulación del factor principal del consumidor: la compra. Así entendida, la práctica cultural de Yomango se constituye, por consiguiente, en la capacidad expresiva, cooperativa e interactiva de una sociedad conectada por unos gustos, unas afinidades y unos intereses determinados.
Advertimos, pues, cada vez con más rigor, que las sociedades conectadas componen prácticas y expresiones culturales (vídeos, fotografías, textos, intervenciones en el espacio público…) que van conformando sus propios estilos de vida, aquéllos que responden a una manera concreta de entender el mundo y de relacionarse con él.
Estaríamos hablando de un desplazamiento que no sólo arrastra a la cultura al centro mismo de organización de la vida en las sociedades conectadas, sino que también la configura como el instrumento por excelencia para ejercer cualquier posibilidad de construcción de una democracia radical, para la que muchos conceptos y fórmulas de la primera modernidad se han vuelto insuficientes.
A partir de ahora, sólo nos quedaría preguntarnos qué podría llegar a componer un espacio compartido, qué conseguiría aglutinar todos esos diferentes estilos de vida bajo un sentir común, cuál sería la función del arte ante reto semejante.
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