Expresiones artísticas de las sociedades conectadas

Leónidas Martín Saura

La comunicación es clave para la actividad humana y la tecnología propicia nuevas posibilidades para los medios de comunicación. Por primera vez en la historia un medio permite la comunicación de muchos a muchos a escala global: Internet es una expresión de la vida tal como es; un ágora pública que pone en contacto permanente a las personas.
En el siglo XXI la capacidad intelectual, la imaginación y las nuevas tecnologías van a ser los elementos estratégicos fundamentales para la evolución del conocimiento humano. En el pasado, la aparición de fuentes de energía señaló sucesivas revoluciones industriales; ahora son las tecnologías de la información las que cambian el mundo. Se muestran como las nuevas herramientas transformadoras, pero lo fundamental es que se trata de dispositivos técnicos utilizados por sujetos activos. Los usuarios se convierten en productores de las nuevas tecnologías a través de su adiestramiento (más sencillo cada vez), y este hecho tiene consecuencias sociales profundas.
Un mundo en contacto perpetuo y ubicuo que modifica la morfología de la comunicación y, por tanto, las prácticas de organización social. El acceso masivo a la información y al conocimiento facilitado por estas tecnologías puede cambiar las relaciones de poder que existen en el mundo. El desarrollo de Internet ha permitido a cada individuo convertirse en emisor, emancipándose, así, de la tiranía de la comunicación. Creemos que este nuevo fenómeno es uno de los factores clave que modifica la fisonomía estética y, en consecuencia, la política.
Las redes enlazan entre sí, conectan el talento, lo potencian, y ello hace que los ciudadanos tengan la oportunidad de ser más autónomos. Las personas eligen cómo relacionarse y con quién relacionarse; eligen su núcleo más íntimo, forman comunidades afines o se individualizan. El Poder, por su parte, se extiende por multitud de redes, está en ellas desarrollando estrategias que cercenen la creatividad mientras, paralelamente, se desarrolla toda una cultura alimentada por el deseo de libertad. Así, los movimietos urbanos se convierten en generadores de resistencia profundamente escépticos frente a la lógica unilateral de los medios de comunicación clásicos.
Uno de los retos a los que se enfrentan las prácticas culturales en la producción artística contemporánea (inmersa en una fase avanzada del capitalismo y en el nuevo contexto que llamamos sociedades conectadas), es precisamente el de encontrar su propio sentido, su función específica dentro de este doble movimiento que, por un lado, empuja claramente a la cultura, en cualquiera de sus expresiones, hacia la economía, tanto que pasa a ser uno de los motores más activos y potentes de este nuevo capitalismo; y que, por otro, la convierten en un modo de producción colectiva basado en la cooperación. Nunca antes a lo largo de la historia se había construido la representación del mundo desde un plano tan común, tan colectivo y social, pues nunca antes la tecnología nos había permitido realizar todo aquello que las vanguardias artísticas y todo el arte del siglo XX sólo acertaron a expresar.
Para comenzar a pensar en la función del arte en las sociedades conectadas, nosotros proponemos que, en primera instancia, ya no se piensen dichas prácticas desde un pretendido espacio exterior (mundo del arte, industria cultural, instituciones, etc.) como si fuesen algo extinguido o distinto a toda esa producción masiva de imágenes que, de forma cooperativa, no dejan de generarse en este flujo constante de comunicación que define actualmente nuestra expriencia social. Ya no hay un «afuera»; las estéticas están integradas en esta producción multitudinaria de imágenes e ideas, y ello para bien y para mal.
Poco o nada podrán hacer los espacios restringidos concebidos para exponer y comerciar con las expresiones artísticas frente a los nuevos sistemas de distribución y acceso público a la experiencia que los usuarios están creando mediante el ejercicio diario de las tecnologías de producción y distribución de imágenes, hoy a su entera disposición.
Walter Benjamin llegó a predecir el «deslizamiento de las prácticas artísticas hacia el horizonte de las industrias de masas» o, lo que es lo mismo, que el mayor impacto causado por los medios de distribución técnica relativos a la experiencia artística se refiere necesariamente a un desplazamiento desde su vieja significación simbólica hacia una nueva e inevitable significación política; nuestra opinión, al respecto, es que el sentido final de la intuición benajminiana no ha hecho sino reforzarse y que, en efecto, es cada vez más evidente que ésa es la coyuntura de época en la que nos encontramos; añadiríamos, acaso, que la aparición de nuevos dispositivos de mediación y distribución técnica (blogs, streaming, podcast, vodcast, etc) la ha aquilatado exactamente y, desde luego, ha agudizado su importancia.
Estos nuevos modos de producir la imagen: colectivamente, de forma participativa e interactiva, alteran fundamentamente ya no sólo las condiciones de realización, sino también las de recepción. Se trata de un cambio importantísimo que está modificando todo nuestro sistema de relaciones con respecto a la imagen, toda nuestra manera de entender la representación y su función antropológica; tanto es así, que podríamos asegurar sin hipérboles que toda nuestra relación efectiva con los sistemas de signos está siendo alterada y, con ello, el sentido mismo de la cultura concebida como herramienta de conocimiento, interpretación y de mediación con la vida. Este nuevo contexto está definido, pues, por un desplazamiento de la experiencia de lo artístico desde una epistemología del sujeto individuo hacia otra que, sin perder su individalidad, lo convierte, paradójicamente, en sujeto creativo, multitudinario, colectivo.
Si la cultura estaba antes definida por las tradiciones, hoy primordialmente responde a la configuración de un área de libertad autodefinida por aquellos mismos individuos que la producen y que protege a cada colectivo y personas que la comparten. La cultura es cada vez más la expresión de sociedades de tamaños heterogéneos unidas por afinidades, intereses, conflictos o luchas comunes. La cultura comienza hoy a ser verdaderamente, colectiva y cooperativa, basada en el intercambio y la puesta en común, necesitando del gerenal intelect para seguir produciéndose, y esto, a parte de ofrecernos la posibilidad de una una vida más libre es, también, lo que más necesita el capitalismo contemporáneo para seguir reproduciéndose a través del mercado; habrá que definir, pues, hacia dónde dirigimos toda esa potencia que se extrae de la interconexión entre iguales, y las prácticas artístas juegan en esto un papel privilegiado.

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