Todos somos Warriors

Anoche fui al Phenomena a ver The Warriors. Nunca la había visto en pantalla grande y me encantó. Mucho más spaghetti western que cinéma vérité, la película es un viaje fantástico por las profundidades más pobres y marginales de Nueva York. Un documento histórico que no trata de explicar la violencia de las pandillas callejeras, ni analiza la pobreza apoyándose en alguna teoría social, The Warriors se limita a mostrar la experiencia de los jóvenes oprimidos de Estados Unidos tal y como era a finales de los setenta, sin ningún juicio moral.

Los chavales de las pandillas que aparecen representados en el film son todos ellos una versión actualizada de los bárbaros. Son la chusma, los chonis, los canis, los ninis, los nadie. Chavales que no han estudiado nada pero que saben por experiencia propia que alguien aislado es siempre un vencido, y por eso se juntan en bandas, para resistir al orden del aislamiento. Las bandas se forman por contagio, fuera de todo marco institucional, guiadas por tres referencias básicas: la ropa que visten, la música que escuchan y el barrio en el que (mal) viven.

Los barrios son el lugar del destierro de estos chavales, un destierro que ellos habitan sin reivindicar nada salvo el seguir vivos un día más. La representación de estos barrios como auténticas zonas de guerra es el verdadero tema político de la película. Aparecen en pantalla como contenedores de lo peor, como la expresión última de todos aquellos problemas sociales de los que uno debe protegerse. Los llaman guetos pero no lo son. Históricamente los guetos cumplieron siempre dos funciones opuestas, la de confinar y controlar a los indeseables y la de servir de protección para sus habitantes. En el barrio de los Warriors la protección ya no existe y sus habitantes están solos ante todo y ante todos, por eso ya no es un gueto sino el lugar donde queda disuelto todo atisbo de comunidad.

La película se rodó a toda prisa en el verano del 78, poco antes de que diera comienzo la gran transformación de los barrios de Nueva York, los grandes proyectos especulativos que dieron inicio a lo que hoy conocemos como gentrificación. Esta película, y otras muchas que se rodaron por aquél entonces, fueron agentes activos en la creación del relato que dispuso a la opinión pública a favor de dicha transformación. Por eso digo que la representación de los barrios es el verdadero argumento de la película, porque fue el mecanismo empleado para difundir los imperativos políticos de la especulación inmobiliaria.

La regeneración urbana llevada a cabo en los barrios de Nueva York durante los años ochenta, el derrumbe de edificios enteros y la expulsión de sus habitantes, se llevó a cabo siempre en nombre de la cultura y el civismo. Los ganadores de esta radical transformación fueron los Trump y otras pocas familias parecidas, y los perdedores los chavales que aparecen retratados en este film, los Warriors de Coney Island, los de Harlem, los del Bronx.

Puede que sea este destino fatal lo que intuyen los supervivientes de la pandilla cuando regresan por fin al barrio y se preguntan si ha merecido la pena todo el esfuerzo. Yo también me lo pregunto cada vez que me llega la factura del alquiler. Anoche salí del cine con la impresión de que hoy somos todos Warriors.

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