Un truco de magia fallido

Cae la tarde y me asomo de nuevo a la ventana para ver si todavía siguen ahí colgados los tipos que fotografié esta mañana. Sí, ahí siguen, ajenos por completo a cualquier atardecer. Sus pies apoyados sobre ese minúsculo suelo dan la impresión de estar suspendidos en el aire. Definitivamente, trabajar se ha convertido en una cosa de lo más extraña. Aquel trabajo moderno que tantos conflictos sociales ocasionó en el pasado, hace tiempo que desapareció. Su ausencia, sin embargo, no hizo que trabajásemos menos, al contrario: la esfera del valor se extendió hasta el infinito, y el agujero del trabajo pronto se llenó de un sinfín de nuevos mercados inimaginables hasta ese momento. Incorporarnos a esta nueva realidad laboral nos convirtió en las pequeñas empresas autónomas que somos hoy. Personal business expuestos constantemente a un interminable procedimiento de validación; sometidos de por vida al imperativo de la auto-promoción. Esos chicos deslizando sus cuerpos por el ingrávido andamiaje y yo somos el resultado de un truco de magia fallido. El mago hizo desaparecer la varita sin querer y ahora trabajar ya no es producir mercancías, ahora es producir una determinada relación con uno mismo, con el mundo y con los demás. Eso es ser un trabajador cuando el trabajo se ha perdido en el paisaje que él mismo pintó.

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