Una carrera contra el mundo exterior

En el Metro camino de clase. Ya son casi las 8, hoy me ha costado despertarme algo más que de costumbre, era como si el sueño pesase más que otros días. De pie y agarrado a la fría barra del vagón siento como si recayese sobre mí la entera responsabilidad de hacer girar la Tierra alrededor del sol. Una pequeña vibración en mi bolsillo evita que me duerma otra vez, es el aviso de una noticia que llega a mí con la suavidad de un secreto: «El maratón de Nueva York bate record de participantes». Pincho en el enlace sin pensar muy bien lo que hago y me sumerjo de cabeza en el artículo.

El maratón de Nueva York es uno más de los innumerables espectáculos deportivos que, en un flujo constante, difunden hoy los medios de comunicación. Sus imágenes muestran siempre el mismo cuerpo repetido una y otra vez, un cuerpo hecho carne con la mentalidad del ganador. En las últimas décadas, esta mentalidad, la mentalidad del ganador, ha ido infiltrándose por todos los compartimentos de la vida social hasta hacerse omnipresente. Si es cierto eso que cuentan los libros de historia de que una vez el alma fue una esencia autónoma, algo completamente independiente del cuerpo, debió de ser hace muchísimo tiempo. Si los cincuenta mil corredores del maratón todavía tienen alma, la tienen muy pero que muy pegada al cuerpo.

El cuerpo ha dejado de ser un medio para alcanzar un fin exterior (aquella esencia humana que debía encontrarse fuera de uno), y ha pasado a convertirse en el fin último. Si algo somos hoy es cuerpo. Estamos plenamente identificados con él, vivimos y morimos por él. Estoy seguro de que todos esosrunners pensaban lo mismo mientras recorrían las amplias calles de Nueva York: «Yo soy mi cuerpo; más allá de mi cuerpo no hay nada». El tren se detiene en la estación de Sants y el vagón se llena de gente. La barra que me sostiene ya no está tan fría y se clava ahora contra mi pecho como una lanza. Es raro, siento como si, de algún modo, toda esta muchedumbre hubiese llegado hasta aquí sólo para que yo pudiera camuflar mejor mis pensamientos.

Los cuerpos cansados y temblorosos que aparecen en las fotografías del periódico representan una especie de exilio interior. Podría decirse que la suya es una carrera contra el mundo exterior. La meta que tratan de alcanzar no se encuentra fuera de ellos sino dentro, y el espacio que recorren para alcanzarla no llega nunca a rebasar los confines de su propia piel. Ante la imposibilidad que sentimos todos de habitar el mundo, de experimentarlo en toda su plenitud, ellos corren. Tratan así de forzar los propios límites de su cuerpo, correr es la manera que tienen de replegarse sobre sí mismos, de negar lo que está fuera de ellos. Cuando ya no podemos actuar con el entorno que nos rodea, no nos queda más que el cuerpo como terreno de actuación.

Ellos corren, sudan, y su pensamiento se vacía hasta fundirse con sus órganos, con lo más viviente y biológico que tienen. Es entonces cuando la existencia alcanza el grado cero, cuando el cuerpo ya no puede pensarse como otra cosa diferente de él mismo. Un chico alto empuja con su mochila a una mujer mayor cuando sale del vagón, la mujer protesta, dice que mire por dónde va, pero el chico no la oye, lleva la música demasiado alta. Una vez que los cuerpos han sido reducidos a ellos mismos, no se dedican a otra cosa que al cuidado de sí. Toda forma de socialización coincide entonces paradójicamente con la más metódica disociación.

Sucede en el maratón de Nueva York y sucede en este vagón de tren también. Aquí estamos ahora más de cien personas aglomeradas, pero eso no significa que vaya a suscitarse el más mínimo encuentro. Nuestros cuerpos, al igual que el de los corredores, están replegados sobre sí mismos, practicando el extraño ejercicio de mantener las distancias. «Juntos pero separados», he aquí el absurdo mandato al que deben plegarse hoy todos los cuerpos de la tierra. El tren entra en Zona Universitaria y el vagón se descomprime como una bombona de oxígeno. Perdemos el contacto poco a poco. Yo despego la barra de metal de mi cara, me coloco la camisa en su sitio y salgo al andén. Mientras me abro paso lentamente entre el gentío, pienso si recuperaremos algún día la capacidad de aprehender la vida de un modo distinto al de un deporte de competición. No lo sé. Cruzo la puerta de la clase. He llegado.

Submit your comment

Please enter your name

Your name is required

Please enter a valid email address

An email address is required

Please enter your message

leodecerca 2018 Creative Commons Share Alike

Quiero ser inmortal y después morirme.

Hacked by tallergorilas.com based in WPSHOWER

Powered by WordPress