Voces de Chernóbil: Pedazos de habla de un mundo roto

4693271488_8ae667063c_oFuente original: Revista Alexia

Desde aquel fatídico 26 de abril de 1986 hasta hoy, no han dejado de acercarse expertos por los alrededores de la central de Chernóbil. Llegan de todas partes del mundo, exploran la zona, la estudian a conciencia, toman notas, recogen pruebas, datos. Después, con todo ese material escriben tesis doctorales, artículos en revistas científicas, libros, un montón de libros. Libros que sirven de muy poco. No es de extrañar, pues, la desconfianza que sienten algunos con Voces de Chernóbil, piensan que se trata de uno más entre la ingente cantidad de papeles que no hacen más que agrandar el almacén polvoriento de las cosas inútiles. Pero no es así. Este libro es distinto; lo que hace Svetlana Alexiévich es otra cosa. Y lo es, al menos, por dos motivos distintos: las voces que contiene y el mundo desde el que hablan. Voces y mundo. Comencemos por las voces.

LAS VOCES

Hace unos meses acudí a una conferencia de la autora en Barcelona. Tenía curiosidad por ver qué decía, cómo se expresaba; quería escuchar su voz. Llevaba allí sentado un rato cuando el presentador dijo algo así como que Svetlana sabía formular las preguntas adecuadas, y entonces ella le cortó de inmediato: «No, señor, yo no hago preguntas» —dijo—; «yo no soy ninguna socióloga». En aquel momento no entendí bien qué quería decir con aquello: ¡si toda su obra se basa en entrevistas!; pero unos días después, cuando terminé de leer Voces de Chernóbil, comprendí perfectamente a qué se refería. Es verdad, en este libro no hay preguntas; ni tampoco hay datos. Lo único que hay aquí son pedazos de habla procedentes de un mundo roto. Cachitos de mundo que al juntarse no componen respuesta alguna a ninguna pregunta, sino más bien una actitud, una manera de estar presente en el mundo. Algo más parecido a la ocupación de una casa que a una visita esporádica.

Lo notas en cuanto abres el libro: Svetlana no es una de esas autoras que están de paso. Svetlana habita lo que escribe. ¿Y qué es eso de habitar lo que se escribe? Pues, en su caso, significa habitar las pasiones que el lector encuentra después impresas en las páginas. Funciona más o menos así: en vez de preguntar, por ejemplo, ¿qué significa Chernóbil?, o ¿qué fue el marxismo-leninismo?, y esperar una respuesta ideológica o sociológica, Svetlana acompaña el habla de aquél niño que se hizo mayor en el marxismo-leninismo, o de aquella mujer de mediana edad que, durante más de veinte años, dio clase cada mañana en la escuela más cercana a la planta nuclear de Chernóbil. Se encuentra con ellos y acompaña sus voces hasta dar con sus sentimientos, eso es todo. No con sus recuerdos (siempre tan traicioneros), no con sus ideas (siempre tan etéreas), con sus sentimientos. Y, acto seguido, se mete de lleno en ellos y ahí se queda, ocupando los sentires de otros hasta hacerlos suyos, nuestros, de todos.

Esta capacidad para habitar el sentir ajeno hasta hacerlo propio —propio a la autora y propio al lector— es, precisamente, lo que diferencia a este libro de todas esas otras crónicas sobre Chernóbil a las que nos tienen acostumbrados científicos, periodistas y literatos de medio mundo. Este conjunto de pasiones ocupadas procedentes de hombres y mujeres corrientes, gentes de rostros cambiantes y espíritus anónimos ajenos a personalidades y a expertos, son las piezas que componen el acertijo Chernóbil. Un acertijo que no pide ser resuelto («¿quién tuvo la culpa?, ¿quién fue el responsable?»), sino que pide, más bien, que nos disolvamos en él. Y es que sólo así es como uno puede abordar algo como Chernóbil. Tratar de hacerlo mediante el saber humano cuando fue el saber, precisamente, lo que provoco esta catástrofe, no tiene sentido. Ni el saber ni la conciencia representan apoyo alguno en el vacío que abre Chernóbil. Sólo haciéndonos uno con el acontecimiento mismo es como podemos llegar a comprender —y quizá asumir— lo que significó Chernóbil realmente. No otra cosa que la destrucción de aquello que nos incluye a todos; de lo que todos somos parte.

EL MUNDO

Para muchos, la torre Eiffel representa el símbolo por excelencia de la modernidad. Historiadores de todo tipo ven en ella el máximo indicador de progreso y desarrollo. Sus materiales, sus formas, esa verticalidad tan acentuada de abajo a arriba señalan, según dicen, el camino por el que transcurriría el siglo XX: industria, tecnología, máquinas, progreso. Un camino al que no tardó en salirle su primer gran bache: la Primera Guerra mundial. Acontecimiento traumático para toda una generación educada bajo el mandato del progreso moderno. Las imágenes procedentes de aquella «catástrofe que nadie pudo imaginar» fueron las que, precisamente, empujaron al arte y a la filosofía del siglo XX a denunciar el credo del progreso y a tratar de imaginar otros modos distintos de relación con el mundo. Otras maneras de habitarlo.

Lo de Chernóbil fue distinto. La catástrofe nuclear fue, sin duda, un acontecimiento tan traumático o más como la Primera Guerra Mundial, pero, sin embargo, sus imágenes no provocaron en nosotros ningún rechazo. De hecho, no provocaron casi ninguna reacción. Silencio y poco más, lo mismo que siguen provocando hoy. Es como si la radiación hubiera pulverizado nuestra imaginación y nos impidiese ver otro mundo. «Se trata de una catástrofe que somos incapaces de asumir» —dice una de las voces del libro—, «cerramos los ojos como niños pequeños y creemos habernos escondido y que el horror no nos encontrará». Pero el horror nos ha encontrado. Y nuestra única reacción es la de callar y aceptarlo. Aceptar la catástrofe como único mundo posible. Si la torre Eiffel fue el principio de algo, Chernóbil es, definitivamente, su final.

Unos amigos míos pasaron por allí hace dos años y dicen que lo más sorprendente, lo que más llama la atención, es que el lugar no es feo, «no parece estar destruido». Chernóbil no tiene nada que ver con el No Man´s Land de la Primera Guerra Mundial; aquella zona vacía del mundo no se parece en nada a un campo de batalla. Chernóbil es bonito, lo dice también un viejo campesino de la zona: «En el huerto todo crece a placer. Nada ha cambiado en el campo, en el bosque. Salvo que todo es mortal. Radioactivo». Chernóbil no es como el final de la película de Terminator, Chernóbil es una guerra atómica, sí, pero sin «hongo», sin una imagen inicial apocalíptica. Guerra sin aspecto de guerra, o como dice otra de las voces del libro: «guerra camuflada en la vida ordinaria, en un vaso de agua, en una pared del salón, en una lechuga». Una guerra escondida detrás de cada cosa, de cada objeto. Escondida detrás de todo lo que nos rodea. «La radiación está por todas partes» —continúa diciendo la misma voz—, «en el pan, en la sal, respiramos radiación, comemos radiación». Y sin embargo, no la vemos; como el futuro.

El libro de Svetlana lleva por subtítulo Crónica del futuro, y es fácil entender por qué. Algo del futuro se asoma en Chernóbil. Se trata de algo que no se adapta bien a nuestros sentimientos y que, sin embargo, coincide exactamente con todo lo que hacemos a diario. Quizá sea ésta la razón por la que no nos gusta asomarnos a este acontecimiento, y que cuando lo hacemos lo hagamos con distancia, de manera fría y calculada, como quien evita un espejo para no verse reflejado en él. Es normal, pues, que no veamos nada ahí, que no comprendamos nada. «Lo único que sabemos es que ahora podemos destruirlo todo» —dice la voz de un médico retirado—. «Chernóbil es la prueba fehaciente de ello». Ante esta prueba irrefutable toda nuestra cultura se vuelve incapaz, no sirve de nada. Y la política menos aún.

Cuando estalló el reactor número cuatro de la central, todavía podían verse por las calles carteles gubernamentales ensalzando las bondades de la energía nuclear. Llevaban por título Átomos para la paz, y en ellos podían leerse cosas como que la energía atómica era la única capaz de llevar calor y prosperidad a todos los hogares de la Unión soviética. Pero no fue así. Lo que realmente trajo el átomo fue el vaciamiento de una parte del mundo. Su destrucción. Ninguna de nuestras categorías políticas alcanza a enfrentar esta verdad. La catástrofe de Chernóbil abre una dimensión que transciende por completo lo político, y la construcción del Sarcófago es el mejor ejemplo de ello.

El Sarcófago es como llaman en Ucrania a la inmensa cúpula de plomo y cemento que se tuvo que construir para recubrir las 200 toneladas de material radioactivo procedente de Chernóbil. Se trata de la cúpula más grade y cara de toda la historia, mide 110 metros de altura y 260 metros de largo, y pesa unas 32.000 toneladas. A día de hoy, su coste de producción ronda los 2.200 millones de euros, y de su efectividad depende la vida no sólo en Ucrania sino en todo el continente europeo. Hasta la fecha, el Sarcófago ha hecho bien su trabajo, nos ha protegido perfectamente de nuevos escapes radiactivos. Sin embargo, el sarcófago tiene un problema: no dura para siempre.

Con el paso de los años, la radiación acaba por comerse el sarcófago también, y esto obliga a reconstruirlo cada cierto tiempo. El primero duró casi 30 años, y la primera vez que tuvimos que reconstruirlo tardamos cinco años en ponernos de acuerdo para hacerlo. Cinco años con los materiales caducados arriesgándonos a nuevos escapes radiactivos. El motivo principal del retraso de las obras de reconstrucción fue, como no podía ser de otro modo, el dinero. La Unión Soviética ya no existe y ningún país quería ahora hacerse cargo de semejante gasto. Al final, y de muy mala gana, Ucrania aceptó y pagó el 8% de su coste; el resto fue financiado por la Unión Europea y por la comunidad internacional. Según dicen, este nuevo sarcófago tendrá una duración de unos 90 años, y entonces habrá que construir otro nuevo.

Puede que 90 años parezca mucho tiempo, pero si lo comparas con los 24.000 que se supone que tardará en desaparecer la radiación no es tanto. 24.000 años abren tal dimensión temporal que resulta imposible pensarla en términos políticos. ¿Qué tipo de legislación, qué acuerdo podría llegar a sostenerse durante tanto tiempo cuando tan sólo los primeros 30 han resultado ya casi inabarcables? No, definitivamente no será la política lo que nos protegerá de los escapes radiactivos futuros. Chernóbil exige dar con un camino distinto al que nos ha traído hasta él. Sólo así podremos llegar a recuperar un día la fe en una vida futura.

Hemos comprobado que disponemos de los medios técnicos para acabar con todo, y resultan ser los mismos medios que empleamos para medir cuándo y cómo llevaremos a cabo tal destrucción. El saber, las investigaciones, los estudios, parecen servir sólo como apuntes del desastre, testimonios de un tiempo infinito marcado por la catástrofe. Ya no es valor lo que acumulamos; después de Chernóbil acumulamos sólo desastre, y en el desastre los cuerpos vuelven a reemplazar a las máquinas. Si fueron las máquinas las protagonistas del progreso moderno, los cuerpos lo son del desastre (presente y futuro). A partir de ahora, y cada vez más, trabajar consistirá en el mantenimiento de las consecuencias del desastre mientras la flecha del porvenir apunta, únicamente, a la zona vacía de Chernóbil, a su ampliación. Más zona inhabitable, más zona muerta. Zona de la que ya no se puede extraer riqueza y, por lo tanto, se olvida dando paso al resto, a lo que va quedando.

¿Cómo parar este avance?, ¿cómo atajar este vaciamiento del mundo?

Voces de Chernóbil propone hacerlo ocupando el mundo que todos llevamos dentro. Y juntándolo. Ampliándolo hasta que todos quepamos en él, hasta poder habitarlo juntos.

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