Vota resentimiento

Elecciones otra vez. Y van ya tantas que he perdido la cuenta. Llego al colegio temprano, hace frío y el rocío de la mañana todavía refleja en el suelo la silueta invertida de la gente haciendo cola. Parece la línea de un horizonte oscuro, sus cuerpos plantados en fila de a uno encarnan la figura misma de la impotencia. «Sabemos mucho más de lo que podemos hacer», pienso mientras me uno a ellos.

Días como estos son los que nos permiten divisar con absoluta claridad el desfase existente entre información y experiencia. La información que nos estimula constantemente excede por completo nuestras capacidades reales de actuación, y eso nos causa un enorme resentimiento. El resentimiento es el verdadero motor de nuestras vidas. Es la fuerza que nos trae hasta este colegio y nos levanta el brazo derecho para que metamos la papeleta en la urna. Todos los que estamos hoy aquí sabemos que el orden democrático actual es solo fraude, pero no podemos hacer nada para evitarlo. Por eso se apropia de nosotros un estado de ánimo apocalíptico y resentido que lo convierte todo en agresión. Votar es hoy una forma de agresión. Un modo de ataque más en esta guerra deslocalizada que libramos a diario los unos contra los otros. Nadie vota ya a favor de nada, votamos sólo en contra y para hacer daño. Hacerle daño a todo aquél que no piensa como yo.

Los que aguardamos aquí afuera en fila nuestro turno para votar somos, en realidad, unidades de un extraño ejército de tierra. En nuestro modo de actuación está inscrita la maniobra general de una guerra que no conoce redención ni tregua. ¿Para qué luchamos? –me pregunto mientras me acomodo los guantes de la lana– ¿por qué seguimos con este combate fratricida? No sé, a veces tengo la impresión de que lo que nos sucede supera las discrepancias ideológicas y está más relacionado con una transformación radical de las categorías con las que acostumbrábamos a pensar la política. Puede ser que el Estado, la soberanía, la participación democrática, el derecho internacional y todas esas cosas hayan llegado al final de su historia, y que ahora vivan sólo como formas vacías. Recipientes de cristal opaco rellenos solo de resentimiento e ira. ¿Será que a la historia se le ha agotado el tiempo y no nos hemos dado cuenta? La verdad es que no es nada fácil entender el drama consumado de la democracia. ¡Y además hace un frío aquí que pela!

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